Suplemento Económico

Liberalismo vs. libertarianismo

Los grandes debates.

POR FRANCISCO JOSÉ CONTRERAS *

­¿Existe el liberalismo conservador? Sí, existe. De hecho, el liberalismo conservador ha sido la doctrina que cimentó el éxito occidental; la que convirtió a las sociedades liberal-democráticas de mediados del siglo XX en las más civilizadas, prósperas y compasivas de la Historia. 

Sostenemos que la tradición liberal clásica (la de Locke, Montesquieu, Adam Smith, Lord Acton o Hayek) fue en realidad liberal-conservadora. Pero esa tradición se encuentra actualmente en peligro de extinción: amenazada, no sólo por ideologías rivales abiertamente antiliberales, sino también por la propia degeneración del liberalismo en socialdemocracia (el liberalismo igualitario a lo Rawls) o en libertarianismo ultraindividualista.

Llamaremos "liberalismo conservador" a la doctrina que defiende las libertades individuales (derecho a la vida, libertad religiosa, de expresión, de asociación, de empresa, garantías procesales, etc.), la separación de poderes, el Estado de Derecho, los impuestos bajos, las regulaciones escasas y simples, y la no intervención gubernamental en la vida económica más allá de lo imprescindible para garantizar el cumplimiento de los contratos, el control sanitario de los productos, la provisión de las infraestructuras que no puedan ser asumidas por el sector privado, y algunos (pocos) bienes públicos más.

Entre los derechos defendidos por el liberalismo conservador, el primero es el derecho a la vida desde la concepción a la muerte natural. La cuestión del aborto no ocupó mayormente a los liberales clásicos, no porque tuvieran dudas al respecto, sino porque entonces todo el mundo -liberales incluidos- daba por supuesto que el aborto era una aberración, y de ahí su penalización en las leyes de todos los países liberales hasta finales de la década de 1960. 

En la URSS el aborto había sido legalizado en  1921: la pionera de este «derecho» fue, pues, la tiranía soviética. 

UNA PLANTA DELICADA

El liberalismo conservador, además, sabe que la libertad  política y económica es una conquista frágil, una planta delicada que ha florecido una sola vez en la historia de la humanidad. Y lo ha hecho en un contexto cultural muy específico, cuya preservación es imprescindible para su viabilidad. De ahí que el liberalismo coherente deba incluir una faceta conservadora, una vocación de resistencia a lo que Roger Scruton ha llamado entropía social

El liberalismo es algo más que un sistema de libre mercado y derechos individuales. La sostenibilidad de la libertad requiere una «ecología moral», un entorno cultural caracterizado por la fortaleza de instituciones como la familia y la vigencia de valores como el respeto a la ley, el cumplimiento de los compromisos, la previsión, el ahorro, la laboriosidad, la «internalización de la responsabilidad» (el sujeto debe ser responsable de su propio bienestar, salvo en circunstancias excepcionales de invalidez).

Esa atmósfera moral-cultural no ha sido creada por el Estado, pero sí puede ser destruida por él. El Estado liberal debe cuidar -con la solicitud del «jardinero que cultiva una planta», dijo Hayek- el ecosistema moral que hace posible la libertad: por ejemplo, defendiendo la vida, garantizando a los niños una adecuada formación ética y protegiendo el matrimonio. La familia basada en el matrimonio de hombre y mujer es, como señala Robert P. George, "el más antiguo y eficaz ministerio de sanidad, educación y bienestar; [.] ninguna institución puede igualarla en su capacidad de transmitir a las nuevas generaciones las reglas morales y rasgos caracteriológicos -los valores y virtudes- de los que depende decisivamente el éxito de las demás instituciones de la sociedad abierta: el Derecho, el gobierno, la educación, la empresa".

Todo lo anterior implica que un liberal-conservador actual tendrá que ser liberal en economía y política, pero conservador en familia y bioética. Pues las innovaciones de las últimas décadas en estos dos campos dibujan un panorama inquietante de volatilización familiar, retroceso de la nupcialidad, infranatalidad, aparición de técnicas de fecundación asistida que deshumanizan la reproducción, mercantilizándola y troceándola (por ejemplo, disociación entre madre genética, madre gestante y madre social)...

En materia familiar, se pueden sintetizar las transformaciones de tiempos recientes en el paso progresivo de lo que Girgis, Anderson y George llamaron concepción conyugal de la familia a la «concepción revisionista»; creo que una y otra se corresponden respectivamente con una visión infantocéntrica y otra adultocéntrica. 

