En un contexto en el que el ritmo de vida, el estrés y la hiperconectividad afectan cada vez más los hábitos de descanso, la calidad del sueño se ha convertido en un indicador clave del bienestar psicológico. Diversos estudios científicos muestran que dormir mal de forma persistente no solo impacta en la energía diaria, sino que también puede aumentar el riesgo de desarrollar trastornos del estado de ánimo.
Al respecto, la neuróloga Stella Maris Valiensi, autora de “La Ruta del Sueño” (del Hospital ediciones), indaga en la estrecha relación que existe entre dormir mal y los trastornos del estado de ánimo, como la depresión y la ansiedad.
“Las personas que duermen poco o mal durante períodos prolongados, como por ejemplo, dos años, tienen más del 50% de probabilidad de desarrollar síntomas depresivos. A su vez, la depresión y la ansiedad también pueden alterar el sueño. Hablamos de una relación bidireccional porque el insomnio puede ser causa, consecuencia o ambas cosas al mismo tiempo”, explica la neuróloga especialista en patologías del sueño.
Es importante destacar que no todo episodio de mal dormir es un problema clínico. El insomnio puede estar asociado a situaciones de estrés como exámenes, viajes o conflictos personales. En ese caso, hablamos de “insomnio circunstancial”, detalla la especialista.
CUANDO CONSULTAR
Consultada sobre cuándo requiere evaluación profesional, Valiensi enumera:
*Si ocurre al menos 3 veces por semana
*Si se mantiene durante más de un mes
*Si afecta el funcionamiento diario
En tanto, hablamos de “insomnio crónico” cuando persiste durante más de tres meses. Los síntomas más frecuentes incluyen fatiga constante, irritabilidad, bajo rendimiento, cambios en el estado de ánimo, sensación de no poder “apagar” la mente, y una preocupación excesiva por no lograr dormir.
“En este último caso, se instala con frecuencia un círculo ansiedad–insomnio: el miedo a no dormir empeora el problema”, desarrolla Valiensi.
IMPACTO COGNITIVO
El sueño es clave para la memoria, la atención y la velocidad de procesamiento mental. Cuando es insuficiente o fragmentado, las principales consecuencias son:
*Disminuye la concentración
*Se afecta la memoria a corto plazo
*Aumentan los errores y el riesgo de accidentes laborales o de tránsito
*Las personas sienten que rinden por debajo de su capacidad habitual
El insomnio crónico impacta de forma profunda en la calidad de vida, además de en la salud física y mental. Frente a esta problemática, muchas personas recurren rápidamente a medicamentos, porque representan una solución fácil para combatir la angustia inmediata que provocan los trastornos del sueño. Sin embargo, no siempre son la primera ni la mejor estrategia.
“Existe una tendencia a medicalizar el insomnio, en parte por falta de tiempo en la consulta médica o por dificultades de acceso a terapias especializadas como la Terapia Cognitivo-Conductual para Insomnio (TCC-I)”, explica Valiensi.
“Además, cuando no se abordan causas subyacentes -ansiedad crónica, depresión, estrés laboral o conflictos emocionales- el síntoma puede persistir aunque la medicación ayude temporalmente”, añade la autora del libro La Ruta del Sueño.
El uso sostenido de medicación para dormir no es inocuo, especialmente cuando comienza en edades tempranas y se prolonga durante años. La melatonina, por ejemplo, se ha popularizado por su perfil “natural”, pero natural no significa inocua ni adecuada para todos los tipos de insomnio.
Con el uso continuado de benzodiacepinas y fármacos tipo “Z” pueden aparecer:
*Tolerancia (necesidad de aumentar la dosis)
*Dependencia psicológica (miedo a no dormir sin medicación)
*Dependencia física (insomnio de rebote, ansiedad e irritabilidad al suspenderlos)
“Puede ser útil especialmente cuando existe una alteración del reloj biológico. Su indicación depende de la edad, características personales y tiempo de uso, y es fundamental que sea evaluada y controlada médicamente”, desarrolla la autora de La Ruta del Sueño, quien aclara que, en el caso de Argentina, las dosis altas de medicación requieren receta médica.
