Opinión
EL MITO ADOLESCENTE DEL CONTROL DE LA CALLE

La violencia callejera cuenta con nuestra ignorancia, es su superpoder

El socialismo tiene un motivo para dañar de muerte al Estado del que vive, la amenaza de su extinción política.

Un escenario común, fuego, piedras, bombas molotov. Tachos, pedazos de vereda y todo lo que se pueda romper en la calle para servir de arma improvisada. Contenedores de nuestra basura convertidos en pira funeraria de nuestra democracia. Autos estacionados condenados a la destrucción, negocios cerrados preventivamente que juegan a la horrenda lotería de a cuál le caerá el saqueo. 

Vidrios y ceniza, cascotes a modo de las migajas que señalaban el camino de los hermanos perdidos Hansel y Gretel, sólo que ahora señalan el camino recorrido por los cardúmenes de tiburones hambrientos que olieron sangre y se relamen del in crescendo de la violencia callejera.
La violencia no se detiene en las cosas, la marca mayor queda sobre lo más frágil, la gente.

MANUAL DE OPERACIONES

Con matices y graduaciones diferentes, distintas ciudades y distintos contextos; para atentar contra un Gobierno el manual de operaciones indica que hay que recurrir a la violencia. No hay improvisación en esta mecánica. No hay espontaneidad, en un camino inexorable.

Si se entendiera de una vez por todas que no hay violencia callejera que no responda a tácticas y estrategias marciales. Si se lograra de una vez por todas separar la paja del trigo y salir del victimismo orquestado por los medios (Sí, esos medios que alternativamente lloran represión pero a la vez salen corriendo a pedir represión cuando los tocan a ellos, si, esos medios tan cínicos). Si, y sólo, si se entendiera que nadie sale de la casa para trabajar o para comprar tomates llevando en el changuito martillos, botellas vacías y querosene. Recién entonces podríamos abandonar el mito adolescente del control de calle para llamarlo por lo que realmente es: violencia política.

Quienes tememos a la guerra raramente queremos ver que, la misma calle por la que llevamos a nuestros hijos a la escuela, puede ser un planificado campo de Marte, tenemos que esforzarnos por entender de dónde salen estos eventos. La violencia callejera cuenta con nuestra ignorancia, es su superpoder.

Con eso y todo, es vital llevar la conversación al terreno civilizado, entendiendo por diálogo y búsqueda de soluciones a algo muy distinto a ceder. No podemos ceder, por aquellos a los que les reventaron el auto estacionado en la calle, por el que robaron en un saqueo, por el que no puede ir a trabajar. Hablamos de que no podemos ceder por respeto a la dignidad del que cumple la Ley. Cualquier clase de cesión atenta contra la dignidad y la libertad y es imposible obtener garantías de respeto de quienes están trabajando sobre la violencia callejera de forma profesional.

EL SENDERO TOTALITARIO

Si buscamos patrones comunes, si vemos las fotos del mismo escenario en cada ciudad en esta semana, todo se vuelve transparente como el agua. La violencia política es el camino corto de la ideología totalitaria. La ideología que no gana en las urnas y que ve peligrar su conchabo. Y sin salirse jamás del manual cumple con la constante aceleración del pánico social y la justificación mendaz y guionada. 

Están enamorados de la violencia callejera. Desde los años 60, desde que se dieron cuenta de que su modelo era invendible, desde que sólo pueden ser gobierno si son dictadura. 

El socialismo tiene un motivo para dañar de muerte al Estado del que vive,  la amenaza de su extinción política. Cada evento electoral es una tómbola peligrosa y por eso le resulta necesario imponer la imagen de que tiene del control de la violencia callejera en una sociedad. Puede parecer contradictorio pero no lo es si vemos el pánico que despiertan en las fuerzas de seguridad las amenazas de ser juzgados a posteriori por tratar de recuperar el orden en cada manifestación. Somos nuestro propio verdugo en este terreno. La extorsión funciona hace más de 40 años, nuevamente se trata de un trabajo de manual.

Y nuestra sociedad también está enamorada de la violencia callejera. Condenamos sin pruebas el accionar legítimo de las FFSS reprimiendo una manifestación antes que a la manifestación misma. Toda muestra de autoridad, aunque sea simbólica, queda prohibida. Dejemos que quemen tranquilos la ciudad. Dejemos que corten las calles. Cualquier fuerza que se ejerza contra esto es un cortocircuito a una lógica ritual. El mito de la violencia callejera ha enamorado a todos. 

Claramente esta situación favorece la violencia, porque impide el uso racional de la misma. Es necesario terminar con el prestigio de la violencia callejera. Lo tiene. El control de la calle forma parte de la liturgia del accionar político. Con la violencia callejera pasa como con el agua, por algún lado se escurre, nadie sabe dónde va a terminar.

Es necesario ampliar la perspectiva olvidando las etiquetas ideológicas. Basta con retroceder en el tiempo y recordar que el accionar coordinado ya se vivió, ya pasamos por acá, ya vimos como se disfrazaban de nobleza y buenos sentimientos las bombas. Ya escuchamos las justificaciones maniqueas. Ya hemos estado acá. Siempre hacen lo mismo, organizada y sistemáticamente. Es la línea argumental con la que legitimaron cada atropello a la democracia.

Es por no custodiar la libertad y santificar la violencia callejera que vivimos esta incertidumbre.  La negligencia y la cobardía de los gobiernos que priorizan la imagen política por sobre nuestro futuro. Se prefirió no hacer olas, dejar destruir y después silenciosamente emparchar, no defender, no confrontar, hoy pagamos las consecuencias.

La libertad tiene un costo, esto también ya se dijo mil veces: “El precio de la libertad es su eterna vigilancia”.