GIRO INDIVIDUALISTA

El giro individualista supone la precarización de la familia, reducida ahora en la práctica a la asociación transitoria de un número indeterminado (¿por qué no la poligamia?) de adultos de cualquier sexo, que durará lo que dure la emoción amorosa. Ahora bien, semejante deriva resulta inaceptable para el liberalismo conservador, pues la familia es la más importante de las instituciones del entorno moral necesario para la libertad: esa buffer zone intermedia al Estado y el individuo, que precisamente protege a éste frente a la omnipotencia de aquél.
 

Aquí viene la divergencia respecto al libertarianismo. Pues lo cierto es que muchos libertarios -que, además, reclaman el monopolio de la etiqueta liberal- saludan los "nuevos modelos de familia", el matrimonio gay, el no fault divorce y a menudo también el "derecho al aborto" comoampliaciones de la libertad personal, antes encorsetada por convenciones sociales caducas. Algunos reivindican también la maternidad subrogada12, la compraventa de gametos, y en general todos los avances biotecnológicos, desde el «bebé a la carta» hasta los todavía vagos proyectos transhumanista de "singularidad" cyborg e ilimitada autotransformación de la especie. 

El libertarianismo converge en muchos de estos temas con la izquierda antiliberal, apostando como ella por la infinita remodelabilidad de las reglas amorosas y de la institución familiar. El libertarianismo difiere del liberal-conservadurismo en su dogmatismo simplificador: pretende resolver todas las cuestiones sociales con dos o tres reglas muy sencillas: acuerdos voluntarios entre individuos; Estados mínimos dedicados sólo a impedir la agresión y garantizar la ejecutividad de los contratos; libertad entendida simplemente como no interferencia; maximización de la libertad individual, con el único límite de la libertad de los demás. Un paisaje social simple, binario: Estado (cuanto más pequeño, mejor)16 vs. personas que autorregulan sus intereses y se vinculan mediante acuerdos. Ha desaparecido del mapa la "sociedad civil", los cuerpos intermedios que no son mercado ni Estado: familias, iglesias, comunidades locales, instituciones educativas. El individualismo y la confianza en el mercado son llevados hasta un extremo fanático, en el que no se descarta la mercantilización de la sexualidad y la reproducción humanas: de ahí el apoyo de tantos libertarios a los "vientres de alquiler", a la normalización de la prostitución, etc. 

Como el izquierdista-sesentayochista, el libertario celebra la aparición de «nuevos estilos de vida» y la libertad del individuo para escoger entre ellos. Haciéndose así merecedor del reproche que le dirigió Russell Kirk: "Mediante la exaltación de una libertad absoluta e indefinida a expensas del   orden, los libertarios hacen peligrar la misma libertad que tanto aman [.]. Su sueño de una libertad privada completa es una de esas visiones salidas de torres de marfil". "De las viejas instituciones de la sociedad, sólo la propiedad privada les parece digna de ser conservada".

UN MAPA MAS COMPLEJO

El liberalismo conservador, en cambio, maneja un mapa conceptual más complejo y es capaz de distinguir entre esferas heterogéneas regidas por lógicas diversas. La libertad, que es deseable y eficaz en el ámbito de la producción de bienes ordinarios, no puede ser extendida sin más al ámbito de la familia y de la reproducción. Un útero no es lo mismo que un departamento; un matrimonio no es lo mismo que un contrato laboral. Es magnífico poder elegir entre muchas marcas de coches, pero aberrante poder comprar un "bebé a la carta" (selección del fenotipo del niño por nacer). La liberalización total de la vida familiar implicaría su destrucción; la desregulación y mercantilización de la vida reproductiva supondría una deshumanización aberrante, una deriva hacia el "mundo feliz" de Huxley, con consecuencias irreversibles. El mercado capitalista es una bendición para la humanidad, pero no debe regir todos los órdenes de la existencia. Hay recintos sagrados que deben permanecer extra commercium. 

El libertarianismo es una extravagancia que socava la causa razonable de la libertad. Quizás ninguna figura simboliza mejor -en su propia vida y obra- esa desmesura que Ayn Rand, la escritora libertaria que proponía "sustituir la cruz, un instrumento de tortura, por el signo del dólar, símbolo del libre comercio y por tanto de las mentes libres", y que en La rebelión de Atlas defendía un nuevo orden que haya "resuelto el valor de la persona en valor de cambio".
 

* Catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla, donde he ejercido la docencia desde 1996. Ha escrito y/o dirigido diecisiete libros individuales o colectivos. Este texto es un fragmento de 'Una defensa del liberalismo conservador'.