¿Cómo fue que una humilde campesina que decía oír las voces de santos y ángeles pudo conducir a los ejércitos de Francia hacia una victoria que parecía imposible?
Después de la derrota de Azincourt, Francia languidecía bajo la débil conducción de Carlos VII; el país galo parecía destinado a perder esta guerra que las generaciones posteriores llamarían “de los Cien Años”.
Francia sería irremediablemente inglesa… pero apareció Juana y todo cambió.
LA DONCELLA
La joven había nacido en 1412 y decía llamarse Jeanne la Pucelle, pero no usaba su apellido, que algunos creen era De Taie y otros Vouthon.
A los 12 años comenzó a oír voces que ella creía de origen divino. También decía haber tenido visiones de Santa Margarita y San Miguel. Esta experiencia mística la llevó a observar una vida piadosa, como describió su madre cuando reclamó la beatificación de su hija, que demoró varios siglos en ser concedida.
Para la Iglesia había muchos puntos oscuros en su historia, al igual que para la ciencia.
A los 16 años pidió ser llevada en presencia del rey. Algunos sostienen que este, para divertirse, hizo que otro tomase su lugar. Sin embargo, Juana no pudo ser engañada, lo reconoció y se dirigió a su persona llamándolo Delfín -nombre que los franceses daban al heredero del trono-.
En una entrevista a solas con Carlos, le reveló detalles de la vida personal del monarca que solo él conocía. Esta revelación impresionó a Carlos, quien le permitió a Juana vestirse como caballero y unirse al ejército.
Desde tiempo atrás, en Francia se repetía una profecía: una doncella habría de salvar a la nación. Verla marchar con el ejército hacia Orleans, ciudad sitiada por los ingleses, fue inspirador tanto para los nobles como para los soldados.
En solo nueve días Orleans volvió a manos de Francia. Para muchos ese fue el milagro que inició su leyenda.
Aunque vestía armadura, nunca esgrimió una espada, solo un estandarte que flameaba al frente del ejército. Jamás se trabó en combate, pero sí debatió la conducción de la guerra de igual a igual con los generales, mostrando sus dotes de estratega.
Su próximo paso fue tomar la ciudad de Reims, conquista que parecía imposible a los ojos de los mariscales de Francia. Pero una vez más se impuso y, a fines de 1429, Carlos VII fue coronado en su catedral.
Juana, luciendo su armadura, permaneció a su lado.
Después de estas proezas el avance de los franceses pareció detenerse y, a principios de 1430, Juana cayó en una emboscada. Su caballo fue herido y aceptó rendirse a las tropas comandadas por Juan de Luxemburgo, quien entregó a la doncella a los ingleses a cambio de 10.000 libras.
Durante el juicio por herejía convocado por las autoridades inglesas y la Iglesia católica, Juana confesó que las voces que había oído le ordenaban derrotar a los invasores y consagrar a Carlos rey de Francia.
Sin embargo, este nada hizo para rescatar a la joven que había logrado su coronación.
EL SECRETO DE LAS VOCES
¿Acaso escuchar voces es sinónimo de locura?
No necesariamente, pero las alucinaciones auditivas están asociadas con enfermedades mentales, intoxicaciones y enfermedades sistémicas.
La primera causa que viene a la mente de un profesional es la esquizofrenia, psicosis que generalmente comienza en la adolescencia.
¿Acaso Juana era esquizofrénica? El aplomo de la doncella, la convicción que mostraba a cada paso, el don de liderazgo y el lenguaje claro que usaba para conducir al ejército hacen dudar de este diagnóstico, ya que los esquizofrénicos no suelen tener la lucidez para comportarse de esa forma y con el tiempo se deterioran psíquicamente.
Podría tratarse de un trastorno bipolar, pero estos suelen comenzar más tarde en la vida y Juana no parece haber sufrido alteraciones cíclicas de su conducta, y aun en los momentos finales de su vida actuó con una serenidad desconcertante, sin signos de depresión, incluso para sus captores.
Es más probable que haya sufrido una epilepsia por compromiso de lóbulo temporal que puede cursar con la percepción de voces imaginarias.
También podría haberse tratado de una tuberculosis bovina, una afección transmitida por la ingesta de leche sin pasteurizar que produce calcificaciones en el cerebro y otras partes del cuerpo. Estas calcificaciones actúan como focos epileptógenos e inducen alucinaciones auditivas y visuales que Juana decía percibir. Hay un detalle que apoya esta teoría: el cuerpo de la doncella demoró en ser consumido por las llamas. De hecho, para reducirlo a cenizas debieron volver a quemarlo, probablemente por las calcificaciones en otras partes de su anatomía.
Como señalamos al iniciar este artículo, no siempre escuchar voces es sinónimo de alteración mental. Ángela Loado, de la Universidad de Durham, sostiene que se dan en muchas circunstancias que no implican trastornos psiquiátricos.
“Para muchos es una experiencia diaria, en parte religiosa y devocional que puede actuar como fuente de creatividad”.
Hasta el 13 % de las personas pueden escuchar voces durante su vida adulta, sin sufrir ninguna de las afecciones que hemos descrito.
Si bien la ingesta de algunas sustancias puede inducir alucinaciones auditivas, no hay registros fehacientes de que Juana haya ingerido algún tóxico y menos que lo haya hecho a lo largo de los dos años que duró su apogeo, y menos aún cuando estuvo prisionera.
¿Podría haber sufrido un cuadro histérico como los que eran muy frecuentes en su tiempo? Una vez más, el aplomo y la consistencia de sus acciones y su discurso conspiran contra este diagnóstico, que cada día es más cuestionado.
Por último, y no por eso menos importante, es que no necesariamente debemos patologizar todas las conductas y, aunque la ciencia avance sobre terrenos oscuros o dudosos, en este caso no pueden descartarse procesos que no siempre están fehacientemente documentados, como algunos milagros o situaciones que aún no tienen una explicación científica irrefutable.
Todos tenemos derecho a creer en lo que queremos o necesitemos creer.
Mark Twaris analizó con profundidad el juicio de la que entonces aún no era Santa Juana, porque su caso llevó siglos para beatificar.
Debemos recordar que fue la misma Iglesia Católica la que la condenó a la hoguera cuando la doncella no había cumplido 20 años.
Fue la madre de Juana quien solicitó al Vaticano la revisión de la causa y recién fue beatificada por Pío X en 1909 y canonizada en 1920 después de 500 años de debate.
“Su personalidad nos hace reverenciarla cuando se la estudia… amarla y maravillarse, pero no podemos comprenderla completamente…”, sostiene Mark Twain en un libro que le dedicó a la doncella de Orleans. “Es, por lejos, la persona más extraordinaria que la humanidad ha producido”.