Ciencia y Salud

Las miserias de Victor Hugo

Dicen que dos millones de personas acompañaron los restos de Victor Marie Hugo en su camino al Panteón.  A los 83 años moría una leyenda de la literatura francesa, un poeta, autor teatral y novelista, pero también político que debió vivir décadas en el exilio por sus ideas, que fueron evolucionando con los años, pero siempre atentas a los problemas sociales de los más humildes. 
Su padre, al igual que el de Alejandro Dumas -con quien mantuvo una estrecha relación literaria y personal-, era general bonapartista, pero su madre, con quien vivió por años después de que sus progenitores se separaran, era monárquica, hecho que influyó en los primeros años de Victor. 
Su precoz talento le jugó alguna mala pasada, porque cuando presentaba sus poemas a concursos y aún tenía 10 años, creaba cierta suspicacia en los jurados que creían que era asistido por un mayor. Su primer gran reconocimiento llegó en 1822 con un libro de poesías que le ganó una pensión anual. Con este ingreso asegurado se pudo casar con Adèle Foucher, una amiga de la infancia con quien tuvo cinco hijos. Solo su hija Adèle sobrevivió al autor, pero sufrió serios problemas psiquiátricos (¿esquizofrenia?) que obligaron a internarla.
Las infidelidades de la pareja fueron múltiples. Adèle tuvo una relación sentimental con el crítico y escritor Charles Sainte-Beuve, y Victor mantuvo relaciones con varias mujeres, aunque su amante oficial y secretaria fue la actriz Juliette Drouet, que hasta llegó a salvarlo de la cárcel durante el golpe de Estado de Napoleón III. 
Cuando Victor Hugo debió exiliarse, lo hizo tanto con Adèle como con Juliette. No se podría decir que en armonía -desconozco los detalles de la vida diaria-, pero sí durante varios años.
La publicación de Cromwell suscitó un escándalo, al igual que lo haría El último condenado a muerte, fenómeno que se repetiría con la controvertida Hernani. Marion de Lorme fue prohibida, al igual que El Rey se divierte, esta última inspiradora de Rigoletto, la ópera de Verdi, una protesta a las prerrogativas de los aristócratas. 
Mientras Victor Hugo se convertía en el árbitro del romanticismo francés, su posicionamiento político fue virando de un conservadurismo moderado a la exposición descarnada de las desigualdades sociales, escrita en obras emblemáticas como Nuestra Señora de París y Los miserables.
Esta última transcurre durante los desórdenes del año 1832 en París, pero cuando se registraron las protestas de los trabajadores en el 48, que no solo convulsionó a Francia sino a toda Europa, Victor Hugo -nombrado alcalde del 8.º distrito de París- participó personalmente en la represión de los manifestantes con inusitada violencia, cosa de la que se arrepentiría toda la vida. 
En 1848 rompe con Napoleón III (a quien apoda “el pequeño”) y se exilia en Bélgica, en las islas Jersey y posteriormente en Guernsey. Aunque fue amnistiado, prefiere no volver a Francia mientras esté Napoleón en el poder, esgrimiendo una frase que hará historia: “Y aunque quedase uno solo, ese sería yo”.
A lo largo de su exilio, y a raíz de la muerte de su hija Léopoldine, se inicia en el espiritismo para comunicarse con ella, tal como Conan Doyle lo haría años más tarde. Estas experiencias las vuelca en un libro publicado póstumamente (Lo que dicen las mesas parlantes).
Regresa a París en el terrible año de 1871, durante la insurrección de la Comuna y la toma de la ciudad por los alemanes. Varias agrupaciones republicanas lo invitan a ser candidato, y en 1876 fue elegido senador. Dos años después sufre un accidente cerebrovascular que lo obliga a reposar en su casa en Guernsey y a tomar baños termales, un recurso terapéutico muy popular en los siglos XIX y XX.
Gracias a la asistencia de Juliette y su secretario Richard Lesclide, puede continuar con su actividad literaria casi hasta el final de sus días. Durante la Tercera República le es concedida una pensión por haber sido perseguido durante el golpe de Estado de 1851, convertido en una de las figuras tutelares de la nueva república y de las letras francesas como académico.
El 22 de noviembre de 1882 se repone El Rey se divierte, obra en la que Juliette había participado 50 años antes. Ambos son ovacionados en el teatro, aunque Juliette estaba padeciendo los dolores de un cáncer de estómago en período terminal. Pocos días más tarde queda confinada a su lecho de muerte, donde expiró en brazos de su amado, en mayo de 1883. Victor Hugo no asistió al entierro.
Después de esta muerte impensada, Hugo no volvió a escribir ni prosa ni poesía, y dos años más tarde sufrió una neumonía. Su enfermedad se convirtió en el tema obligado de los parisinos, que se agolpaban a las puertas de su casa en la Avenue d’Eylau —actualmente llamada con su nombre— para conocer la evolución de este escritor que se había convertido en el alma de Francia.
El 22 de mayo de 1885 pidió ver a sus nietos, a quienes había educado. Sus últimas palabras fueron: “Este es el combate entre el día y la noche”. Después cayó en coma y falleció a la 1:30 p. m. Su ataúd, un humilde féretro de madera como el que se enterraba a los pobres, fue velado bajo el Arco del Triunfo por cientos de miles de personas —hay quienes afirman que fueron 2 millones— que escoltaron sus restos mortales al Panteón nacional.
Ese humilde ataúd se colocó cerca de la tumba de Rousseau y así permaneció intacto por varios años, junto a las flores marchitas que lo habrían acompañado en su viaje a la inmortalidad.