Entre 1926 y 1929 decenas de miles de católicos mexicanos se levantaron en armas para resistir la persecución religiosa ordenada por el gobierno de su país. Como luchaban en nombre de Cristo Rey, sus enemigos se burlaban llamándolos “cristeros”, pero con el tiempo el apodo prendió y su gesta se ganó la designación épica de “Cristiada”.
Fue una guerra de religión en pleno siglo XX. De un lado se alistaban los esbirros de la revolución en todas sus variantes: liberales, masones, socialistas. Del otro, los defensores de la Iglesia, de la fe católica y la tradición hispánica.
Aunque los combates se iniciaron hace un siglo exacto, la contienda había empezado a gestarse a partir de la independencia misma de México, una centuria antes. Lo señala muy bien el P. Alfredo Sáenz en el tomo 12 de su historia de la Iglesia, La nave y las tempestades, que lleva el título de la La gesta de los cristeros.
Al igual que la Argentina y otros países hispanoamericanos, México se vio desgarrado entre dos ideas antagónicas a lo largo del siglo XIX. El impulso independentista que no buscaba romper con la tradición católica y española fue reemplazado por los preceptos de un liberalismo extremo que postulaba el laicismo y la admiración ciega del vecino poderoso y protestante del norte.
El régimen de Porfirio Díaz (1884-1911) suavizó las querellas y postergó por tres decenios un enfrentamiento que parecía inevitable. Llegado el tiempo de la revolución, convulso y caótico, ya no pudieron mantenerse cerradas las compuertas de una violencia entre hermanos que desembocaría en un conflicto a sangre y fuego.
EL MODELO
Recalca el P. Sáenz una verdad que suele olvidarse. La persecución religiosa se llevó adelante en nombre de la razón, del progreso, de la civilización. Sus principios rectores eran los de la ilustración liberal, enemistada a muerte con la fe cristiana y lanzada a aplastarla de todas las maneras posibles.
Los revolucionarios mexicanos se miraban en el modelo estadounidense, aunque algunos pudieran abrigar simpatías más o menos bolcheviques. Entre sus filas primaban los norteños, asimilados a la cultura de los “gringos” y hostiles a la herencia española.
Del otro lado de la frontera les devolvían gentilezas. La inquina anticatólica y antihispánica también cundía en Washington y Wall Street. Intereses económicos, proselitismo protestante, algún prejuicio racista y la mano de la masonería se conjugaron para favorecer la colaboración con los pintorescos revolucionarios al sur del Rio Bravo.
El apogeo del odio contra los católicos sucedió durante el gobierno del presidente Plutarco Elías Calles (1924-1928). El 31 de julio de 1926 entró en vigor la ley que, remontándose a la Constitución laicista de 1917, cercenaba la vida religiosa católica en nombre de la libertad.
Entre otros puntos la nueva legislación obligaba a la Iglesia a someterse al Estado, prohibía las órdenes religiosas, limitaba el culto al interior de los templos, exigía que los sacerdotes estuvieran casados y expulsaba a los religiosos extranjeros.
En protesta los obispos mexicanos dispusieron el cese del culto. Las iglesias se vaciaron y los sacerdotes dejaron de impartir los sacramentos de manera pública. En su gran mayoría huyeron del campo, que era el territorio más peligroso, y se refugiaron en las grandes ciudades.
El episcopado mexicano estaba dividido. Un sector proponía el acatamiento de las leyes inicuas, otro se inclinaba por la resistencia pacífica y una minoría exigua proponía la resistencia activa. Pero salvo un par de casos, no bendijeron la reacción armada.

LOS HUMILDES
En contra de lo que alegaban sus enemigos contaminados de marxismo, la resistencia armada cristera se nutrió de los fieles más humildes: indios, “rancheros”, gentes del campo. Estos combatientes improvisados, que se echaban al monte con el rosario y las pocas armas que podían reunir, carecían de grandes apoyos económicos o logísticos.
Andrés Azkué lo resumió así en su libro La Cristíada: “En casi todas las poblaciones que intentan sublevarse ocurre lo mismo. Un pueblo sin armas ni preparación, sólo con su voluntad y su fe, intenta enfrentar a un ejército regular”.
El epicentro cristero estuvo en los estados del centro y el oeste del país. Entre agosto y diciembre de 1926 se registraron unos 64 levantamientos armados, “todos ellos -apunta Azkué- espontáneos y aislados, careciendo de coordinación. Pero el espíritu que los anima es el mismo”.
A partir de enero de 1927 el alzamiento cristero se generalizó, para sorpresa del gobierno y sus aliados internos y externos, que no esperaban semejante reacción de un pueblo al que imaginaban dócil y sometido. El motor era la defensa de la fe ante una embestida que no ocultaba su inspiración luciferina.
“Más allá de los intereses que suelen ocasionar generalmente las guerras, sean económicos, políticos o sociales, ésta era una guerra teológica -escribió el P. Sáenz-. Ello se manifestó con evidencia en el modo de comportarse de ambos bandos durante la guerra. Los callistas, como dominados por un pathos satánico, cuando se apoderaban de un pueblo, quemaban las chozas, robaban los animales, a muchos jóvenes los mataban en sus casas delante de sus familiares, o saqueaban los hogares dejándolos en la miseria”.
