Hace ciento setenta y seis años murió José de San Martín. Sin embargo, pocas figuras de nuestra historia continúan generando un debate tan intenso sobre quién fue realmente, qué representó y cuál es el sentido de su legado. Quizá ello se deba a que los grandes hombres nunca pertenecen únicamente al pasado: también son objeto de disputa en el presente.
San Agustín enseñaba que una comunidad puede conocerse por aquello que ama. Esa intuición, desarrollada en La Ciudad de Dios, conserva una sorprendente actualidad. Los pueblos revelan su alma por los ideales que veneran, por los ejemplos que transmiten y por los hombres que eligen como modelos para las nuevas generaciones. También puede formularse la cuestión desde su reverso: la forma en que una sociedad discute, relativiza o incluso procura disminuir a sus grandes referentes dice mucho acerca de la jerarquía de valores que pretende afirmar.
Siglos más tarde, Max Scheler desarrolló la idea de los arquetipos y de las contrafiguras. Según prevalezcan unas u otras las sociedades se levantarán moral y espiritualmente o irán por el camino de la decadencia como comunidad.
Por lo tanto: existe un orden de los amores que determina la escala de valores de cada persona y de cada comunidad. Aquello que una nación admira -o deja de admirar- termina configurando su identidad histórica.
Desde la filosofía política clásica, Santo Tomás de Aquino recordaba que la prudencia del gobernante y la orientación hacia el bien común constituyen el fundamento de toda auténtica comunidad política. Por ello, la memoria histórica nunca es una cuestión meramente académica: los modelos humanos que una sociedad propone influyen decisivamente en la formación de sus dirigentes y en el rumbo de la vida pública.
Estas reflexiones ayudan a comprender por qué, ciento setenta y seis años después de su muerte, José de San Martín continúa siendo objeto de interpretaciones contrapuestas.
La imagen oficial nos presenta al vencedor de Chacabuco y Maipú, al conductor del Ejército de los Andes y al héroe máximo de nuestra independencia. Sin embargo, detrás de esa figura aparentemente indiscutida persisten debates historiográficos que atraviesan más de un siglo.
Uno de quienes más contribuyó a replantearlos fue el historiador mendocino Enrique Díaz Araujo. Su extensa investigación cuestionó numerosas interpretaciones consolidadas y propuso recuperar al San Martín histórico: el militar formado durante más de veinte años en el Ejército español, heredero de la tradición política y cultural de la Monarquía Hispánica y conductor de una empresa genuinamente americana.
La respuesta habitual identifica a los ejércitos realistas como sus enemigos. Sin embargo, Díaz Araujo sostuvo que la cuestión es más compleja. San Martín no combatió a España entendida como nación, sino que actuó en el marco de la profunda crisis de legitimidad abierta por la invasión napoleónica de 1808. Más tarde surgiría otro conflicto decisivo con el proyecto político encabezado por Bernardino Rivadavia y el grupo dirigente porteño. Pero existe todavía una tercera batalla: la batalla por la Verdad histórica.
Diversos autores han señalado que la figura de San Martín fue progresivamente reinterpretada desde categorías ideológicas ajenas a su tiempo. Frente a esas lecturas, la tarea iniciada por Enrique Díaz Araujo y continuada durante décadas por el recordado Mayor José Antonioni no concluyó con ellos. Como ocurre en toda auténtica escuela de pensamiento, sus investigaciones abrieron un camino que otros estudiosos procuraron profundizar, ampliar y contrastar con nuevas fuentes y perspectivas.
En ese sentido, las obras de Antonio Caponnetto -especialmente Los arquetipos y la Historia, Poesía e Historia y San Martín: arquetipo de la Hispanidad-, de Sebastián Miranda en José de San Martín y el Imperio Británico, y del coronel Santiago Rospide en El sueño frustrado de San Martín constituyen una expresión de esa continuidad intelectual. Con enfoques y metodologías propios, estos autores han contribuido a enriquecer el debate historiográfico y a recuperar la figura de José de San Martín desde una lectura atenta a su contexto histórico, a su formación hispánica y a la complejidad de su pensamiento político y estratégico. Más que una coincidencia de opiniones, esta continuidad expresa la vitalidad de una tradición de estudios que entiende que la historia no es un relato cerrado, sino una búsqueda permanente de la verdad histórica.
No se trata solamente de una controversia entre especialistas. Como enseñaban San Agustín, Santo Tomás y Scheler, la manera en que una comunidad recuerda a sus grandes hombres expresa también aquello que considera digno de ser amado, imitado y transmitido.
Por eso, la discusión sobre San Martín nunca será un simple ejercicio erudito. En el fondo, constituye una discusión sobre nosotros mismos: qué conductor queremos proponer a las nuevas generaciones, qué virtudes deseamos conservar y qué idea de Nación aspiramos a construir.
Quizá la vida de San Martín pueda resumirse como una sucesión de tres grandes combates. El primero fue contra el expansionismo napoleónico; el segundo, por Hispanoamérica; el tercero continúa hasta nuestros días: la defensa de la verdad histórica frente a las deformaciones ideológicas.
Esa convicción inspira una de las iniciativas académicas del Instituto Elevan: la Diplomatura Universitaria "Liderazgo Sanmartiniano para el Siglo XXI: Lucidez y Coraje". Su propósito no consiste únicamente en estudiar episodios del pasado, sino en comprender cómo piensa un conductor estratégico y qué enseñanzas ofrece San Martín para la formación de los dirigentes del presente.
Nuestro recordado Mayor D. José Antonioni resumía ese desafío en una frase tan sencilla como profunda:
"Hay que traer a San Martín al siglo XXI"
No para adaptarlo a las modas del momento, sino para redescubrir la permanente actualidad de sus principios: la lucidez para comprender la realidad, el coraje para decidir, la austeridad en el mando, la primacía del bien común sobre los intereses personales y el liderazgo cimentado en el ejemplo.
La Argentina atraviesa una época de profundas incertidumbres. En ese contexto, estudiar a San Martín deja de ser un ejercicio de nostalgia para convertirse en una necesidad nacional.
Porque los pueblos que olvidan a sus grandes conductores terminan perdiendo también el rumbo de su propia historia. Y los que vuelven a ellos con inteligencia descubren que, dos siglos después, todavía tienen mucho que enseñar.
En la próxima entrega abordaremos la formación intelectual y militar de José de San Martín y cómo los más de veinte años de servicio en España forjaron al conductor del Ejército de los Andes.