El nombre de Domingo Torres Briceño probablemente no les diga nada a las autoridades de nuestra ciudad, pero era porteño, había nacido en Buenos Aires y bautizado el 20 de abril de 1665; hijo de Luis Torres Briceño que también había visto la luz en esta orilla del Plata en 1639. Si seguimos buscando en la genealogía familiar su madre Ana Leal, también era porteña como lo era Isabel la madre de ésta y también la otra abuela Juana Hurtado de Mendoza y Saravia. Como vemos estaban prácticamente desde comienzos del siglo XVII, cuando la Buenos Aires fundada por Juan de Garay tenía apenas treinta años.
Familia prestigiosa y de posibles, como se decía, Dionisio fue enviado al Colegio Real de San José en Charcas, donde comenzó sus estudios que prosiguió en la Universidad, donde se graduó en teología y cánones, a la vez que recibió el orden sagrado.
En el Alto Perú desarrolló su actividad por dos décadas fue miembro del Cabildo Eclesiástico, gobernador eclesiástico del obispado de Santa Cruz de la Sierra, visitador de los pueblos indígenas, y fue honrado en España como Caballero del Hábito de Santiago y predicador de Su Majestad.
Nunca olvidó su ciudad natal, y en 1716 decidió fundar un convento de monjas en Buenos Aires, que por cierto no existía y emprendió un viaje a España para obtener el real permiso, que Felipe V de buena gana otorgó. Lo obtuvo y en 1724 comenzó la obra en la esquina de México y Defensa frente al hospital del Rey. Don Dionisio murió antes de ver concluida la obra el 29 de abril de 1729, pero se continuó con los bienes que había legado en su testamento. Hombre de devoción a Santo Domingo fue sepultado en el convento local.
Como dijimos, Santa Catalina de Siena fue el primer convento de mujeres de Buenos Aires y fue inaugurado en solemne procesión –campanas al viento y “luminarias” encendidas por orden del Cabildo– el 21 de diciembre de 1745. No vamos a referirnos al viaje de las primeras religiosas desde Córdoba a Buenos Aires, donde funcionó el convento hasta 1974 en que se trasladaron a San Justo.
El edificio comenzó a levantarse en 1727, bajo diseño del hermano Andrés Bianchi, el arquitecto jesuita italiano que nos bendijo con su trabajo entre 1717 y 1740 y que con su compatriota, arquitecto y también jesuita Juan Bautista Prímoli legaron magníficos edificios a Buenos Aires como el Pilar, la Merced, San Francisco y la Catedral de Córdoba.
Monumento histórico nacional, no tuvo el Estado fondos para restaurar su fachada, pero afortunadamente American Express hace 20 años se encargó de la obra, luciendo la misma con todo esplendor.
Escenario de las invasiones inglesas, especialmente durante la de 1807 los británicos tomaron el lugar, tradicionalmente el 5 de julio la Comisión Nacional de la Reconquista ha realizado en ese lugar ese día un acto recordatorio.
La reforma religiosa de Rivadavia que suprimió varias órdenes religiosas y confiscó los bienes de las comunidades, respetó a las Catalinas como eran llamadas habitualmente.
Alguna vez se pensó en el Convento instalar el Museo de la Iglesia, este edificio fue puesto en valor original hace unos años con motivo de ser la sede de Casa FOA. No faltaron amenazas sobre la estructura, y alguna vez convocados por Felicitas Luna y otros interesados en la preservación patrimonial marchamos para dar el grito de alerta.
Hace una semana fue el Complejo Museográfico “Enrique Udaondo” de Luján el que sufrió en su archivo y biblioteca las llamas y como sucede en estos casos el complemento del agua que también es devastador y de lo que dimos cuenta en estas páginas.

Esta semana una obra en la calle Viamonte que lleva a cabo el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires para convertirla en peatonal ha provocado unas grietas en el templo, lo que obligó al rector a cerrarlo. Declaró a otro medio capitalino: “No sabemos si existe peligro de derrumbe. Lo que sí sabemos es que desde que empezaron a trabajar las máquinas y el taladro neumático, en cuestión de horas la iglesia y todo el complejo se llenaron de grietas. Algunas parecen realmente profundas y atraviesan las columnas, que tienen dos metros de espesor. Una de las grietas atraviesa todo el edificio y llega hasta la cúpula”.
En un comunicado el Pbro. Gustavo Antico aclaró que:
“Nos duele la insensibilidad y el incumplimiento de las normativas ante una larga historia de reclamos. Este nuevo hecho confirma y corrobora lo que venimos manifestando desde hace mucho tiempo, dejando en evidencia la necesidad de reconocer y declarar al entorno de Santa Catalina como área de amortiguación en orden a velar por el cuidado y preservación de tales monumentos”.
El arzobispo de Buenos Aires, que ofició una misa en el lugar puso su voz de alerta, pidió sentarse a conversar a las autoridades, porque además está previsto construir en esa manzana dos edificios de altura con el riesgo que significa.
Al referirse al megatemplo de la Iglesia de Jesucristo de los Últimos Días. Monseñor García Cuerva dijo al retirarse:
“Mi postura ha sido siempre la misma: si bien el terreno de al lado es un terreno privado, vendido a un privado, creo que en una manzana colonial no es bueno ningún tipo de construcción. Si fuese una iglesia católica, tendría la misma opinión. Insisto: si peatonalizar la calle Viamonte ha generado este tipo de rajaduras, no quiero ni imaginarme lo que puede generar otra edificación importante en la misma manzana”.
Estudioso de nuestro pasado el arzobispo y por lo tanto conocedor del patrimonio agregó: “Hay que tener en cuenta que estos edificios coloniales no tienen cimientos y, por lo tanto, requieren una preservación mucho más cuidadosa que cualquier otro tipo de construcción”.
No olvidemos que al levantarse una torre en la calle San Martín junto al Museo Mitre este edificio sufrió varios problemas en su medianera. Lamentablemente lo que no consume el fuego, lo pueden destruir los que gobiernan y tienen el deber de preservar estos bienes. Hay una Comisión de Patrimonio en el ámbito de la ciudad; en la Nación hay una Comisión Nacional de Monumentos Históricos. Es de desear que actúen en consecuencia.