Opinión
UNA MIRADA DIFERENTE

La tercera torre

El grave momento global al que se enfrena Occidente, sin que nadie sea capaz de conducirlo de regreso a su rumbo exitoso, de libertades y derechos

El terrible y artero ataque del 11 de septiembre de 2001,  que conmovió al mundo y paralizó por la sorpresa y el dolor a Estados Unidos, tiene varios sentidos simbólicos, (también concretos y mensurables). Coindice con la llegada ese año de George W. Bush (h) al poder, tal vez el peor presidente de ese país hasta la llegada de Trump. 

A partir de ese momento el nuevo mandatario, aconsejado por su asesora y luego secretaria de Estado Condoleezza Rice comienza a desarrollar su política de desconexión norteamericana con el mundo. Empieza por renunciar formalmente al liderazgo global, bajo el lema EEUU no quiere ser el gendarme del mundo. También declara oficialmente que no tiene aliados estratégicos. Formaliza así el abandono de su liderazgo sobre Occidente, la economía libre y el Capitalismo. 

Con el argumento del ataque islámico propone y logra se sancione la terrible Patriot Act, un torpedo en el corazón mismo de la democracia y las garantías constitucionales, que además se proyecta sobre todo el mundo libre y transforma a Norteamérica en juez universal con jurisdicción infinita. Empezando por la supuesta lucha contra el financiamiento del terrorismo, un engendro kafkiano que considera culpable a toda la humanidad de delitos jamás especificados, y que, por supuesto, nunca afectó ni al terrorismo ni a los lavadores, sino a los pobres mortales a quienes transforma en siervos de los bancos. 

Crea además un nuevo sistema de inteligencia que tiene, en lo político, similar efecto, y lo transforma en espía de un mundo del que teóricamente no quiere ser más gendarme, pero sí auditor y juez cuando le interese. Empieza de ese modo la caída mundial de su país como centro y refugio financiero global, que cada día es más palpable. También reanuda el déficit fiscal, que la gestión de Clinton había logrado revertir notablemente, y decreta el camino de la emisión desaforada, luego imitada y aumentada por sus sucesores.

Hace algo más: siembra la semilla del proceso de sabotaje a la globalización económica, de la que Clinton había sido pionero y mentor, que sacó a cientos de millones de la pobreza y dio una oportunidad y una esperanza a tantos países. En ese camino, impuso aranceles de importación al acero, la madera y otras actividades, que afectaron entre otros a Canadá y la Unión Europea, reinaugurando una política del tipo Teodoro Roosevelt que ya había llevado a la recesión a su país y al mundo durante 10 años. 

Obesidad monetaria y monstruosa deuda

El déficit, que nunca más se eliminó, y las emisiones de 2008 para salvar a los bancos de la crisis de los bonos subprime llevaron la base monetaria a niveles impensados. La base se multiplicó por tres durante los períodos de Bush, por casi seis hasta 2008 y por nueve hasta 2021 (pandemia). La Reserva Federal prometió retirar esos fondos en exceso del mercado, lo que hizo sólo parcialmente, promesa que acaba de dar por cumplida, lejos del objetivo.

Puesto en cifras, la base monetaria americana pasó de alrededor de 700 mil millones de dólares en 1998 a 5.5 billones de doce ceros a la fecha. O sea ocho veces, con ninguna correlación con el crecimiento de la economía, que creció en igual período tres veces. También la deuda de EEUU creció casi ocho veces desde 1998 y acaba de lograr llegar a la cifra récord de 40 billones de 12 ceros el mes pasado. Peores números relativos que los de muchos países subdesarrollados y pastoriles despreciados por las calificadoras y los inversores. Eso condena a la otrora gran potencia a un déficit total, incluido el cuasifiscal imposible de reducir y tal vez de manejar. Alguna calificadora le ha quitado ya la categoría triple A a sus treasury bills y treasury bonds, y probablemente pierda otra A en cualquier momento. Y cuanto más se cierre la economía el efect inflacionario de esa emisión será peor. 

El penoso y reblandecido gobierno de Biden logró el tercer déficit fiscal más alto de la historia con sus políticas incomprensibles, populistas y socialistas a la violeta. También ese desastroso gobierno permitió y fomentó la resurrección de Donald Trump que volvió con su ignorancia supina renovada y más amplia que nunca. En esa línea de pensamiento, (para llamarle de algún modo) comenzó por decidir que la solución al déficit comercial y a otros males, entre ellos el penoso atraso de la industria norteamericana contra otros competidores internacionales, estaba en aplicar aranceles a la importación, diferentes según cada país, justificándolos con dudosas acusaciones diversas. 

