Opinión
El análisis del día

Lo que la calle y las encuestas empiezan a deletrear

Las masivas movilizaciones en repudio a la última dictadura militar, en un nuevo aniversario del 24 de marzo, a la Plaza de Mayo y las de otros grandes puntos de concentración en el interior del país, adquirieron una dimensión que excede la conmemoración habitual.

La amplitud de la convocatoria y su carácter transversal sugieren que no se trató únicamente de un ejercicio de memoria, sino también de una intervención en el presente y sin duda pueden interpretarse como una reacción frente a ciertos gestos y discursos oficiales objetados por su “negacionismo” y también frente a determinadas consecuencias sociales del ajuste económico.

La reafirmación de consensos básicos en materia de derechos humanos funciona, en este contexto, como un límite simbólico. La sociedad vuelve a señalar que existen umbrales que no están sujetos a revisión, más allá de los cambios de signo político.

Para el oficialismo, ese mensaje tiene implicancias concretas. Evidencia que la legitimidad electoral no agota las fuentes de validación del poder: existen reservas sociales que pueden activarse cuando se perciben amenazas a consensos arraigados, particularmente cuando otros datos del contexto  colectivo empiezan a fallar. Ocurrió en las marchas sobre el tema discapacidad o sobre la situación universitaria.

 

LA CONFIANZA DECAE

Lo que la calle expuso esta vez con su propio sesgo se refleja en estudios más asépticos. En lo que va de 2026, el Índice de Confianza en el Gobierno que elabora la Universidad Torcuato Di Tella acumula una caída del 6,5%. Con ese retroceso, el promedio de la gestión de Javier Milei desciende (en la escala 1 a 5 de esas mediciones)  a 2,43 puntos, el registro más bajo desde el inicio del mandato.

Más significativo aún es el detalle de los componentes: la evaluación general del gobierno cae un 9,2%, mientras que la percepción sobre la preocupación por el interés general retrocede un 6%. No se trata sólo de una baja coyuntural, sino de “señales que apuntan a dimensiones sensibles de la legitimidad”.

Un costado relevante de ese cuadro está integrado por episodios que han deteriorado marcadamente el crédito y la reputación del oficialismo. Uno es el sostenido y a menudo desubicado ataque del propio Presidente a altos directivos empresariales argentinos, una retórica que no lo predispone favorablemente en ámbitos del llamado círculo rojo  y que asombra y acaso intimida a potenciales inversores.

 

VIAJES Y MUDANZAS

Otro caso que incide en la caída de la imagen es la performance del tercer jefe de gabinete del gobierno, el ex vocero Manuel Adorni, a quien en poco más de una semana se lo ha retratado en una sucesión de situaciones incómodas: desde lo que a esta altura parece una simple travesura (el haber subido a su esposa al viaje presidencial a Nueva York), hasta el viaje familiar en jet privado a Punta del Este, la adquisición, desde que ingresó a la función pública, de dos importantes inmuebles -un departamento en la zona más paqueta de Caballito y una casa de campo en un golf country de Exaltación de la Cruz- y discutibles contrataciones familiares.

La conferencia de prensa que ofreció Adorni el miércoles 25, en las que tenía la oportunidad de desvirtuar sospechas y acusaciones exhibiendo documentos, más bien ratificó que él se ha convertido en un pasivo para el oficialismo. El Gobierno empujó a un gran número de ministros a respaldarlo en esa reunión de prensa y los propios hermanos Milei le ofrecieron su sostén, cuestionaron a los críticos de Adorni y prometieron mantenerlo en el puesto.

Muchos observadores recuerdan, sin embargo,  que también José Luis Espert recibió garantías de que se mantendría a la cabeza de la lista bonaerense de diputados oficialistas pero el daño ante la opinión pública que provocaba su vínculo con un personaje vinculado al narcotráfico evaporó el compromiso y Diego Santilli tuvo que cortarse el pelo para reemplazarlo mientras Espert hacía mutis por el foro.

En paralelo al caso Adorni, pero con raíces previas y cargas de mayor profundidad, discurre la investigación judicial y periodística sobre el caso $Libra y los datos que surgen del teléfono celular de un asiduo visitante de la Casa Rosada y de Olivos conectado al controvertido  lanzamiento de esa criptomoneda. Los analistas de redes sociales registran un enorme intercambio sobre estos temas en el que no prevalece, precisamente, la buena onda con esos comportamientos.

Ese partido los libertarios lo están perdiendo en un terreno en el que durante largo tiempo fueron hegemónicos. Es un lastre más para un gobierno que está trabajando con la mirada puesta en la elección de 2027 y la expectativa de una reelección.

Así, el Gobierno libertario atraviesa un momento de desgaste que no logra metabolizar políticamente. Se advierte una dificultad persistente para ordenar el frente interno y construir un relato que amortigüe el impacto de errores propios y la ausencia de una estrategia de comunicación capaz de contenerlos.

O, quizás, la estrategia elegida sea apostar a la cronoterapia, que el tiempo permita barrer los hechos complicados bajo la alfombra de algún  otro asunto de la agenda política o que la judicialización de estos casos preocupantes termine  sepultada en los nichos de expedientes de determinados jueces. Como rezaba el anillo de Julio Grondona: “Todo pasa”. Es una apuesta arriesgada.

 

¿FUNCIONA?

Podría ayudar que la economía diera mejores noticias, pero la inflación ya virtualmente alcanzó en un trimestre el porcentaje que el presupuesto vaticinó para todo el año y, aunque el campo, el petróleo y la minería  sostengan el incremento del PBI (aunque no el empleo, ya que ocupan relativamente poco personal), la mayoría de los rubros productivos, especialmente industria y construcción (que son trabajo intensivas), se hunden.

El escenario presenta claroscuros. Algunos indicadores sugieren cierto ordenamiento macroeconómico, mientras otros -especialmente los vinculados a la actividad y al tejido social- siguen mostrando tensiones relevantes. “¿Y si el plan no está funcionando?”, se preguntaba desde el título de su comentario del último domingo  en La Nación el penetrante y equilibrado Jorge Liotti. 

A ese cuadro se suma un contexto internacional conmocionado. La prolongación del conflicto que involucra a Estados Unidos, Israel e Irán  contradice las expectativas originales de Washington y Tel Aviv e introduce un factor de incertidumbre adicional. Sus efectos potenciales sobre los precios de la energía, los flujos comerciales y las condiciones financieras globales no son menores para una economía como la argentina, particularmente expuesta a shocks externos.

La ventaja con la que cuenta el oficialismo es que por ahora no aparece ninguna conducción alternativa en condiciones de  capitalizar en beneficio propio sus dificultades y de unificar significativamente lo que la calle y las encuestas de opinión pública empiezan a deletrear.