El 3,4% de la inflación de marzo le pegó al Gobierno cerca de la línea de flotación porque el plan de estabilidad es su mayor activo electoral. La reacción de Javier Milei a la mala noticia, escenificada ayer ante un foro tradicional del Círculo Rojo, representó la respuesta adecuada a una situación tan adversa.
En primer lugar, porque no intentó ocultar el dato. No trató de manipular las estadísticas como hizo oportunamente el peronismo. Tampoco minimizó el número. Admitió que era una señal negativa y respetó un mandamiento al que deberían ceñirse tanto los políticos como los periodistas: los datos son sagrados, las opiniones son libres.
A continuación, tuvo otra reacción positiva: elaboró con cifras reales un diagnóstico de lo que había pasado. Una evaluación acertada de lo ocurrido era una condición ineludible para encontrarle una solución.
Aferrado a sus convicciones de economista liberal, repitió algo que el ministro Luis Caputo había afirmado pocas horas antes: la suba de precios es consecuencia de la caída de la demanda de pesos. A este dato irrefutable le sumó una interpretación política: la de la corrida promovida el año pasado por políticos opositores, el establishment económico y los medios para hacerle perder las elecciones. LLA ganó en las urnas, pero la recuperación económica se retrasó.
Por otra parte, el diagnóstico no paro ahí. Describió los factores estacionales que aumentaron el IPC: la suba de los gastos de educación, de los de los combustibles por la guerra de Irán y de la carne. Hechos también verificables y que, una vez dejados atrás, harían que la inflación volviese a caer, según sus palabras. En respaldo de ese pronóstico señaló la cifra de la inflación núcleo (2,5%) y de la mayorista (entre el 1 y el 0,8%).
Puso énfasis además en la nueva actitud de los operadores económicos frente al peso. El BCRA compró desde principio de año unos 6.000 millones de dólares con la cotización clavada en los 1.400 pesos. Desapareció por lo tanto la huida hacia la moneda norteamericana. Consecuencia: la demanda de dinero crece y la actividad está empezando a rebotar.
Pidió con un tono enfático, pero civilizado, paciencia, no caer en la desesperación y no cambiar el plan en medio del proceso. Pero el mensaje más importante fue para el establishment económico, los medios y los economistas: no va a cambiar una coma de su plan. El gasto público seguirá siendo podado (“la motosierra no para”), no habrá emisión y el equilibrio fiscal será mantenido a rajatabla. Más de lo mismo en dosis mayores. Si no le soltó la mano a Adorni, menos al programa económico que lo consolidó en el poder hace seis meses.
En ese sentido el discurso presidencial no fue solo una clase de economía (en algunos pasajes abstrusa para los legos) sino también una clarísima respuesta para los mercados. El 3,4% ya es un dato inmodificable, la única respuesta lógica era aceptarlo y tratar de cambiar las expectativas.