Ciencia y Salud

Las lecciones de anatomía que no siempre aprendemos: Vesalio, Testut, Gray y los médicos nazis

Los grandes maestros del Renacimiento, como Leonardo y Miguel Ángel, disecaban cadáveres para que sus pinturas fueran más realistas. Pero este estudio post mortem no era bien visto por muchos contemporáneos y especialmente por la Iglesia, que consideraba a las disecciones como una ofensa a la dignidad humana. De hecho, por mucho tiempo solo los cadáveres de esclavos o criminales podían ser estudiados.
Algunos errores en los conocimientos de la anatomía son tan remotos porque los antiguos médicos como Galeno habían disecado monos y no humanos.
Con el tiempo fue necesario que los médicos estudiasen con precisión estos cadáveres y, a tal fin, se escribieron tratados, pero resultó ser que las descripciones sin ilustraciones eran más tediosas que un libro de geografía sin mapas.
Y en anatomía, los esquemas y los dibujos suelen ser más ilustrativos que las fotografías.
Quien está abierto a la belleza la encuentra en cualquier rincón. Podrá ser en un cuadro, una escultura y un paisaje, pero también la encontramos bajo la luz del microscopio y sobre las mesas de disección.
Quizás suene exagerado, pero algunos libros de anatomía, como el de Vesalio y hasta el Testut con el que muchos estudiamos y tenemos perdido en algún estante de nuestra biblioteca, son verdaderas obras de arte, de un diseño insuperable y con una cantidad de detalles técnicos y pictóricos que nos siguen sorprendiendo.
Andrés Vesalio fue uno de los grandes médicos del Siglo de Oro, consultor de Felipe II de España por su erudición, que sobrepasaba los límites de la medicina.
A pesar de que lo creamos italiano, había nacido en los Países Bajos (que era un dominio español); fue profesor en París y Padua, los dos centros de saber más renombrados de Europa.
Su tarea como anatomista se centró en mostrar los errores de Galeno, quien, como ya dijimos, había basado sus observaciones en la disección de macacos de Berbería y no en seres humanos, como lo hizo Vesalio. Su trabajo más espectacular lo realizó en Basilea y se llamó “De humani corporis fabrica”.
Según algunos estudiosos, estos maravillosos dibujos fueron hechos por el mismo Tiziano; otros sostienen que fueron realizados por su discípulo Jan van Calcar. Lo cierto es que no se sabe quién fue el dibujante, eclipsado el artista por la fama del anatomista.
Vesalio fue médico del Papa, de Cosme de Médici y de Carlos I y de Felipe II. Fue Vesalio quien realizó una trepanación en el cráneo del príncipe Carlos, conocido por la ópera “Don Carlos” de Verdi (basada en un texto de Schiller), donde narra las desventuras no solo amorosas del príncipe que, supuestamente, se enamoró de su madrastra. Lo suyo terminó mal y solo contribuyó a crear la leyenda negra de España.
Vesalio falleció en la isla de Zante después de una peregrinación a Jerusalén.
Algunos dicen que este viaje fue impuesto por Felipe II para salvarlo de la hoguera inquisitorial y otros, por un error diagnóstico.
De una forma u otra, aún Vesalio es conocido por la precisión anatómica y el arte desplegado en su famoso libro.
El libro de Testut es un clásico de la medicina del siglo XX. El Dr. Léon Testut (1849-1925) publicó con su discípulo y colega, Latarjet, un tratado legendario de anatomía, y digo legendario porque entre los que lo leímos (que fuimos legión) circulaba la historia de que Testut jamás había ejercido como médico y se había dedicado a estudiar anatomía sin llegar a recibirse.
No solo se recibió en Burdeos, sino que Testut, como alumno de medicina, asistió a las víctimas de la batalla de Sedán en 1870, mereciendo por esa acción la Legión de Honor.
Por su tesis de doctorado recibió la medalla de plata de la Facultad de Medicina de París y la de oro por la Academia de Ciencias de Burdeos.
Junto a su discípulo, el Dr. André Latarjet (1877-1947), completó el tratado, que fue traducido a varios idiomas. También fue un reputado antropólogo.
La última edición apareció en 1950 y la última reimpresión al español es de 1980.
La última edición consta de 5062 páginas con 4432 ilustraciones realizadas por S. Duprat.
