Ciencia y Salud

La tos de George Orwell

Nadie describió mejor al mundo que ahora nos toca vivir que George Orwell.
Nadie como él predijo la sumisión de las masas a los medios de comunicación, al punto de que hoy solemos describir muchos de los fenómenos que vivimos como orwellianos.
Su nombre no era George Orwell, sino Eric Arthur Blair. Orwell era el nombre de un río donde él solía pescar. Le encantaba pescar.
Eric había nacido en junio de 1903 en la India británica, más precisamente en Motihari. Su padre se desempeñaba como administrador del Ministerio del Opio en el gobierno colonial y uno de sus antepasados, Charles Blair, fue un poderoso productor de caña de azúcar en Jamaica, dueño de cientos de esclavos.
De jovencito, Eric vivió en Inglaterra con su madre; al padre lo veía raramente cuando visitaba a su familia por unos meses antes de volver a la India.
Eric fue un alumno destacado que, gracias a su aplicación, obtuvo una beca para estudiar en Eton, el colegio más conocido de Inglaterra.
Este privilegio le permitió adquirir una esmerada educación y relacionarse con quienes serían prominentes intelectuales británicos, como Cyril Connolly, que lo asistieron en su carrera literaria.
Como la familia no podía pagarle los estudios universitarios, Eric se enlistó en la policía colonial y sirvió a lo largo de cinco años en Birmania, tiempo suficiente para asquearse del imperialismo británico. Volvió a Inglaterra con una tos persistente y la intención de convertirse en escritor. Sin medios para mantenerse, vagó por las calles de Londres y después viajó a París. En ese tiempo conoció a la clase obrera, sus miserias y sus enfermedades, que describió en libros y artículos; sin embargo, nunca militó en un partido político, aunque la policía británica lo seguía de cerca por el tono crítico de sus textos.
Entonces se ganaba la vida dando clases o como vendedor de libros.
De esa época son sus novelas: "Los días de Birmania", "Que no muera la aspidistra" (una planta originaria de China que usaban las clases acomodadas como adorno) y "Sin blanca en París y Londres".
Estos relatos autorreferenciales de marginales y descastados responden a una época en la que forjó su pensamiento crítico, que incluía un repudio visceral por todo tipo de tiranía.
En esos años se le diagnosticó una bronquiectasia (dilatación de los bronquios) que justificaba esa tos persistente y, además, después de ocho años de intentar tener un hijo con su esposa Eileen, decidieron adoptar.
Se supone que Orwell podía ser estéril por padecer una fibrosis quística que justificaba sus infecciones respiratorias (tuvo varias neumonías) y una afección del epidídimo que era responsable de su esterilidad.
En 1936 decidió unirse a las Brigadas Internacionales que peleaban para el bando republicano “porque alguien debe matar fascistas”.
En esa lucha descarnada, no solo entre republicanos y franquistas sino por diferencias ideológicas dentro del mismo bando, fue herido en el cuello, razón por la cual fue hospitalizado. Muy probablemente en España contrajo la tuberculosis, aunque las condiciones de vida que había llevado hasta entonces lo hacían proclive a infectarse por la micobacteria descrita por Koch.
Entonces la tuberculosis (TBC) se trataba con reposo, dieta y, llegado el caso, cirugía para colapsar las cavidades pulmonares que el germen ocasiona, pero Orwell fue, además, una de las primeras personas en ser tratado con antibióticos.
Orwell volvió a Inglaterra con una sátira feroz al estalinismo, Animal Farm, donde los cerdos organizan una rebelión contra los humanos para, con el tiempo, volverse bípedos y caer en los excesos que recriminaban a sus antiguos amos. Los revolucionarios, cuando se hacen del poder, suelen caer en las conductas que criticaban a sus enemigos.
Terminada la Guerra Civil Española, comenzó la Segunda Guerra Mundial, pero su delicado estado de salud no le permitió pelear en el frente como soldado británico; por tal razón, sirvió en la misma Inglaterra con un esmero que fue premiado con una condecoración.
En 1945 murió su esposa Eileen durante una cirugía. Desolado por la pérdida, estuvo un tiempo en Francia y Escocia, pero el clima y la precariedad en la que vivía resintieron su salud.
Comenzó a escribir 1984 casi invalidado por la evolución de la TBC. La mayor parte del libro la escribió en un sanatorio de Glasgow y después en el pueblo de Gloucestershire. Durante esas largas internaciones recibió el primer antibiótico para el tratamiento de la TBC, la estreptomicina.
Vale aclarar que entonces este antibiótico era raro, caro y, además, no se habían hecho los estudios para valorar su seguridad.
La fama de Orwell y sus amistades le permitieron entrar en un estudio piloto, pero tuvo mala suerte: una serie de efectos colaterales (reacciones alérgicas en la piel y mucosas) le impidieron continuar el tratamiento.
Pocos meses después pudo probar el nuevo antibiótico tuberculostático, el PAS, pero otra vez la intolerancia frenó el tratamiento.
Su médico, el Dr. Joseph Dick, insistió en darle una nueva oportunidad a la estreptomicina, a lo que Orwell accedió, aunque con idéntico resultado.
Curiosamente, Orwell siguió fumando a lo largo de este tratamiento y durante los años que le faltaban vivir. Entonces era un hábito tan generalizado que nadie se molestaba en prohibirlo.
Por el fracaso de los antibióticos, probaron cirugía para colapsar las cavernas que la enfermedad producía en sus pulmones. El tratamiento fue tan doloroso que inspiró en el autor las escenas de tortura que aparecen en 1984 (nombre que surge de invertir 1948, el año de “la gran obsesión de Orwell”).
1984 tiene partes autobiográficas, incluyendo estos episodios hospitalarios. El texto es poderoso, pero está teñido por la falta de esperanza y el escepticismo, con un realismo adquirido a lo largo de años de convivir con la muerte y la miseria. Orwell confesó que la historia no hubiese sido tan descarnada de haber gozado de mejor salud.
1984 se vendió bien y, además, Orwell consiguió un puesto como locutor de la BBC, encargado de la sección del Lejano Oriente.
Se iniciaba una nueva etapa de su vida, sin preocuparse por el dinero, y hasta una nueva conquista: la bella Sonia Brownell, la joven colaboradora de la revista Horizon que había aceptado casarse con el autor. La ceremonia se realizó en el hospital donde estaba internado. Sobre su pijama, Orwell se colocó un saco de terciopelo bordó.
La pareja pensaba pasar la luna de miel en Suiza y, a tal fin, había adquirido pasajes destinados a un sanatorio, pero que le permitiría pescar. A los pies de la cama, durante la ceremonia, había una caña…
El 20 de enero de 1950, George Orwell tuvo una hemorragia pulmonar masiva. La tuberculosis había ganado la batalla.
Al final de una vida sin inclinaciones religiosas, pidió ser enterrado con funeral en una iglesia, servicio religioso y enterramiento en campo santo.
Así se hizo en la iglesia protestante Christ Church y la familia Astor permitió que fuese enterrado en la bóveda familiar del cementerio de Todos los Santos, en Sutton Courtenay.
“Lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano”, y Orwell fue profundamente humano.