La libertad de información, la igualdad jurídica, la discusión y la tolerancia, todas son ideas que se encuentran en los fundamentos de la sociedad occidental. Estas han llevado, en pocos siglos, a garantizar la autonomía de la persona, también a la idea y la práctica de la justicia igualitaria creando limitaciones a las arbitrariedades del poder.
Es así como en las democracias los individuos son libres y gozan del ejercicio de sus potencialidades individuales. Pero no todos los países del mundo han aceptado el método democrático. En algunos se sufren, todavía, dictaduras totalitarias, las cuales, como en Irán, Cuba, o Corea del Norte, llevan a la aniquilación del individuo.
La opinión pública tiene grados que indican niveles de libertad y democratización. Las masas regimentadas de los países totalitarios son la caricatura de la opinión pública. Ésta entraña la libertad de información, la igualdad jurídica, la discusión, y la tolerancia, en cambio los totalitarismos ofrecen una sociedad política uniforme, burocrática, y esencialmente represiva para todos los que piensan distinto de los que mandan: Estado omnímodo, sociedad civil estrangulada,, control draconiano del pensamiento, desaparición de todo partido que no sea el del gobierno, carencia de asociaciones voluntarias y, lo básico, la abolición de la propiedad privada.
En los totalitarismos el monopolio político y económico, unido al aumento de la tecnología, permite una enorme fuerza represiva de la burocracia política y militar. Se cuenta, también con la seguridad psicológica que permiten, a veces, la religión o dogmas ideológicos a los que se suman las metas colectivistas, que al ser dirigidas desde el estado quitan, en sumo grado, la responsabilidad de quienes viven bajo el régimen.
La seguridad que tienen quienes gobiernan, de poseer muy buenas intenciones avaladas por la socialización basada en moldes de pensamientos dogmáticos, hace que el gobierno pueda, sin ningún remordimiento, cometer acciones atroces. Basta ejemplificar con los castigos que las mujeres sufren en países como Irán, por cosas consideradas nimiedades, en la actualidad, por nuestra cultura.
Un modelo similar fue el de los terroristas argentinos. Es apropiado recordarlo al aproximarse el 24 de marzo. La guerrilla, derrotada por la sociedad y los militares, proponían absorber todos los poderes, desperdigados de la sociedad civil en el Estado, para acceder a un mundo mejor.
Un mundo mejor independientemente de que se practicaran secuestros extorsivos, atentados terroristas sobre civiles indefensos, destruyeran fuentes de riqueza social e intimidaran a personas o grupos.
Se los llamaba “idealistas”, sin tener en cuenta que no existe un idealismo independientemente del contenido de las ideas e inseparable de las consecuencias reales de sus acciones.
El contenido de las ideas y los métodos para hacerlas realidad de la guerrilla tenia profundas diferencias con una ética universalista. Por eso eran de la misma calaña de la que son en la actualidad, Hamás, Hezbolá, y otros tantos terroristas.
La mayoría de la sociedad los despreciaba pero hubo muchos intelectuales que los consideraron víctimas de una guerra perdida, sin ver que los guerrilleros fueron los responsables directos de la lucha que se entabló entre ellos y los militares.
Sus ideas violaban los principios fundamentales que hacen viable la sociedad, la cultura y su progreso material y ético. Deseaban llegar al poder por medio de la violencia despiadada.
El terror era el método, ya que sin él les hubiera sido imposible intentarlo. Querían la dictadura, sin normas comunes para todos, a las que ellos no deseaban sujetarse. No olvidemos la ayuda que recibían desde Cuba, no solo en dinero, también en logística.
Muchos argentinos algo aprendimos: no deseamos vivir sin la metodología democrática, el respeto por la propiedad privada y una justicia que no sea exclusiva de una dictadura.