Su experiencia como cirujano en la Primera Guerra fue crucial para desarrollar este precioso texto, que es también una obra de arte.
Los anatomistas sajones
Sin embargo, y a pesar del excelente texto de Testut, los ingleses estudiaron anatomía de la obra escrita por Joseph Maclise (1815-1880).
Escocés de origen, estudió en Londres —una circunstancia extraña porque Edimburgo tenía una excelente facultad de medicina—. Se perfeccionó en Francia y se instaló de nuevo en Londres, donde, a pesar de su intenso trabajo asistencial, produjo una publicación de anatomía en el estilo pictórico de su hermano Daniel, que fue un famoso pintor. Muy probablemente los hermanos colaboraron en la confección del atlas publicado en Londres en 1854. Una de las personas disecadas, que no pudo ser identificada, fue un hombre de color.
Este libro se vendió muy bien en Inglaterra, pero, curiosamente (bueno… no tanto), cuando se lo editó en Estados Unidos se omitió la figura del hombre de color.
El hermano del doctor, autor de tal dibujo, era famoso por retratar a pugilistas negros.
También llama la atención la sensualidad de las ilustraciones, las posiciones casi eróticas y los dibujos de partes pudendas, aun cuando no tenían finalidad didáctica.
Algunos autores hacen conjeturas homoeróticas que no vienen al caso.
En este libro se incluye el dibujo de Mary Patterson, una prostituta asesinada en Edimburgo por Burke y Hare, dos rufianes famosos por matar a personas para vender sus cadáveres a la facultad de medicina local. Justamente la aparición de esta bella joven en la mesa de disecciones suscitó las sospechas de las autoridades porque Mary era bien conocida por los estudiantes que rápidamente la identificaron. Burke fue ajusticiado y su cuerpo entregado para ser diseccionado.
Debemos mencionar a Gray’s Anatomy, el libro de texto más usado en Estados Unidos y famoso por una serie médica que lleva su nombre.
Henry Gray (1827-1861) fue el médico inglés que lo redactó. Se formó en el St. George’s Hospital y a los 25 años pudo ingresar a la Royal College of Surgeons, premiado por sus estudios anatómicos.
En 1858 publicó su libro de anatomía de 750 páginas con 363 figuras dibujadas por su amigo Henry Vandyke Carter, que también era cirujano.
El doctor Gray murió a los 34 años de viruela, pero legó una enorme impronta como educador y anatomista.
Y dejamos para el final el más polémico de los libros de anatomía: “Eduard Pernkopf. Atlas de Topografía y Anatomía Humana Aplicada”, publicado en 1937.
Pernkopf (1888-1955) era de origen austríaco y fue profesor de la Universidad de Viena. Durante la Primera Guerra sirvió como cirujano y desde 1926 fue profesor y director del Instituto de Anatomía de dicha casa de estudios.
En 1933, al igual que muchos médicos, se unió al partido nazi y perteneció a la SA, más conocidos como camisas pardas.
En su nuevo puesto como rector removió a todo el personal de origen judío y a otros médicos que no adherían al partido. Desde la universidad promovía “la exclusión de aquellos que fueran racialmente inferiores” y propugnaba su esterilización siguiendo las normas de eugenesia propuestas por el régimen.
Desde 1933 en más, se dedicó a armar su atlas trabajando con distintos artistas (el más conocido era Erich Lepier), todos ellos miembros del partido nazi.
El libro fue un éxito por sus dibujos didácticos y en 1963 se publicó una edición americana que pronto se descontinuó porque muchas de las personas disecadas habían muerto en los campos de concentración.
En 1945, Pernkopf fue arrestado por los norteamericanos y pasó tres años en la prisión de Gladenbach.
Cuando volvió a la facultad se reunió con los artistas, que también habían servido al régimen y estuvieron detenidos. Pernkopf y su equipo decidieron actualizar sus trabajos de anatomista.
Investigaciones llevadas a cabo en 1997 determinaron que 1377 cuerpos de personas ejecutadas en los campos de concentración habían sido enviados a la Universidad de Viena.
El debate queda abierto: las ilustraciones del atlas son impecables, pero su origen es deleznable y, por lo tanto, éticamente censurable.
No necesitamos la barbarie para aprender, pero ¿cuántas veces debemos repetir la historia para respetar los límites de la ética?