Por Miguel Ángel Troitiño
El conflicto del Atlántico Sur es, sin duda, uno de los temas principales de la agenda exterior que está llevando a cabo el gobierno de nuestro país.
A partir del anuncio por Cadena Nacional del presidente Milei, el pasado 3 de septiembre, están sucediendo hechos que al menos generan cierta preocupación en la opinión pública por la incertidumbre de las posibles consecuencias.
El Poder Ejecutivo envió al Congreso de la Nación, para su aprobación, el Proyecto de Ley de Defensa de la Soberanía Nacional, mostrando un verdadero cambio de actitud estratégica de la Argentina respecto de sus intereses en el Atlántico Sur.
Luego de décadas de adoptar una actitud pasiva, avocada solamente al reclamo de soberanía por las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur y los espacios marítimos comprendidos, Argentina cambia su postura reaccionando ante hechos a través de los cuales el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte (RUGB) autoriza y apoya emprendimientos para la explotación de recursos naturales, vulnerando lo dispuesto por la Resolución 3149 de la ONU, respecto a no introducir modificaciones unilaterales en la situación, mientras el litigio esté pendiente de resolución.
Es que, al mismo tiempo que reclamamos, el RUGB no ha parado de hacer para fortalecer su posicionamiento en el Atlántico Sur: de mantener desde Londres los costos del enclave y el despliegue militar, con una población que vivía de la lana y la carne ovina, a lograr el auto-sostenimiento de los isleños que hoy tienen uno de los PBI más elevados del mundo, a partir del desarrollo de 4 industrias:
1) La industria de la pesca, la más importante, vendiendo patentes y licencias de pesca (denominadas “Cuotas Individuales Transferibles” x 25 años) a empresas que tienen que estar “radicadas” en las islas, pero que, en realidad, son “Join Ventures” (Sociedades Mixtas) con flotas pesqueras de diferentes países. El socio más importante es España, con sus flotas gallegas, siendo otros Corea del Sur y Taiwán.
2) La industria del turismo, transformándose en un lugar visitado por cruceros en su recorrido hacia la Antártida.
3) El sostén logístico antártico internacional, siendo el punto de apoyo logístico del despliegue del British Antartic Survey, su buque polar RRS Sir David Attendorough y sus bases, y el apoyo a otros países europeos, como Alemania, su buque polar Polarstern y vuelos logísticos de Lufthansa, para apoyar sus actividades en la Antártida.
4) La industria hidrocarburífera off shore, en proceso de desarrollo en la cuenca denominada Sea Lion, al norte de las islas Malvinas, próxima a comenzar su explotación por 35 años, a partir del 2027.

Todas estas acciones llevan décadas realizándose, lo que denota de parte de la Argentina una pasividad y la ausencia de una verdadera Política de Estado que haya podido lograr su neutralización, creando, al mismo tiempo, condiciones relativas favorables para nuestro país. Es evidente que, ante los hechos, con el reclamo justo ante el mundo no alcanza.
El cambio de actitud estratégica argentina conlleva la toma de iniciativa: sanciones económicas para quienes participen en la extracción de petróleo; acciones diplomáticas, buscando desalentar a empresas y países de invertir en desarrollos económicos en el espacio marítimo en litigio; la construcción de la Base Naval Integrada y, junto con ella, el Polo Logístico Antártico, para lograr, por un lado, una mayor presencia y control en el Atlántico Sur y, por el otro, salir a competir en el “negocio” del sostén logístico antártico internacional.
Sumado a ello, el anuncio del desarrollo de una Política de Seguridad Nacional, ilusionándonos con la creación de una verdadera Política de Estado y, en estos días, el Reclamo ante el Tribunal Internacional del Derecho del Mar, solicitando medidas provisionales para impedir la exploración y explotación de hidrocarburos por parte del RUGB, hasta que se resuelva el conflicto.
Y, entonces, inmediatamente, comienzan a surgir diferentes hechos, pero todos relacionados con el Atlántico Sur y los actores involucrados: el Reino Unido, rechazando la postura argentina y reforzando la “idea” de la “autodeterminación” de los isleños; la discusión por el Estrecho de Magallanes, un ida y vuelta con cierta escalada verbal que no se condice con las buenas relaciones actuales entre nuestro país y Chile; la noticia del patrullero oceánico británico HMS Medway navegando desde Puerto Argentino (Port Stanley) a Punta Arenas (Chile) por motivos ¿logísticos?; el anuncio del acuerdo comercial y logístico entre Punta Arenas y las Islas Malvinas (Falkland Islands), contemplando la reactivación de una ruta marítima directa a través del Estrecho de Magallanes, a ser operada por la naviera chilena Easter Island, a partir de noviembre de este año.
Como un revuelto perfectamente activado, surgen temas de lo más heterogéneos, como el análisis de la dependencia del gas y el petróleo y eventuales soluciones militares para su control, la reactivación de planteos por diferendos limítrofes aparentemente pendientes, la salida o no hacia el Pacífico de la producción argentina, entre otros.
Al mismo tiempo, la Armada de Chile realizó ejercicios militares en el Estrecho de Magallanes para reafirmar su soberanía ¿amenazada?; y, desde el Congreso argentino, hasta se alzaron voces promoviendo el espionaje con pesqueros para evitar que nos engañen, entre otras cuestiones al aire.
Todo exacerbado en redes sociales por ignotos, y un periodismo necesitado de rating y que no le importa provocar un estado de inquietud en la opinión pública. Elucubraciones tremendistas, que sugieren hasta la guerra misma. Por supuesto, también está el clásico aprovechamiento político-electoral para erosionar al otro. Todo un cuadro surrealista que parece una competencia para lograr el efecto más caótico.
Todos juegan, y está muy bien. Son intereses. Chile, que necesita potenciar sus intereses en el sur, que incluyen su proyección a la Antártida, pero que, sin dudas, también está condicionada por disputas políticas internas.
El RUGB, con su arcaica habilidad diplomática del “divide y reinarás”, detrás de escena, estimula el desconcierto y el resquemor para sacar ventaja, pero también toma conciencia de que, luego de 44 años, vuelve a sentir su iniciativa en disputa.
Y estamos nosotros, Argentina. En mis años de juventud, alguien más sabio y experimentado supo enseñarme una expresión: “No te pelees con el escenario”. Es que no se puede ir en contra de lo que es. Pero sí trabajar para modificarlo, creando las condiciones para que sea funcional a nuestros intereses.
Es tiempo de manejar la iniciativa, de mover las fichas de nuestro juego, y no del juego de otros. Es no esperar que otro haga por nosotros. Es avanzar a nuestro ritmo, persiguiendo nuestros objetivos, y no objetivos ajenos.
Jugar nuestro juego es calmar las aguas. Tenemos tratados y acuerdos, sobre todo los de 1881 y 1984, con Chile, que junto a la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, definen claramente las reglas respecto a la navegación en el Atlántico Sur. Nada para innovar, todo para cumplirse y acallar el revoloteo histérico de ignorantes y oportunistas, probablemente todos inconscientemente manejados por intereses de terceros.
Jugar nuestro juego es desarrollar poder para crear las condiciones que nos vayan acercando al logro de nuestros intereses en el Atlántico Sur. En ese camino, la construcción de un rol se hace indispensable, porque la demanda del mundo y, sobre todo, de los poderosos se hace cada vez más perceptible.
Juguemos nuestro juego y mantengamos la iniciativa sin pelearnos con el escenario, creando las condiciones para la siguiente movida.