La literatura escrita a cuatro manos -hasta donde uno sabe- no ha generado obras maestras, con la posible excepción de las Baladas líricas, de William Wordsworth y Samuel Taylor Coleridge, considerada el puntapié inicial del movimiento romántico en el Reino Unido. El dueto produjo sí, algunos productos notables como Seis problemas para don Isidro Parodi, incursión en el genero policial de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares (nada menos); y la estupenda saga de ficción espacial The Expanse de Daniel Abraham y Ty Franck, compuesta bajo el seudónimo de James S.A. Corey. También engendró novelas decepcionantes como las que acaban de presentar la actriz, empresaria y militante feminista Reese Witherspoon (Nueva Orleans, 1976) y el as del thriller de suspenso Harlan Coben (Newark, 1962).
La versión oficial consigna que Witherspoon (ganadora del Oscar en 2005 por su papel en Walk the Line) le acercó al afamado escritor una propuesta: “dar forma a una novela llena de intrigas médicas y corrupción a gran escala, todo ello centrado en una cirujana cuyo superpoder es su gran habilidad quirúrgica”.
DEFECTOS
El resultado de la combinación de fuerzas es Sin decir adios (410 páginas), que el sello RBA acaba de lanzar en la hispanosfera. El escritor neoyerseíno aportó su maestría para los giros imprevistos en la trama, que permiten al lector engancharse hasta el final sin dificultades, pero la historia es tan inverosímil, los personajes tan planos y los diálogos tan insustanciales que difícilmente alguien pueda calificarla por encima de los cinco puntos. Podría decirse que Coben ha bajado un escalón en la calidad de sus manufacturas, dos de las cuales habíamos elogiado en este diario.
La protagonista es Maggie McCabe, brillante cirujana caída en desgracia desde la muerte de su marido, también doctor. Al bueno de Marc lo cortó en pedacitos un comando insurgente en algún lugar del norte de Africa mientras trataba de salvar vidas en un hospital de campaña. Era un buen samaritano; un “médico sin fronteras”.
Maggie se derrumba, consume drogas, es acusada de mala praxis, pierde su licencia médica. Hasta que un día recibe una propuesta increíble de un oligarca ruso que le permitirá resolver sus problemas económicos y legales. Tiene que hacer a cambio dos cirugías cerca de Moscú, pero, obviamente, nada es lo que parece y desde su llegada a la mansión despampanante de Oleg Ragoravich se desata una sucesión desenfrenada de acontecimientos por tres continentes que involucra a espías, sicarios, multimillonarios, moteros, guardaespaldas goriloides, médicos venales, una chica fatal, tráfico de acción. Es decir, la obra degenera en novela de acción, aunque hay material serio debajo del entretenimiento fácil.
Como usted sabe, pocas cosas le resultan más encantadoras a la cultura estadounidenses que endiosar a los ciudadanos comunes; es decir, dentro de cada hijo o hija del vecino puede existir un superhéroe. Sin decir adiós, cae en la tentación del “democratismo americano”. Maggie, la cirujana, es invulnerable y muestra la fuerza y la agilidad de la princesa Diana de Temyscira.
Cabe suponer que Witherspoon ha aportado al libro una acendrada “perspectiva de género”. La actriz creó un exitoso club de lectura (Reese's Book Club) que se ha destacado por promocionar novelas escritas por y sobre mujeres. Por ello, en Sin decir adiós hay un solo personaje masculino más o menos positivo (entre los vivos) y el lector debe soportar píldoras militantes como la denuncia sesgada de la apropiación cultural o la reivindicación de la sororidad. ¡Oh, corrección política, cuántas tonterías se cometen en tu nombre!
Por otra lado, el dúo sigue a pie juntillas ese mandato editorial que sostiene que el bestseller contemporáneo siempre tiene que enseñarle algo al vulgo. Aquí nos ilustran sobre los caprichos de la oligarquía rusa, los detalles de una cirugía estética de senos, las posibilidades de los bots de duelos, el esplendor hueco de Dubai. Witherspoon y Coben pretenden, incluso, enseñarnos a leer una novela: “...se lee despacio, disfrutando de ellas, asegurándose de que cada escena cobra vida a todo color en el pensamiento…”
Netflix, que mantiene una pingüe asociación comercial con Harlan Coben, ya ha comprado los derechos del texto. Veremos que sale. Es lógico suponer que la sociedad Witherspoon-Coben nació pensando en la pantalla, no en el papel.