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Los magos húngaros pudieron más que el corazón uruguayo

El baúl de los recuerdos. En 1954 los centroeuropeos apabullaban a todos sus rivales. Tuvieron en jaque a los celestes, que reaccionaron con dos goles agónicos y recién cayeron en tiempo suplementario.

Juan Hohberg está desvanecido en el césped del estadio De La Pontaise, en Lausana. La angustia se apodera del público, expectante de la labor de los médicos. El delantero, nacido en Córdoba y con pasado de goleador en Rosario Central, acababa de darle un empate agónico a Uruguay. El empate de su propia agonía. Estaba literalmente muerto. Pero revivió, como su equipo. Aunque los celestes luchaban con todas sus fuerzas, su enorme corazón no bastó para impedir el triunfo de Hungría, un maravilloso seleccionado que revolucionó el fútbol en la Copa del Mundo disputada en Suiza en 1954.

La semifinal entre los magos húngaros y los campeones en el inolvidable Maracanazo de 1950 fue un canto al fútbol emotivo, al deporte que se burla de las tácticas y las estrategias y se juega con el corazón. Fue un partidazo digno de dos seleccionados de una grandeza pocas veces vista en un Mundial.

Hungría provocó una revolución inédita. En tiempos en los que el sistema táctico WM era moneda corriente introdujo variantes que sentaron las bases para el 4-2-4 que popularizó el Brasil de Pelé y Garrincha en Suecia ´58. Pero más allá de la distribución de los jugadores en la cancha, aplastó a cuanto rival se cruzó en el camino con un poderío ofensivo demoledor.

Entre 1950 y 1956 ganó 42 partidos, empató 7 y perdió solo uno. Esa derrota fue la única que no podía permitirse, pues se dio en la final del Mundial de Suiza. Hasta entonces, había hecho añicos a la orgullosa Inglaterra con un 6-3 que marcó el primer traspié de los locales en Wembley contra un rival que no perteneciera al Reino Unido. Eso pasó en 1953, un año después de que los centroeuropeos se alzaran con la medalla dorada en los Juegos Olímpicos de Helsinki. Y en el ´54 humillaron a los inventores del fútbol con un estruendoso 7-1 en Budapest.

Ferenc Puskas y Sandor Kocsis eran los goleadores de un seleccionado que se especializaba en hacer goles a granel. El cerebro -asistido por un fenómeno como Jozsef Bozsik- era Nandor Hidegkuti, un inteligente centrodelantero que se retrasaba en la cancha y personificaba a la perfección al falso 9 tan venerado hoy en día. Los magos húngaros aportaron lecciones llevadas a la práctica por la formidable Naranja Mecánica holandesa en la que brillaba Johan Cruyff, el hacedor de la universalmente admirada escuela del Barcelona.

Hungría había le asestado a Corea del Sur un 9-0 lapidario y luego se despachó con un 8-3 sobre Alemania Federal, en un ardid de sus vencidos, quienes pusieron una formación de suplentes y enviaron al defensor Werner Liebrich a lesionar a Puskas. Esos equipos se encontraron en la finalísima, conocida como El Milagro de Berna por el éxito alemán. 

Después de una cruenta batalla con Brasil en los cuartos de final, Hungría se encontró en la antesala de la finalísima con Uruguay. Los celestes, campeones en 1950, jamás habían perdido un partido mundialista. Todavía los lideraba el veterano Obdulio Varela, el Negro Jefe que les ganó el duelo psicológico a los brasileños en la hoguera del Maracaná. Lo secundaban antiguos camaradas como el Pepe Juan Schiaffino, Roque Máspoli y Víctor Rodríguez Andrade.

Ya no estaba el héroe del ´50, Alcides Ghiggia, y férreos defensores como Matías González y Schubert Gambetta. En la retaguardia, respaldando al arquero Máspoli, habían aparecido William Martínez y José Emilio Santamaría. Uruguay era un rival temible para cualquiera. En los cuartos de final dio cuenta de Inglaterra, pero perdió al capitán Obdulio, desgarrado. Rodríguez Andrade también terminó herido.

DOS HORAS EMOCIONANTES

El 30 de junio de 1954 se daba por descontado un espectáculo de alto vuelo. Aun sin Puskas, Hungría era un elenco fantástico. El técnico Gusztav Sebes tenía a varios fenómenos a su disposición para disimular la ausencia de una pieza clave como el futuro socio de Alfredo Di Stéfano en el Real Madrid que dominó a Europa durante casi una década.

