Por Tiziana Chiovaro *
¿Y si Argentina no estuviera atrapada por sus números, sino por sus categorías mentales? La narrativa histórica convencional nos repite que la región padece una condena económica inevitable. Sin embargo, Argentina no es pobre únicamente porque le quitaron recursos, sino porque le impusieron una forma de pensar.
El escenario geopolítico actual expone cómo las élites latinoamericanas adoptan doctrinas ajenas, confundiendo el alineamiento ideológico-emocional -que se da cuando las creencias de un individuo resuenan con su identidad o sentido de pertenencia, en vez de con un análisis racional de los hechos- con el beneficio nacional estratégico, caracterizado por ser una capacidad o recurso fundamental que un Estado busca proteger, desarrollar o adquirir con el propósito de garantizar sus intereses. La asimétrica relación entre Milei y Trump resulta ser un fiel reflejo de este panorama.
Para comprender la magnitud de este fenómeno, es indispensable recurrir al politólogo y teórico marxista Antonio Gramsci, quien definió la superestructura como una red de instituciones e ideas jurídicas y culturales que legitima y mantiene el orden social a través de la hegemonía. Según Gramsci, el poder no se ejerce sólo mediante la coerción del Estado, sino a través del consenso y el sentido común que las instituciones proyectan en la sociedad. Entendiendo este último, como un conjunto de creencias adoptadas colectivamente como verdades "naturales" u "obvias", pero que en realidad responden a los intereses de las clases dominantes.
Cuando el consenso se quiebra, la respuesta del poder puede ser puramente coercitiva; como lo fue la última dictadura cívico-militar en Argentina, que recurrió al terrorismo de Estado ante el agotamiento de los mecanismos de control social tradicionales. Sin embargo, en tiempos democráticos, cuando ese sentido común deja de responder a las demandas materiales de la población, la superestructura, como bien denomina Gramsci, entra en una crisis orgánica de legitimidad; en donde las instituciones y los partidos políticos pierden legitimidad, provocando una profunda ruptura entre los representantes y la ciudadanía, y cuestionando la capacidad de la clase dirigente para gobernar. Es precisamente en este vacío histórico donde también germinan los liderazgos disruptivos de, por ejemplo, Trump y Milei.
El caso argentino actual es interesante para observar este fenómeno. Milei magnífica el concepto de "la casta" a una traducción sociológica de una superestructura parasitaria; donde políticos, sindicalistas y empresarios prebendarios se benefician del estado a costa de los ciudadanos. Su disrupción quiebra el consenso histórico sobre la intervención del Estado en Argentina mientras utiliza irónicamente los resortes del hiperpresidencialismo para desarmar el Estado desde sus propias entrañas. Bajo la premisa militante de que "el Estado es el enemigo de la riqueza", se ha instalado una ideología radicalmente anti-Estado que paraliza cualquier horizonte de planificación a largo plazo. Si la sociedad cree que el Estado es intrínsecamente malo, nunca apoyará políticas industriales fuertes ni tolerará una planificación soberana.
Aquí se devela la gran trampa cognitiva y la profunda desconexión de las categorías importadas. El actual presidente argentino, aplica una desregulación radical puertas adentro, mientras idolatra y se alinea ciegamente con un presidente como Trump que en Estados Unidos implementa exactamente lo contrario. El presidente estadounidense es el emblema contemporáneo del nacionalismo económico, debido a que implementó aranceles agresivos a más de 60 países, con niveles que alcanzaron el 50% para economías como por ejemplo Brasil, según “The New York Times". Así mismo defiende de manera feroz la industria nacional estadounidense frente a la competencia extranjera y utiliza el poder del Estado para intervenir en las cadenas globales de valor.
Milei siente que Trump es de su equipo porque ambos usan redes sociales, atacan a la prensa y odian lo políticamente correcto. Eso es un alineamiento emocional. Pero en la realidad estratégica, no hay equipos, hay intereses. Trump es capaz de abrazar a Milei en una conferencia y, al día siguiente, subirle los aranceles al acero argentino para que los obreros de Pensilvania lo voten. Argentina piensa en términos de "amistad ideológica"; Estados Unidos, piensa en términos de "dominación comercial".
Esta desconexión cultural se traduce directamente en las decisiones políticas de la Argentina en donde, por ejemplo, mientras el actual gobierno argentino celebra la desregulación; la agresiva apertura de importaciones textiles y de consumo masivo golpea al entramado manufacturero local, provocando caídas en la producción industrial y el cierre de establecimientos PYME, que según indica la Asociación de Empresarios Nacionales (ENAC), 7 de cada 10 empresas consideran que sus trabajadores perdieron poder adquisitivo en 2025, lo que profundiza el deterioro del mercado interno.
Por otro lado, en el ámbito internacional, la Argentina celebra acuerdos comerciales con Washington bajo el formato de la "reciprocidad" arancelaria. Sin embargo, el mutuo acuerdo entre economías con asimetrías abismales es una ficción jurídica. Abrir las fronteras a la tecnología estadounidense a cambio de cupos de carne vacuna primariza aún más nuestra economía. Además, al desconfiar de las reglas impersonales del Estado, la cultura política regional deposita su fe en líderes fuertes. Si el rumbo geopolítico y el acceso a los mercados internacionales dependen de la sintonía personal o de un culto a la personalidad entre dos mandatarios, el sistema entero se vuelve sumamente frágil.
La verdadera condena de Argentina no es una cuestión de recursos naturales ni de una fatalidad económica escrita en el destino, sino la persistencia de una trampa mental que nos obliga a interpretar el mundo con categorías prestadas. Hemos aceptado un "sentido común" diseñado en centros de poder que predican una libertad absoluta que ellos mismos no practican. La paradoja del alineamiento Milei-Trump es el ejemplo definitivo de esta colonización pedagógica: mientras nos convencen de que el Estado es un enemigo criminal que debe ser desmantelado, el modelo de éxito que pretendemos emular -el nacionalismo estadounidense- utiliza al Estado como el guardián de su comercio, su industria y su soberanía.
Esta disonancia cognitiva nos coloca en una posición de vulnerabilidad extrema. Al confundir la afinidad ideológico-emocional con el beneficio nacional estratégico, Argentina se desarma voluntariamente en un tablero internacional donde nadie regala nada. La manera de pensar que nos implementan busca, en última instancia, neutralizar nuestra capacidad de respuesta, enseñándonos a despreciar lo propio para facilitar la entrega de lo ajeno. Si no somos capaces de romper con estos dogmas importados y construir un pragmatismo basado en nuestras propias asimetrías y necesidades, seguiremos siendo el laboratorio de teorías que solo sirven para consolidar la riqueza de otros. La libertad sin capacidad estatal no es autonomía, es desamparo.
Ahora bien, si nos han convencido indirectamente de que la única forma de ser “exitosos” es destruyendo la herramienta que las naciones triunfantes usan para protegerse, ¿estamos ante la victoria final de un relato ajeno que necesita nuestra industria en ruinas para asegurar su propio dominio?
* Estudiante avanzada de la Licenciatura en Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la UCALP (Universidad Católica de La Plata).