Ciencia y Salud

Los pensionistas del zoo II: Christofredo Jakob

Hoy que las neurociencias están en boca de todo el mundo, vale recordar a este médico bávaro que hizo de Buenos Aires y, especialmente, del Hospital Braulio Moyano un centro de fama mundial.
Hijo de una familia numerosa, le tocó vivir la época de oro del Imperio alemán, cuando se impartía a los niños una sólida formación no solo en ciencias, sino también en filosofía. Conoció las teorías de Darwin y Haeckel, y también a Goethe y Schiller, además de los principios filosóficos de Kant, que se convirtió en su guía espiritual.
Se recibió de médico en 1890. Gracias a la fuerte influencia de su mentor, Adolf von Strümpell (1853-1925), se inclinó al estudio de la anatomía patológica del sistema nervioso, cuyos secretos ayudó a revelar gracias a su genio y perseverancia.
Jakob se instaló en Bamberg, donde se casó y tuvo sus primeros tres hijos. Para entonces ya había publicado su tesis sobre “Aortitis sifilítica” y dos textos de neurobiología. En esos textos da a conocer los cortes del encéfalo que llevarán su nombre y aún son material de estudio en todo el mundo.
El atlas sobre el sistema nervioso enfermo y sano fue muy popular en su tiempo por los dibujos que el doctor realizó. En una época sin fotografía científica ni imágenes, su habilidad artística elevaba sus trabajos al nivel de Ramón y Cajal, el primer médico español en recibir el Premio Nobel de ese país.
Los libros de Jakob fueron publicados en varias partes del mundo. La edición norteamericana fue muy elogiada por su espíritu didáctico.
En la Argentina se debatía la necesidad de actualizar el programa educativo en ciencias médicas, que necesitaba exaltar el vínculo entre lo que revelaba el estudio microscópico de las lesiones y su correlato con la clínica. Lo que Jakob llamaría “el microcosmos que quiere digerir al macrocosmos como un Fausto”.
En el Hospicio de las Mercedes —actual Hospital Borda—, su director, Domingo Cabred (1859-1929), estaba construyendo un moderno Laboratorio de Anatomía Patológica. Era necesario elegir un especialista para aprovechar al máximo la oportunidad que ofrecía el nosocomio: centenares de pacientes psiquiátricos, una fuente casi inagotable de investigación.
Cabred sugirió invitar al Dr. Bielschowsky, para entonces una autoridad mundial indiscutible; de hecho, sería uno de los científicos que perfeccionó las técnicas de Ramón y Cajal. Como Bielschowsky rechazó la propuesta, surgió el nombre de Jakob. Para tentarlo, se ofreció un sueldo de $400, casa en el mismo hospital y la posibilidad de hacer 300 autopsias al año, una cifra muy superior a la que disponía en Alemania.
Así fue como Jakob se embarcó hacia Buenos Aires, donde arribó el 17 de julio, fecha que hoy se celebra como Día del Neurocientífico.
Viajó con su esposa y tres hijos. Los otros tres nacerían en la Argentina.
En dos años hizo más de 25.000 preparados de cerebro, dio clases y escribió docenas de artículos.
En este tiempo trabajó estrechamente con Clemente Onelli, el director del Zoológico porteño y personaje allegado al Perito Moreno y al Museo de La Plata.
Este fue un vínculo virtuoso: Onelli le proveía los cerebros de los animales que morían en el zoológico, lo que le permitió a Jakob tener una idea de la evolución del encéfalo.
En La Plata hizo estudios antropológicos con los cientos de cráneos de aborígenes que se acumulaban en sus dependencias. En 1904 comprobó la igualdad biológica entre el desarrollo de los aborígenes y los europeos.
Su discípulo más destacado fue el Dr. José Tiburcio Borda (1869-1936), quien sería director del hospicio y daría su nombre al hospital que, entre los argentinos, se convirtió en sinónimo de desequilibrio mental.
En 1910, por razones que nunca precisó, decidió volver a su país, donde permaneció hasta 1913. Fue el Dr. José Esteves (1863-1927), director del Hospital de Alienadas, hoy conocido como Braulio Moyano -otro de los discípulos que Jakob supo formar en el país y que continuó su tarea de investigación-, quien lo invitó a hacerse cargo del servicio de patología.
En este nuevo período en el país impulsó el estudio de la psiquiatría en otros campos que no eran exclusivamente médicos, como las ciencias jurídicas, la filosofía y la psicología.
En 1919 propuso la formación de una cátedra de embriología, cátedra que fue rechazada por el estudiantado. Vale recordar que un año antes se había hecho la Reforma Universitaria y entonces los estudiantes formaban parte de las decisiones políticas de la casa de estudios. 
Esta situación lo hizo renunciar a la cátedra de Anatomía Descriptiva, pero, durante los próximos veinte años, dictó cursos libres, extracurriculares y sin remuneración de histopatología y embriología. Por un texto sobre este tema, que lo había hecho renunciar, Jakob recibió el Premio Holmberg en 1944…
Sus estudios sobre el funcionamiento del cerebro, la fisiología de la memoria, neurotransmisores, etc., dieron lugar a múltiples artículos, entre los que se destacan “La localización del alma” y la publicación de su obra maestra, ‘La Folia Neurobiológica Argentina’, que consta de tres atlas y cinco tomos.
Jakob dejó también un amplio museo de Anatomía Patológica que aún se mantiene gracias al trabajo voluntario de varios profesionales que conservan las piezas originales.
Sin embargo, su actividad abarcó otras áreas del conocimiento. Fue un excelente músico que ejecutaba el piano -hoy se conserva el propio en el Hospital Moyano- y la flauta traversa.
En 1932 y 1944 publicó dos libros de poemas y también fue perito forense.
Sin embargo, su nombre quedó ligado al senderismo en las zonas cercanas a Bariloche, donde varios caminos llevan su nombre, al igual que el lago Jakob. Allí hay un refugio que se llama “La mirada del doctor”.
Como tantos ambiciosos proyectos en la Argentina, la obra de Jakob se ha diluido con el tiempo. No existe un inventario de sus preparados histológicos y embriológicos, y sus murales gráficos se han deteriorado con los años.
Al igual que los trabajos de Onelli en el zoológico, son parte de una Argentina gloriosa, de una épica científica fruto de una generación de pensadores que crearon una ilustración nacional que no se ha conservado ni creo que se vuelva a repetir.
Jakob gozó de una vida plena hasta los últimos años de su larga existencia, que se apagó el 6 de mayo de 1956. Fue un “raro ejemplo de probidad intelectual, rigor científico, disciplina de laboriosidad y plausible modestia”, como dijo el Dr. Eduardo Pedace en su obituario.
Su existencia honró lo que era su lema: “Vivere et laborare et laborare creare”.
Vivir y trabajar, y trabajar para crear.