A lo largo de sus 37 obras de teatro, William Shakespeare demuestra cierto conocimiento médico que desarrolla a lo largo de sus comedias y tragedias.
¿De dónde había sacado este conocimiento el Cisne de Avon, si no había cursado estudios superiores y menos aún relacionados con la medicina?
Algunos biógrafos de William Shakespeare sospechan que pudo realizar algunas observaciones clínicas en el asilo de Bedlam, institución que frecuentó en sus años mozos. Otros autores sostienen que, en su madurez, pudo contar con el asesoramiento de su yerno, el doctor John Hall.
De todas maneras, esta versatilidad conspira contra un solo Shakespeare, sino que pudo haber sido el “nom de plume” de distintos escritores, incluido Francis Bacon, quien sí tenía conocimientos médicos (de hecho, murió por una neumonía contraída durante un experimento sobre congelación).
Así desfilan ante nuestros ojos cuadros de demencia, como el que experimenta el rey Lear, o el padre de Florizel en ‘Cuento de invierno’, donde declara:
“¿Acaso tu padre es incapaz
de asuntos racionales?”
y se torna en niño.
En Otelo, Julio César y El rey Lear hace mención a una crisis comicial (epilepsia): “salía espuma por su boca y yacía sin pronunciar palabras”.
Lady Macbeth padece sonambulismo y Aquiles, en ‘Troilo y Crésida’, Parkinson.
En ‘Ricardo III’ describe su escoliosis (“una envidiosa montaña en mi espalda”) y la parálisis del plexo braquial (“que sostiene mi brazo como una espina clavada”).
Falstaff tiene apnea del sueño, ya que “ronca como un caballo”.
En ‘Enrique IV’ describe un accidente vascular: “un tipo de letargia, un tipo de sueño en la sangre que viene de la perturbación de su cerebro”, y en la misma obra Lord Grey padece un temblor esencial.
Con este desfile de patologías, los médicos no pueden estar ausentes de la obra de Shakespeare, con opiniones disímiles, aunque el balance sea positivo.
En ‘Enrique IV’, éste insta a “matar a todos los abogados”, mientras que en ‘El rey Lear’ el conde Kent recomienda “matar a todos los médicos... pero deberán pagar su impuesto de mala enfermedad”.
Obviamente, había médicos que no estaban a la altura de las circunstancias, como el doctor Caius de ‘Las alegres comadres de Windsor’:
“No tiene conocimiento de Hipócrates ni Galeno,
y además es un bribón, un cobarde bribón
como el peor que conozca.”
El médico escocés que atiende a Lady Macbeth por su sonambulismo y soliloquio demuestra humildad ante el reclamo del mismo Macbeth, quien lo insta a “eliminar los problemas escritos en su cerebro y, con un dulce antídoto, borrar su cuerpo de sustancias peligrosas que pesan sobre su corazón”.
A lo que el doctor aclara que “la paciente deberá atenderse ella misma”, señalando que, en parte, su cuadro clínico es psicológico.
Quizás el tributo más grande que Shakespeare da a los médicos es mencionado en ‘Pericles’ por Cerimón. Se cree que esta reflexión se basa en la figura del yerno del poeta, el ya mencionado doctor Hall.
Cerimón revive a la reina invocando a Esculapio, mostrando la fe en el poder curativo del profesional:
“Siempre lo he sostenido:
la virtud y la astucia dan más créditos
que la nobleza y las riquezas…
Yo puedo hablar de las perturbaciones
del trabajo de la naturaleza y sus curas,
que me dan más satisfacciones
que la sed del tambaleante honor.”
En ‘Enrique IV’, Falstaff tiene malaria y hace alusión a la uroscopia, una práctica muy común en su época que consistía en el diagnóstico a través del color de la orina, que Falstaff llamaba “las aguas”.
En ‘El mercader de Venecia’ también alude a la malaria: “Tal vez, soplando el caldo con mi aliento doloroso de terciana, sentiría solo al pensar que sobre el mar pudiera hacer el soplo del ábrega sañudo (alusión a un viento feroz).”
Las tercianas eran fiebres que se dan cada tres días en los enfermos de malaria.
En una parte de ‘La tempestad’ pone en boca de uno de los marineros llamado Paroles una frase que quedará entre las más memorables de Shakespeare, relacionada con la capacidad terapéutica: “Es lo que yo digo; desahuciado de Galeno y Paracelso: a buen fin, no hay mal principio.”
Es claro que, en las primeras obras, la figura del médico se presta más a dudas, bromas y rechazos que en los escritos después de 1607, cuando su hija Susanna se casa con el doctor Hall, un profesional afincado en Avon. La pareja permaneció en esa ciudad y el yerno tenía frecuentes charlas con Shakespeare, que evidentemente cambiaron sus opiniones sobre los galenos.
Hoy, el Cisne de Avon se sorprendería al saber que sus obras ejercen un efecto terapéutico.
El señor Rafe Esquith, un docente en Los Ángeles, para que los jóvenes escapen de la pobreza y la violencia que invade las calles de esa ciudad, los insta a dedicar tiempo para montar obras de teatro del Gran Bardo, como ‘Hamlet’.
También en cárceles de máxima seguridad de USA se hacen representaciones de ‘La tempestad’, donde se maneja el tema de la redención y el perdón, para que los reclusos mediten sobre estos temas que les tocan de cerca.
De allí que “a buen fin, no hay mal principio” implique la esperanza de un mundo mejor, una de las necesidades intrínsecas del hombre que Shakespeare supo reflejar en sus obras.