Con su viejo tic de proteger a las industrias obsoletas, en una exhibición de ignorancia y desprecio por la evidencia empírica y la lógica, sostuvo con su estilo burlón e infantil que esos aranceles eran “pagados por los países que le exportaban”, cuando un niño sabe que es el consumidor quien ve incrementado sus precios por cualquier arancel. Esa maniobra chocó contra la justicia y fue condenado a devolver esos impuestos, que tal cosa son.

Pero como fruto de su improvisación por decreto, los aranceles están siendo devueltos a los importadores que los trasladaron a precios, no a los consumidores que son quiénes los afrontaron finalmente. Con lo que los importadores ganaron una fortuna y los consumidores pagaron el sobreprecio. 
Un compendio de barbaridades. No sólo se trata de una actitud proteccionista que va en contra de la globalización y la competencia. También va en contra del consumidor al que supuestamente quiere beneficiar.  También lo enemista con sus principales aliados y, además, crea una sensación de inseguridad y falta de confianza y coherencia mundial que mella el prestigio de su país, afecta la confianza en su sistema de derecho y daña su comercio exterior, base del crecimiento. Detrás de todo este desaguisado, está su creencia de que los otros países son enemigos que han copiado los avances norteamericanos, que se aprovechan de EE UU o que afectan la seguridad, como dice en el caso de China que desde la educación para abajo ha superado ampliamente a la otrora gran potencia del norte.

 Si bien tiene razón cuando critica y ataca a las organizaciones internacionales que su país ha subsidiado por tanto tiempo, el modo en que está enfrentando el problema también es desacertado. Al inventar guerras y luego detenerlas, o al terminar apoyando a la dictadura venezolana para poner un pie (o los dos) en el negocio petrolero de ese país, en especial cuando el negocio lo hacen privados difusos y amigos. 

A tanto llega su desconocimiento, y su arbitrariedad y prepotencia, que está echando o haciendo desplazar a funcionarios de esas orgas que tanto odia porque han criticado su idea de aplicar aranceles diciendo lo que es evidente: se trata de una idea absurda que termina haciendo subir el costo de vida del consumidor. Odia la realidad. 

 

 

 

Una potencia débil y desorientada

El accionar bélico es uno de los puntos más grave de su política. O mejor dicho de su temperamento y de su ironía fácil. Quien se sentía acreedor al Nobel de la paz porque terminaría con las guerras en 24 horas pasa de apoyar a Ucrania a destratar a su presidente, a llamar a Putin por teléfono para pedirle que termine la guerra. O declara una guerra que ganaría según sus palabras en una semana y en la que hoy obteniendo en el mejor de los casos una victoria pírrica, pensando con generosidad. No sólo está exhibiendo a su país como una potencia débil y desorientada, sino que está debilitando el poderío bélico que no será recompuesto en semanas. También está desarmando su capacidad estratégica y su estructura militar al despedir por docenas (sic) a generales experimentados como si fueran empleados burocráticos de sus empresas fallidas.

De paso, está logrando que Irán se convierta en líder de una coalición islámica que se había empezado a desmoronar con el acuerdo frustrado entre Arabia Saudita e Israel, (país éste que habrá que ver si no se equivocó al responder con tanta energía al cobarde y sanguinario ataque iraní, que terminó por paralizar a los saudíes en la firma de un acuerdo que era importantísimo para los israelíes y para el futuro de la región). Tal era el objetivo iraní. 

Irán ahora se está aliando con Omán para cobrar peaje en el estrecho de Ormuz y el petróleo (y la nafta) valgan 60% más que antes de la guerra. Esto no es inflación, pero influye en el transporte y la distribución de todos los alimentos y en los costos de transporte. El efecto sobre el consumidor es el mismo. Esto también ataca la credibilidad y la seguridad en EEUU, porque sus amenazas de destrucción total iraní son ya casi ridículas. 
Cuando se piensa en el futuro, aparecen los posibles candidatos de su partido y el resultado es todavía más preocupante, porque se trata de imitadores del mandatario pero con más ideología desvariante, energía y falta de escrúpulos. Nada que ahuyente más la confianza. 

