Opinión
Siete días de política

Las dificultades económicas se agravan por la lucha política

La crisis fiscal que golpea a Buenos Aires es aprovechada por el gobierno nacional para presionar a Scioli. La ofensiva "K" sobre Mauricio Macri la terminan pagando los usuarios del subte.

Como se ha repetido hasta el cansancio, la única amenaza real para el gobierno no es la oposición, sino una crisis económica. Pero cuando las crisis comienza a insinuarse la presienta Cristina Fernández no reacciona intentando atenuar sus efectos. Lo primero que atina es a transferir su costo político a la oposición interna o externa, llámese Daniel Scioli o Mauricio Macri, mientras los problemas quedan sin resolver o se agravan.

En la primera quincena de mayo se produjo un fenómeno que no se registraba desde hacía cuatro años: se redujo el giro de fondos de la Nación a las provincias. El problema es doble; hay menos recursos para pagar el desbordado gasto público y, además, la merma de la recaudación es una evidente señal de la desaceleración de la economía, primer paso hacia la recesión.

Frente a semejante cuadro el gobierno se preocupó menos en buscar una solución que en sacar ventaja política como ocurrió con el caso de la provincia de Buenos Aires, donde el gobernador Daniel Scioli pasa por un ahogo fiscal grave.

Para sortearlo trató de aprobar en la Legislatura provincial un aumento de impuestos, pero fracasó en tres oportunidades. Según trascendió, el kirchnerismo bloqueó un acuerdo con el bloque del FAP, mientras desde la Casa Rosada se insistía en que Scioli resolviese el problema por decreto, es decir, que pagara él solo todo el costo político ante los productores rurales.

Los camporistas que se habían enfrentado violentamente con los chacareros pocos días antes adoptaron una actitud de espectadores. Todo esto ocurrió -llamativamente- apenas horas después de que el gobernador dijera de manera pública que quiere ser presidente en 2015, desafiando la autoridad de la jefa de Estado.

Una estrategia similar utilizó el kirchnerismo de cara a Macri, al que quiere transferir el subte para reducir sus gastos en subsidios. La pelea escaló hasta el punto de que un paro de 36 horas convirtió en un infierno el tránsito porteño por decisión de los sindicalistas.

Estos y los empresarios a cargo de la concesión terminaron alineándose detrás del gobierno nacional para presionar a Macri. El problema quedó sin resolver y hay posibilidades de que el alegre tironeo paralice por un tiempo aún más prolongado un servicio vital para la ciudad. Otro tanto comenzó a ocurrir con los residuos.

Sobre Macri fue lanzada, en realidad, una doble ofensiva, ya que también fue blanco de un juez considerado "funcional" al poder. El jefe de gobierno denunció con todas las letras a Norberto Oyarbide que continuó avanzando en el caso de las escuchas ilegales, mientras hacía otro tanto con los hermanos Schoklender en un intento por demostrar que los amigos -o ex amigos- del gobierno también son alcanzados por la Justicia.

Pero al gobierno no lo inquietan demasiado los escándalos por corrupción. Tampoco que de la investigación del vicepresidente Amado Boudou se haya apartado al fiscal Rívolo que había acumulado una apreciable cantidad de pruebas que lo vinculan con Alejandro Vandebroele. Lo que al gobierno lo inquieta es la marcha de algunas variables como el dólar que en el mercado paralelo se distanció más de un 20% de la cotización oficial.

La escalada de dólar real es una señal de desconfianza y de expectativas negativas sobre el futuro económico cuya dimensión la Casa Rosada parece subestimar. Pone en evidencia, también, que las "soluciones" policiales al problema -a las que ha sido afecto históricamente el peronismo- van en camino de tener el conocido resultado histórico, vale decir, una crisis.

Trascendió en ese plano que ya están comenzando a oirse con mayor nitidez en palacio las voces que cuestionan al secretario Guillermo Moreno, principal operador económico de la presidenta, a pesar de que sus recetas siempre dieron mal resultado.

Piénsese si no lo que ocurrió con la inflación instalada ya en el 25% desde hace años, con el cierre del mercado de cambio y con la restricción de las importaciones. No es persiguiendo arbolitos que se frenará la corrida cambiaria, sino con una conducción política que revea las decisiones probadamente ineficaces y ponga la economía en manos de un técnico realista. Alguien que no recomiende excentricidades como una alianza con Angola.