Opinión

Las lecciones de una guerra de desgaste

Ucrania y las enseñanzas para nuestra defensa nacional.

La experiencia de Ucrania confirma una advertencia formulada en estas páginas en diciembre de 2025: frente a la proliferación de drones, el poder aéreo no depende únicamente de las plataformas disponibles, sino de la capacidad de sostenerlas en combate. Una enseñanza estratégica para la Argentina.

En la guerra, algunas lecciones se comprenden cuando aparecen los primeros indicios; otras, cuando la realidad termina de confirmarlas. La experiencia ucraniana con los F-16 obliga a volver sobre una cuestión que planteamos en estas páginas en diciembre de 2025: ¿qué enseñanzas podemos extraer de la guerra en Ucrania para nuestra defensa nacional?

En aquella oportunidad, en el artículo “Guerra en Ucrania: ¿Podemos ir obteniendo enseñanzas para nuestra defensa nacional?”, advertíamos sobre un problema que comenzaba a adquirir importancia: la utilización de aviones de combate sofisticados para interceptar drones relativamente baratos. También planteábamos una pregunta concreta para nuestro país: ¿se pueden utilizar los Pampa o recuperar algunos Pucará para cumplir determinadas misiones de defensa contra drones?

Hoy, dos publicaciones vuelven a poner el asunto sobre la mesa. El Wall Street Journal, en su editorial “Ukraine Has an F-16 Emergency” y el sitio especializado MiGFlug, en “Ukraine F-16 Maintenance Crisis: Half the Fleet Grounded”, describen las dificultades de mantenimiento que afectan a la flota ucraniana de F-16. El problema merece atención, no solamente por sus consecuencias inmediatas para Ucrania, sino también por las lecciones que ofrece sobre la sostenibilidad del poder militar.

 

EL COSTO DE SOSTENER EL CAMBATE<

Los F-16 constituyen un recurso importante para la defensa aérea ucraniana. Sin embargo, su utilización intensiva contra misiles y drones somete a las aeronaves a un elevado ritmo de operaciones, con el consiguiente desgaste y la necesidad de inspecciones, reparaciones y reposición de componentes.

El presidente Volodímir Zelensky señaló que una parte importante de los F-16 debe permanecer durante períodos prolongados en Europa para realizar tareas de mantenimiento. Ucrania busca reducir esos plazos y desarrollar mayores capacidades de reparación dentro de su propio territorio.

Conviene distinguir, no obstante, entre la existencia de un problema logístico y la afirmación de que la flota atraviesa un colapso operativo. Las autoridades ucranianas han cuestionado las caracterizaciones más alarmistas sobre la disponibilidad de los aviones. Pero, aun con esa salvedad, la cuestión central permanece: una aeronave incorporada al inventario no equivale necesariamente a una aeronave disponible para combatir.

La experiencia revela, además, una paradoja. Cuanto más necesario resulta un sistema de armas, mayor puede ser su ritmo de utilización y, por lo tanto, más exigente se vuelve su sostenimiento. La eficacia operacional tiene un costo logístico que debe ser previsto desde el comienzo.

La guerra no consume solamente armas. Consume horas de vuelo, motores, repuestos, neumáticos, municiones, combustible, capacidad de mantenimiento y personal especializado. Consume, en definitiva, disponibilidad.

 

¿UN F-16 PARA DERRIBAR UN DRON?

La segunda cuestión es la relación entre el costo de la amenaza y el medio empleado para neutralizarla.

Los F-16 ucranianos participan en la interceptación de drones y misiles. En determinadas circunstancias, el empleo de misiles aire-aire contra blancos baratos plantea una ecuación económica desfavorable. Por eso, el uso del cañón M61 de 20 milímetros adquiere relevancia como alternativa para determinados enfrentamientos a corta distancia.

Pero incluso esa solución tiene límites. El cañón requiere munición, el avión necesita mantenimiento y la interceptación exige entrenamiento, sensores y condiciones tácticas apropiadas. Además, los drones propulsados por motores a reacción, más rápidos que los modelos anteriores, complican la tarea y pueden requerir prestaciones que una aeronave ligera no está en condiciones de proporcionar.

No existe, por lo tanto, una solución universal. El problema consiste en asignar a cada amenaza el medio más adecuado, sin comprometer innecesariamente los recursos más escasos y costosos.

 

LA ADVERTENCIA SOBRE EL PAMPA Y EL PUCARA

En nuestro artículo de diciembre de 2025 proponíamos considerar otras plataformas, entre ellas el A-29 Super Tucano (el caso de Brasil), y preguntábamos si la Argentina podía utilizar los Pampa o recuperar algunos Pucará para determinadas tareas contra drones.

La idea no era reemplazar un caza moderno por un avión de menores prestaciones. Un Pucará o un Pampa no pueden sustituir al F-16 en misiones que exigen velocidad, sensores, armamento y capacidad de combate aéreo superiores. Tampoco debe suponerse que un avión subsónico puede interceptar con seguridad cualquier tipo de dron.

La propuesta apuntaba a una cuestión diferente: evitar que una fuerza aérea dependa de una única clase de plataforma para responder a amenazas muy distintas.

Una defensa antidrones eficaz requiere combinar detección por radar y sensores electroópticos, sistemas de radiofrecuencia, guerra electrónica, interferencia, armas automáticas, misiles y, cuando resulte conveniente y técnicamente viable, aeronaves adaptadas a determinadas misiones. Cada capa tiene capacidades, limitaciones y costos propios.

El objetivo es construir una defensa que pueda responder tanto a un blanco aislado como a un ataque de saturación, sin agotar prematuramente los medios más sofisticados.

 

LA LECCION PARA LA ARGENTINA

En una guerra prolongada, el verdadero poder militar no es el sistema de armas que se posee, sino el que puede mantenerse disponible, abastecido y combatiendo.

Para la Argentina, la enseñanza es directa: comprar una plataforma no equivale a adquirir una capacidad estratégica. Sin mantenimiento nacional, stocks, municiones, personal técnico, infraestructura e industria capaz de sostenerla, existe equipamiento; no necesariamente existe poder militar.

La autonomía estratégica no exige fabricar nacionalmente cada componente. Exige conocer las dependencias críticas, reducir las vulnerabilidades evitables y contar con alternativas para sostener las operaciones cuando las cadenas de abastecimiento se vean sometidas a presión.

 

ANTICIPARSE, NO IMPROVISAR

La experiencia ucraniana confirma también que no existe una respuesta única frente a las nuevas amenazas. No se trata de elegir entre F-16, Pampa o Pucará, sino de determinar qué misión debe cumplir cada sistema y reservar los medios más sofisticados para aquellas amenazas que realmente los requieren.

Para la Argentina, la cuestión excede incluso al poder aéreo. Un país con nuestra extensión territorial, nuestro litoral marítimo, la Patagonia, el Atlántico Sur y Malvinas necesita pensar su defensa en términos de capacidades sostenibles y no solamente de plataformas.

La pregunta decisiva es sencilla: ¿qué podremos mantener combatiendo cuando realmente lo necesitemos?

Malvinas ya nos dejó una experiencia propia sobre la importancia del sostenimiento, la logística y la capacidad de prolongar el esfuerzo de guerra. Ucrania vuelve a recordarnos esa misma verdad bajo las condiciones tecnológicas del siglo XXI.

Porque la guerra no consume solamente armas. Consume disponibilidad. Y la disponibilidad no se improvisa cuando comienza el conflicto. Se construye antes.