Escandalosos manoseos

Por el lado de la justicia el accionar de Trump es aún peor. Desde sus arbitrariedades, maniobras, forcejeos y otros recursos para evitar los juicios por su conducta privada, su conducta empresaria e institucional, hasta la utilización de la justicia y la amenaza de juicios para silenciar o castigar las opiniones de periodistas o funcionarios en su contra. La justicia es la máxima garantía de la democracia y el derecho. También del comercio y las finanzas y la moneda.  El escandaloso manoseo al que la somete el presidente y su lucha permanente con la Corte son señales que tanto el sistema interno como externo toman como un ataque a la seguridad e institucionalidad, lo que inevitablemente impactará sobre el valor del dólar. 

La alevosa presión sobre Jerome Powell para torcer las decisiones de la Fed, a lo que se agrega sus intentos de despedir a algunos de los directores de esa institución, también se opone de plano al concepto de “independencia del Banco Central, que justamente Estados Unidos pone como condición a todos los países para demostrar su viabilidad y credibilidad. Esta hipocresía, unida a la práctica o la amenaza de confiscar los fondos de los países o individuos con los que no comulga, o de reemplazar a la justicia de cada estado cuando se comete alguna estafa o fraude en dólares, transforma al país en un peligroso justiciero que difícilmente imparta confianza de ese modo. 

Casi no cuentan sus sueños húmedos de remodelar la Casa Blanca o de hacer un arco de triunfo propio, o de llamar a algún lugar público con su nombre, honor reservado a los muertos ilustres, aunque muestran un estilo de político que no puede prestigiar a ninguna nación. 

El modo en que está enfrentando la crisis generada por la deuda y por el costo de los intereses es también preocupante y gravísimo. Primero, trató de forzar a la Fed para bajar la tasa de interés y hasta llegó a decir que la eventual devaluación del dólar era “algo fantástico”, una irresponsabilidad de marca mayor. Luego, Scott Bessent decidió recomprar los bonos del Estado para así bajar los costos de la renovación de los compromisos. El resultado fue el opuesto al buscado. El público se negó a prestarle dinero al estado norteamericano a las tasas que éste deseaba, y ahora se encuentra teniendo que pagar un interés del 5% (y subiendo), con el riesgo de no encontrar suficientes compradores para rolar la deuda, lo que sería gravísimo porque debería emitir una cantidad colosal de moneda. 

Un keynesiano irresponsable

Se recordará que, en 1947, Gran Bretaña, con el asesoramiento y la gestión previa de John Maynard Keynes, muerto un año antes, entró en una faceta proteccionista e intervencionista ante su situación de virtual quiebra. Decretó la inconvertibilidad de la libra a dólares a la que se había comprometido poco antes (recurso que copiaría Nixon en los 70) y defaulteó la deuda que tenía con países como Argentina por sus importaciones de materias primas. (Por eso Perón hizo la compra ruinosa de los ferrocarriles). El Reino determinó que las libras que adeudaba sólo tenían valor para ser utilizadas en bienes provenientes de UK.  Dos años después la libra se devaluó de 4 dólares a 2,80 y UK perdió toda importancia en el mundo posguerra. Trump piensa como Keynes, pero con mayor irresponsabilidad, desconocimiento y desprecio por las consecuencias. 

Como un colofón, un golpe final, el presidente estadounidense acaba de decir que pagará 5 mil dólares a cada norteamericano si su partido mantiene las mayorías legislativas en las próximas elecciones. Ya sea un comentario serio o no, lo cumpla o no, lo piense realmente o no, se trata, además de una grosería y una falta de ética escandalosa, de otro letrero luminoso que habla de la decadencia de un país y de una ideología y una filosofía. Después de que la evidencia empírica demostrara que el sistema de Occidente es el mejor descubierto hasta ahora, el Capitalismo y la democracia no se merecen ese final. 

Se llega así a un panorama en que Estados Unidos pierde el liderazgo financiero, el liderazgo ético y el liderazgo bélico, en momentos en que avanza China con una potencia económica y tecnológica muy trascendente, al mismo tiempo que crece la avanzada islamita en su intento de crear lo que se ha dado en llamar el Califato global. Y dentro de ese panorama, el líder teórico del capitalismo decide destrozar la confianza en ese concepto liminar y además pelearse con sus aliados, amenazarlos y ofenderlos. Ya no sólo renuncia a ser el gendarme del mundo, como hizo Bush. También renuncia a la grandeza y la libertad.

Las Torres Gemelas fueron una suerte de primera etapa que evidenció las debilidades y vulnerabilidades de Estados Unidos. Trump es como una tercera torre simbólica que completa la tarea de demolición, probablemente sin darse cuenta de lo que está haciendo. Una Trump Tower fatal, podría decirse.