Hoy a la distancia de los hechos la mayoría cierra los ojos, mientras muchos de los militares y civiles que ayudaron a poner orden siguen presos. No se tiene en cuenta que nos auxiliaron poniendo orden porque quienes debían hacerlo, los políticos, se quedaron con los brazos cruzados, no actuaron con responsabilidad e inteligencia. Ni la democracia, ni la defensa de las normas constitucionales fueron aplicados y respetados, los gobiernos se dedicaron a intereses particulares de sus miembros trasformando a la democracia en débil y corrompida, no combatieron desvíos y atropellos.
Fue así que las Fuerzas Armadas se vieron comprometidas a sacar al país del desorden social con que amenazó el terrorismo.
En esta guerra sin cuartel, la muerte se enseñoreó en ambos grupos, pero quienes perdieron más fueron quienes finalmente la ganaron ya que los otrora guerrilleros: escritores, profesores universitarios, estudiantes, periodistas, sacerdotes, directores de cine, de teatro, gozanalegremente del sistema que combatieron, con puestos de privilegio y prebendas, también con becas del “imperialismo”.
Por abusos permitidos por el Estado el grupo vencedor se desprestigió y ese desprestigio se trasladó injustamente a la institución militar. En cambio los crímenes de los ejércitos de la guerrilla alcanzaron un injusto olvido. Se omite aun que si hubiera ganado la guerrilla se hubiera llenado de luto y miseria al país, como sucedió y sucede en todos los países donde grupos extremistas persisten en la lucha armada, necesariamente clandestina.
Hoy estamos transitando, no sin dificultades, hacia un cambio de sistema socialista por otro, liberal. Su instrumentación, sin descartar algunos errores, nos lleva a una democracia más fuerte y a una Argentina mejor en todos los órdenes. Los argentinos deberán definirse, son muchos todavía los que piensan que existe alguna otra alternativa, pero no la hay. No se puede seguir con la propuesta de la izquierda, los sindicatos, la cual a pesar de su ceguera voluntaria fracasó estrepitosamente.
El Gobierno, por su parte, debería mostrar más tolerancia por las opiniones ajenas, dejar de crear más hostilidad y conflictos, que no ayudan a la tranquilidad social, ya bastante se tiene con la violencia de una parte de la oposición.
En cuanto a quienes desean el cambio pero no están conformes con la marcha de parte de los planes del gobierno, tendrían que discrepar pero apoyando el rumbo, el cual se puede mejorar; no es cuestión de volver al pasado, ni incitar a la violencia.
De lo que sí debemos estar seguros es que solo con una ideología dirigista y voluntarista como único medio, así lo hicieron varios gobiernos en el pasado, no se adelanta, se retrocede, es por ello que apoyar y alentar, sin dejar de hacer críticas constructivas, en este momento, sería lo apropiado.
Para mantener el orden social el principal objetivo tendría que ser el de aumentar la confianza, para ello no se deberían hacer promesas imposibles. Decir que las medidas que se tomen provocaran efectos en unos pocos años y algunas antes que otras, disminuiría la ansiedad de la gente.
Las promesas con fechas fijas, aunque sean dichas con buenas intensiones, la aumentan.
Sería beneficioso evitar la violencia, siempre que se pueda, éste instrumento detestable ha llevado al odio y a la división de los argentinos por muchos años. Mantener y mejorar la democracia sin permitir que por tensiones internas el sistema que estimula la libertad y la autocritica se desintegre, es lo correcto. La inseguridad y el temor destruye la paz y el sistema económico, cualquiera sea, es alterado no solo en su funcionamiento sino también en su estructura.
Vendría muy bien tener siempre presente la respuesta de Karl Popper a la pregunta de quién debe gobernar: a ella hay que contraponerle la de qué podemos hacer para configurar nuestras instituciones políticas de modo que resulte más fácil evitar que gobernantes malos e incapaces ocasionen los menores daños posibles y nos permitan librarnos de ellos sin derramamiento de sangre.
Es la pregunta fundamental de la política, sobre la cual se puede edificar toda una teoría de la democracia, mientras que sobre la idea de la soberanía del pueblo, no se puede edificar ninguna que no esté libre de contradicciones.