Juan López, el entrenador uruguayo, no contaba con un jugador capaz de ejercer el don de mando que distinguía al Negro Jefe. Rodríguez Andrade, sobrino de José Leandro Andrade, uno de los campeones de 1930, iba a ser de la partida a pesar de no estar bien físicamente. Tampoco podía jugar el puntero derecho Julio César Abbadie y el entrenador optó por prescindir de Omar Míguez, el delantero central de la final del ´50. En su lugar apareció el debutante Hohberg, a quien le esperaba una jornada heroica.

Los magos húngaros se caracterizaban por empezar los partidos con un ritmo demoledor y acostumbraban a sacar diferencias en el marcador en los primeros minutos. Esa fórmula aparentemente infalible no dio resultado contra un rival de la jerarquía y el amor propio de Uruguay.

En realidad, esa afirmación es una verdad a medias, pues los centroeuropeos se pusieron en ventaja antes del cuarto de hora inicial, pero no fue como consecuencia de su domino en el juego, sino de una acción fortuita. El puntero Zoltan Czibor -otro de los puntales de esa descomunal fuerza de ataque- abrió la cuenta después de que la pelota le rebotara tras un mal despeje de Santamaría.

Uruguay no contemplaba la posibilidad de rendirse sin luchar. Se fue con las pocas fuerzas que tenía en dirección a la valla de Gyula Grocsis. Atacó una y otra vez. Y, por supuesto, se expuso a la voracidad de un adversario implacable. Sin embargo, aunque Máspoli y su colega húngaro tuvieron un arduo trabajo, el marcador no se modificó.

No bien arrancó el segundo tiempo, Hidegkuti aumentó la brecha con un gol de palomita. Los húngaros mantuvieron su insistencia, pero tomaron algunas precauciones. Eran conscientes de la categoría de su oponente.

Pasaban los minutos y la caída celeste parecía sellada. Las huestes de Lopecito sacaron a relucir esa combinación de garra, personalidad y juego que les permitió consumar la hazaña insospechada de doblegar a Brasil en el mismísimo Maracaná cuatro años antes.

Cuando faltaba un cuarto de hora, la búsqueda de los rioplatenses tuvo recompensa. Hohberg conectó un pase de Javier Ambrois y descontó. Ese tanto agigantó las esperanzas uruguayas. Aunque faltaba poco tiempo, a los celestes les sobraba fe. Y con apenas cuatro minutos para el epílogo, el Pepe Schiaffino habilitó a Hohberg, quien estableció el agónico 2-2.

El cordobés que había adoptado la nacionalidad uruguaya cayó desvanecido. Parecía desvanecido. Un silencio conmovedor se apropió de la lluviosa tarde en Lausana. Los médicos ingresaron para atenderlo. Estaba a punto de ponerse en marcha la media hora de alargue. Pero las miradas estaban puestas en los esfuerzos para reanimar al delantero cordobés. No reaccionaba. Había sufrido un paro cardíaco. En la desesperación, le administraron coramina y el atacante de 26 años se puso de pie como si nada hubiese pasado.

Salió a jugar el alargue. Su corazón resistió. No lo hicieron las piernas uruguayas. Exhaustos, los campeones del ´50 no lograron aguantar el renovado asedio de los de Sebes. Rodríguez Andrade ya no podía moverse. Los magos húngaros se escaparon con un cabezazo de Kocsis y luego aumentó Hidegkuti.

Hungría, esa máquina de jugar al fútbol, había dejado fuera de carrera a Uruguay, el equipo que hasta ese momento no entendía de derrotas. La magia había podido más que el corazón.

LA SÍNTESIS

Hungría 4 - Uruguay 2

Hungría: Gyula Grosics; Jeno Buzanszky, Gyula Lorant, Mihaly Lantos; Jozsef Bozsik, Jozsef Zakarias; Sandor Kocsis, Nandor Hidegkuti; Laszlo Budai, Peter Palotas, Zoltan Czibor. DT: Gusztav Sebes.

Uruguay: Roque Máspoli; William Martínez, José Santamaría, Víctor Rodríguez Andrade; Néstor Carballo, Luis Cruz; Javier Ambrois, Juan Schiaffino; Rafael Souto, Juan Eduardo Hohberg, Carlos Borges. DT: Juan López.

Incidencias

Primer tiempo: 13m gol de Czibor (H); 46m gol de Hidegkuti (H). Segundo tiempo: 30m gol de Hohberg (U); 41m gol de Hohberg (U). Segundo tiempo suplementario: 6m gol de Kocsis (H); 11m gol de Kocsis (H).

Estadio: De La Pontaise (Lausana). Árbitro: Mervyn Griffiths, de Gales. Fecha: 30 de junio de 1954.