ESTRATEGIAS NO FARMACOLÓGICAS
Antes de indicar medicación, existen otros tratamientos no farmacológicos con mayor respaldo científico, que incluyen:
*Higiene del sueño: crear hábitos que promuevan un sueño reparador y de calidad
*Control de estímulos: leer o meditar antes de dormir, dejar las pantallas 2 horas antes
*Restricción del tiempo en cama para asociarla exclusivamente al descanso
*Trabajo sobre pensamientos negativos vinculados al sueño
*Técnicas de relajación
*Psicoeducación
Según precisa la especialista, si bien los fármacos producen efectos más rápidos e inmediatos, con este tipo de terapias los resultados tienden a ser más duraderos y eficaces.
“La evidencia es clara: cuidar el descanso es también cuidar la mente. Promover hábitos saludables y consultar ante dificultades persistentes puede ser clave para romper el círculo entre insomnio y trastornos del estado de ánimo”, reflexiona Valiensi.
Dormir bien no es un detalle menor: es una necesidad básica para la salud física, mental y emocional. Sin embargo, en la Argentina, el descanso insuficiente es una realidad cada vez más frecuente y con consecuencias concretas sobre el bienestar general.
El sueño es un proceso fisiológico fundamental para la recuperación del organismo. Durante la noche, el cuerpo repara tejidos, regula hormonas, consolida la memoria, fortalece el sistema inmunitario y contribuye al equilibrio emocional y cardiovascular. Cuando el descanso es insuficiente o de mala calidad, estos procesos se ven alterados.
La doctora Valeria El Haj, directora médica nacional de OSPEDYC, explicó que “durante el sueño se activan mecanismos indispensables para el correcto funcionamiento del organismo. El sueño profundo favorece la recuperación física y el sueño REM cumple un rol central en la regulación emocional y la memoria. Dormir poco o con despertares frecuentes interfiere con estos procesos protectores”.
Según datos de relevamientos realizados por el Ministerio de Salud de la Nación y sociedades científicas, cerca del 21% de la población duerme menos de ocho horas por noche, mientras que entre el 38 y el 39% presenta insomnio o sueño interrumpido. Además, estudios realizados durante y después de la pandemia evidencian un aumento de los trastornos del sueño, especialmente en adolescentes y personas adultas.
Las guías internacionales recomiendan que los adultos duerman entre 7 y 9 horas por noche, y que niños y adolescentes descansen aún más. No obstante, los especialistas advierten que no solo importa la cantidad de horas, sino también la calidad del sueño, es decir, la continuidad del descanso, el tiempo que se tarda en conciliarlo y la frecuencia de despertares nocturnos.
ALTO IMPACTO
La falta de sueño impacta de manera directa en distintos sistemas del organismo. A nivel cognitivo, disminuye la atención, enlentece el pensamiento, aumenta la probabilidad de errores y afecta la memoria. En relación con la salud mental, el descanso insuficiente incrementa la irritabilidad y se asocia con un mayor riesgo de ansiedad y depresión. El impacto también alcanza al sistema cardiovascular, ya que dormir mal se vincula con hipertensión arterial, arritmias, enfermedad coronaria y mayor riesgo de accidente cerebrovascular. Asimismo, la privación de sueño afecta al sistema inmunitario, al aumentar los procesos inflamatorios y debilitar las defensas frente a infecciones.
“El mal descanso no solo afecta cómo nos sentimos durante el día, sino que también tiene consecuencias a largo plazo sobre la salud”, señaló la Dra. El Haj.
Para favorecer un sueño reparador, los especialistas recomiendan:
*Mantener horarios regulares para dormir y despertarse, incluso los fines de semana.
*Dormir en ambientes oscuros, silenciosos y con temperatura confortable.
*Evitar pantallas al menos una hora antes de acostarse.
*Limitar el consumo de cafeína, alcohol y tabaco en las horas previas al sueño.
*Realizar actividad física de manera regular, evitando el ejercicio intenso por la noche y optar por cenas livianas.
*Consultar con un profesional de la salud ante insomnio persistente, ronquidos intensos, pausas respiratorias o somnolencia diurna excesiva.