Una persona mayor puede tener la medicación ordenada, los controles al día y una rutina física razonable. Aun así, puede estar atravesando un deterioro silencioso si pasa demasiadas horas sin conversar con nadie, sin sentirse esperada, sin ocupar un lugar activo en la vida de otros.
La soledad es considerada como un problema de salud pública: una de cada seis personas en el mundo la experimenta. Además, guarda relación con riesgos físicos y mentales concretos, desde enfermedades cardiovasculares hasta depresión, ansiedad y deterioro cognitivo.
Vivir más años no siempre es deseable si esos años quedan reducidos a controles, recetas y rutinas domésticas sin vínculos significativos. La amistad, la conversación y la pertenencia a un grupo tienen un valor preventivo que todavía subestimamos.
Es necesario revisar el prejuicio persistente de que la vejez implica, casi por naturaleza, una retirada de la vida social. Es cierto que con los años pueden aparecer pérdidas, cambios de movilidad, duelos o dificultades para sostener ciertas actividades. Eso no significa, sin embargo, que la capacidad de generar vínculos se apague.
También, la tecnología requiere una mirada más reflexiva. No todos los adultos mayores tienen el mismo acceso ni la misma facilidad de uso, pero cuando hay acompañamiento puede abrir puertas. Una videollamada, por ejemplo, no reemplaza el contacto físico, aunque puede acercar a un nieto. Un grupo de WhatsApp no sustituye una mesa compartida, pero puede sostener conversaciones cotidianas. Más allá de la herramienta en sí, la clave está en que esa persona vuelva a sentirse parte de una trama; incluida y no relegada a un margen.
La soledad se manifiesta muchas veces con frases simples, como “no quiero molestar”, “ya no salgo tanto”, o “mis hijos están ocupados”. Pero el aislamiento social es un problema muy importante en la vejez.
Es interesante pensar en este tema desde la perspectiva de nuestro estilo de vida. La soledad de los adultos mayores en Japón o en muchos países europeos es más aguda y está más imbricada en su cultura y por lo tanto es más difícil encontrar soluciones. Nosotros sabemos que nuestras familias y grupos de amigos son tremendamente importantes. Una de esas cosas por las que sentimos orgullo de ser argentinos. Entender que la vida social es uno de los factores más importantes del envejecimiento saludable, podría permitirnos desarrollar estrategias formales que permitan favorecer esa compañía y ese cariño que nos damos unos a otros.
Muchas personas mayores vuelven a encontrar propósito en un taller, un club, una actividad comunitaria, un grupo de lectura, una clase de gimnasia o incluso en espacios digitales que les permiten conversar, aprender y mantenerse cerca de otros.
En el cuidado domiciliario, esta dimensión resulta especialmente clara. Un cuidador, un acompañante o un profesional de la salud asisten una enfermedad y también observan silencios, cambios de humor, pérdida de interés, rechazo a salir de la cama o falta de deseo de conversar. En muchos casos, son quienes detectan primero que algo se está cerrando en la vida emocional del paciente.
Por eso, el rol del cuidador también puede funcionar como puente social a través de gestos muy concretos, desde escuchar sin apuro, estimular una actividad posible, facilitar una llamada y acompañar una salida, hasta ayudar a recuperar una rutina que había quedado interrumpida. A veces, una conversación cotidiana es la puerta de entrada para que una persona vuelva a conectarse con su entorno.
El nuevo paradigma del cuidado domiciliario necesita incorporar esta mirada. Administrar medicación, controlar signos clínicos o asistir en la higiene son tareas indispensables, pero insuficientes si no se atiende también el bienestar emocional y social. Cuidar a una persona mayor implica preguntarse qué necesita su cuerpo, qué vínculos la sostienen, qué espacios conserva, qué deseos siguen activos y qué lugar ocupa en su comunidad.
La vejez, de por sí, no debería entenderse como una etapa de repliegue obligatorio, porque la dependencia física no implica pérdida de identidad. Puede haber fragilidad sin aislamiento. Y puede haber cuidado profesional sin que la persona quede reducida a paciente.
La amistad no cura por sí sola. Pero su ausencia enferma más de lo que solemos admitir. Por eso, promover vínculos en la vida de las personas mayores es mucho más que un gesto accesorio o una cortesía afectiva, es parte de un cuidado integral y una forma concreta de proteger la salud.
Lic. Felicitas Adaro
Psicóloga y directora de En Casa