Opinión
Siete días de política

Los errores de gestión y la soledad política se acentúan

Un nuevo desastre ferroviario en el Sarmiento volvió a exponer los graves problemas de infraestructura. La Presidenta sufrió otra derrota en tribunales. Scioli y Massa empiezan a alejarse.

La lluvia de malas noticias que recibe desde comienzos del año la presidenta Cristina Fernández parece inacabable. Esta semana continuó con un nuevo accidente sangriento en el Ferrocarril Sarmiento y otra derrota judicial, en este caso respecto de la reforma del Consejo de la Magistratura, que muestra el error de amenazar a la Justicia sin los medios para hacer efectiva las amenazas.

Respecto del desastre ferroviario, el recurso de culpar al conductor puede mitigar los efectos inmediatos de la catástrofe, pero el problema del fondo es el deterioro devastador que ha sufrido el servicio a causa de la política de la última década, pródiga de subsidios y corrupción. Esa es la percepción general inmodificable en los hechos y tendrá consecuencias electorales que parecen imposibles de evitar.

La más lógica sería la salida del ministro del área, Florencio Randazzo, de las listas de candidatos en la provincia de Buenos Aires. Le asignaron una misión que nadie razonablemente hubiera aceptado -reparar el desastre acumulado en 10 años- y obviamente no la pudo cumplir. Los candidatos del Frente para la Victoria en la decisiva provincia de Buenos Aires serían, entonces, Alicia Kirchner y el intendente Martín Insaurralde.

La primera está por lo menos 15 puntos atrás en las encuestas de Francisco de Narváez que parte en una buena posición para ganar el distrito siempre que no sea de la partida Sergio Massa. Si esto ocurriese, las proyecciones le adjudican al intendente de Tigre cerca de un 35% de la intención de voto, una cifra que termina con cualquier ilusión de que la presidenta sea reelecta.

La situación que se está consolidando a tres meses de las primarias es cada vez menos favorable para ella. No tiene candidatos atractivos por la estrategia de apoyarse exclusivamente en la Cámpora en detrimento del aparato del PJ. Los problemas de gestión -transporte, energía- sumados a dificultades económicas como la inflación y el estancamiento contribuyen también a aislarla, porque no garantizan la victoria.

Por eso los intendentes del conurbano siguen con expectativa cada gesto de Massa para ver si decide encabezar una boleta propia, lo que significaría un golpe para el kirchnerismo. Ese minué de gestos, versiones y operaciones en los medios se produce porque la figura presidencial no "tracciona" las listas como hace dos años. Los que tienen ambiciones y miden bien se animan, por lo tanto, a tomar distancia.

Un capítulo aparte en este panorama representa Daniel Scioli que, según todos los indicios y versiones, llegó a un entendimiento con Francisco de Narváez para competir en las PASO sin exponerse de manera personal. Abrió una puerta al poskirchnerismo sin entrar en colisión directa con la Presidenta (o por lo menos en un enfrentamiento terminal), por lo que siempre está a tiempo de recomponer con la Casa Rosada.

Esta variante hoy es lejana, pero no descartable por completo, si el proyecto "Cristina eterna" no supera la prueba de octubre y debe buscar un sucesor que le garantice que no padecerá sobresaltos cuando deje el poder.

El más perjudicado por la manera en la que se va decantando la interna peronista es Mauricio Macri. Es el único opositor neto a los "k", pero acaba de comprobar que no puede hacer pie en la provincia de Buenos Aires, porque Scioli ya le quitó a su potencial aliado, de Narváez. En los demás distritos -excepto la Ciudad de Buenos Aires- su inserción es nula, porque desde que llegó al poder ha hecho muy poca política.

Tanto su asesor ecuatoriano como sus hombres de confianza, v.g., Marcos Peña, consideran que con mostrar gestión alcanza, porque la gente detesta la rosca política. Ese credo marketinero es el que hoy lo muestra aislado. No tanto como la presidenta, pero con pocos amigos en la poderosa maquinaria peronista, esencial para cualquiera que tenga aspiraciones presidenciales.

En pocas palabras, cuando los liderazgos se debilitan, la estructura pasa a ser determinante, algo que el jefe del gobierno porteño no se preocupó en construir en los seis años que ya lleva en el poder, quizás porque confió demasiado en su carisma innato. Pero menos halagadora parece la situación de la Presidenta, cuya suerte está en manos de Massa y de la Corte Suprema, donde no abundan sus amigos.