Algunos oficiales del Ejército mexicano, señaló el historiador francés Jean Meyer en su obra cumbre La Cristiada (en tres volúmenes), “llevaban sus tropas al combate al grito de ‘¡Viva Satán!’, y el coronel ‘Mano Negra’, verdugo de Cocula, murió exclamando: ‘¡Viva el Diablo!’”.
Hacia fines de 1927 había unos 20.000 cristeros en armas que debían enfrentarse a cerca de 80.000 efectivos del Ejército, más algunos millares adicionales que aportaban las milicias “agraristas” fomentadas desde el Estado.
La despiadada represión estatal seguía los métodos aplicados por los norteamericanos en Cuba y Filipinas, y por los ingleses en Sudáfrica. "Las tropas y la policía fusilan o ahorcan, no sólo a las personas que toman parte en esta agitación, sino también a quienes los ayudan... y a todos los que se tienen por sospechosos", escribió el entonces encargado de negocios francés en México, Ernest Lagarde.
En los dos años siguientes los cristeros libraron una guerra de desgaste, con emboscadas y operaciones de guerrilla que de a poco fueron minando la estructura militar enemiga y sembraron la preocupación en el poderoso vecino del norte, que temía el desplome del gobierno revolucionario y la generalización del caos.
‘LOS ARREGLOS’
El temor de los factores de poder estadounidenses fue uno de los elementos decisivos para impulsar el cese de los combates.
El apogeo cristero, apuntó Meyer en su obra insoslayable, se verificó entre marzo a junio de 1929, en coincidencia con una de sus mayores ofensivas. Las negociaciones de paz, iniciadas en 1928 por algunos obispos con autorización de Roma, se intensificaron justo cuando parecía inminente el triunfo de los católicos en el campo de batalla.
Estos “arreglos” de junio de 1929, gestionados a espaldas de los combatientes religiosos y con la mediación del embajador estadounidense, Douglas Morrow, permitieron la reapertura de los templos pero no modificaron la legislación anticlerical, y mucho menos borraron el espíritu profundamente revolucionario y anticristiano que la había inspirado.
“Todos los cristeros tienen la temible sensación de que tantos sufrimientos no han servido para nada -escribió Azkué-. Se reabrirán temporalmente las iglesias, pero se pierde la oportunidad de acabar para siempre con la Revolución en México”.
El conflicto bélico cesó en 1929 tras haber causado alrededor de 250.000 muertos entre militares y civiles. Pero la persecución no aflojó. De manera esporádica prosiguieron las muertes de sacerdotes y de ex combatientes cristeros, en tanto continuaba el encono anticatólico estatal.
“Es necesario que entremos en el nuevo período de la Revolución, el que yo llamo el período de la revolución psicológica o de conquista espiritual -pregonaba el expresidente Calles en 1934-. Debemos entrar en ese período y apoderarnos de la conciencia de la niñez y de la juventud, porque la niñez y la juventud son y deben pertenecer a la Revolución”.
Este odio inclaudicable generó un segundo alzamiento de menor relevancia que se extendió hasta 1941.
EL LEGADO
Víctima del prejuicio y la incomprensión, la gesta de los cristeros mexicanos tardó en ser estudiada con el debido interés por sus compatriotas.
Pasaron décadas hasta que en 1966 se conoció el primer volumen que intentaba un relevamiento ecuánime, basado en datos de archivo, a cargo de Alicia Olivera Sedano. Y le correspondió a un extranjero, el historiador francés Jean Meyer, publicar entre 1973 y 1975 la mejor obra sobre el tema, un trabajo detallado y monumental que hasta el día de hoy sigue siendo la referencia obligada.
Los ecos literarios llegaron antes y fueron más destacables. La inquina anticatólica llamó la atención de dos conversos ingleses, Graham Greene y Evelyn Waugh, que viajaron a México (cierto que en la década posterior al conflicto) para indagar en la situación religiosa.
A su regreso a Londres, Waugh escribió Robo al amparo de la ley (1939), una crítica al gobierno de Lázaro Cárdenas. Greene produjo dos obras maestras: Caminos sin ley (1939), crónica de las secuelas de “la más feroz persecución religiosa conocida en país alguno desde la época de Isabel” (de Inglaterra); y El poder y la gloria (1940), la primera de sus grandes novelas.
Al margen del caudal de cuentos, poemas y narraciones de tono popular escritos en México en el fragor de los combates o poco después, la cristiada también impregnó la obra misteriosa, violenta y perfecta de Juan Rulfo, y es el tema de fondo de un clásico indiscutible como Los recuerdos del porvenir, de la extraordinaria Elena Garro.
Pero el legado más perdurable de los cristeros está en sus mártires. La Iglesia beatificó a 39 de esos fieles asesinados por odio a Cristo (27 sacerdotes y 12 laicos), de los cuales 25 fueron canonizados más tarde.
Nombres como los de San José Sánchez del Río, asesinado a los 14 años; el beato Anacleto González Flores, abogado, intelectual agudo y patrono del laicado mexicano, o el beato Padre Miguel Agustín Pro, cuya heroica tarea como sacerdote en las catacumbas impresionó a Greene, que lo comparaba con otro mártir jesuita, San Edmund Campion.
La cristiada, escribió Andrés Azkué, tuvo una “dimensión martirial evidente”. Esto lo supieron desde un comienzo los miles de católicos militantes que fueron a la lucha guiados por una sólida esperanza sobrenatural. “Hay que ganar el cielo ahora que está barato”, llegó a decir uno de esos corajudos soldados de Cristo Rey.