Opinión
EL RINCON DEL HISTORIADOR

La puerta de La Aguada: donde San Martín y Pueyrredón le ganaron a la discordia

Por su significado, la Puerta Santa es un lugar que atraviesan millones de peregrinos en Roma, que saben de qué se trata. Pero también en nuestro país hay puertas históricas que se traspasan sin reparar en su significado.

Una es la de la propiedad de la calle Lavalle 252, en San Salvador de Jujuy, conocida como la casa de los Zenavilla, donde el 9 de octubre de 1841 encontró la muerte el general Juan Lavalle, ya que, según la tradición, por ella habría ingresado el disparo fatal.

No faltan otras: la de la calle Venezuela 469, conocida como la Casa del Virrey Liniers, o, a la vuelta, la de los Sarratea, que después fue propiedad de Facundo Quiroga, en la calle Defensa 437 (lamentablemente demolida, pero cuya foto rescatamos en la nota).

Ni qué decir de la casa de San Martín 336, que fue de los Olazábal y hoy es la sede del Museo Mitre, por el significado que tiene, ya que fue también residencia presidencial. Dentro de ella hay una pequeña puerta, en un descanso de la escalera, que comunicaba la casa de don Bartolo con la lindera sede del diario La Nación, que fundara en esa misma casa en 1870. Y, recordando las que ya no están, la de la calle Lavalle 835, el palacete del doctor Dardo Rocha, por no citar solo algunas.

MÁS CERCA

Más cerca en el tiempo está la de Rufino de Elizalde 2831, que fue de Victoria Ocampo y hoy es propiedad del Fondo Nacional de las Artes, donde hace pocos días se inauguró una exposición dedicada al arquitecto Alejandro Bustillo.

O la casa de Elortondo 1837, en San Isidro, que Victoria donara a la Unesco; por esa puerta pasaron André Malraux, Indira Gandhi, Eduardo Mallea, Roger Caillois, Germán Arciniegas, Francisco Ayala, Julián Marías, Juan Liscano, Ángel Battistessa, Tadao Takemoto, Adolfo de Obieta, Ismael Quiles, Manfred von Keyserling, Alioune Diop, María Esther Vázquez y tantos otros.

O la de Maipú 994, en cuyo 6.º piso vivió Jorge Luis Borges, o la de O’Higgins 2150, en el barrio de Belgrano, residencia de Manuel Mujica Láinez, donde cada 11 de septiembre un variopinto concurso de escritores, como Silvina Bullrich y Oscar H. Villordo, se encontraba con artistas como Eduardo Bergara Leumann para celebrar el cumpleaños del dueño de casa.

Cada una de estas propiedades, algunas en manos del Estado y otras de particulares, tiene su historia para contar, pero hay un caso en el que una puerta cuenta la historia que narraremos.

LA BATALLA DE TUCUMÁN

El 4 de octubre de 1812 llegó a Buenos Aires la noticia del triunfo de Belgrano sobre los realistas en Tucumán, que fue la causa más importante del derrocamiento del Triunvirato cuatro días después, por haberle ordenado a Belgrano no dar batalla y retroceder hasta Córdoba.

Al amanecer del 8 de octubre, la presencia en la plaza de varios jefes militares, José de San Martín, Carlos de Alvear, Manuel Pinto, Román Fernández y Francisco Ortiz de Ocampo, con sus efectivos, fue suficiente para que el Cabildo designara un nuevo Triunvirato.

Ese día algunos partidarios le habían pedido a don Juan Martín de Pueyrredón (en ese momento al frente del Triunvirato) resistir y castigar a los malvados, pero les replicó: «No, mis amigos, nunca permitiré que se derrame una gota de sangre de mis paisanos para sostenerme yo; me cuestan muchas fatigas y cuidado y los amo mucho; ellos se desengañarán, me harán justicia y se arrepentirán de su extravío».

Sublime lección de grandeza, aunque algunos facciosos entraron en la casa de su hermana Magdalena Pueyrredón de Ituarte, donde creían que se había refugiado, y con las espadas desenvainadas atravesaron los colchones de las camas por si se hubiese escondido debajo de ellas; además, rompieron los vidrios y pegaron carteles insultantes en la casa de su hermano José Cipriano. Pueyrredón recibió la orden de establecer su residencia fuera de la ciudad y partió a Arrecifes, a la estancia de los frailes betlemitas, donde se estableció con su hermano José Cipriano y la familia de este.

El 16 de noviembre, una nueva orden, de carácter perentorio, le ordenó fijar su residencia, para su destierro, en la ciudad de San Luis.

Cuando preparaba sus cosas para marchar, convaleciente de una amigdalitis, recibió el 24 de noviembre una carta de San Martín en la que este negaba haber tenido algo que ver en los episodios ocurridos contra su familia, al extremo de que, cuando se enteró, «ya se había ejecutado y lo desaprobé».

En su respuesta, Pueyrredón le decía: «Me fijo en buenos principios, observo la marcha incierta de una nave que corre sin brújula, veo la desesperación del pasaje porque no llega tan pronto como deseara al puerto que cada uno se figura, en diversa dirección» (parece escrita para los momentos actuales), y agregaba: «Me intereso en la salvación de la nave, porque ella conduce mi vida y mi fortuna; y solo culpo de este choque de intereses y pasiones a la fatalidad de mi destino. Lo que sí puedo afirmar a Ud. es que será un prodigio la salvación de la nave sin la brújula indispensable, como lo será también la de nuestra patria sin una constitución que enseñe los caminos que deben llevar los que mandan y los que obedecen, pues de lo contrario daremos sin remedio en el escollo de la anarquía y en otros no menos ruinosos».

EN SAN LUIS

Después de la Navidad, don Juan Martín marchó a San Luis con su hermano José y su sobrino Manuel Alejandro, que dejó interesantes recuerdos de esas vivencias.

Tras pasar unos meses en la ciudad, adquirió una hacienda a una legua de ella, propiedad de don Máximo Gatica, conocida como La Aguada por las vertientes que llegaban desde las sierras y formaban pequeñas lagunas. Eran tierras aptas para la agricultura y, especialmente, para la ganadería, por los buenos pastos que crecían con ese riego natural, tarea a la que se dedicó don Juan Martín, establecido junto a su hermano y el resto de la familia de este. En ese lugar nació también su hija Virginia, después señora de Pelliza.

La ubicación de la finca, en el camino a San Luis, la convertía en paso obligado de los viajeros a Mendoza y San Juan, lo que lo mantenía al corriente de las novedades políticas.

Una vez nombrado San Martín gobernador intendente de Cuyo, cierto día pasó por el lugar a saludarlo.

Hialmar Edmundo Gammalsson, cuya mujer era descendiente de José Cipriano, escuchó la tradición familiar y recordó: «La entrevista se prolongó desde las diez de la mañana hasta bien entrada la oración. A la llegada del huésped, Pueyrredón lo recibió con su habitual cordialidad y casi inmediatamente, luego de los saludos y cumplidos extendidos a los miembros de la familia, pasaron a un aposento donde, a puertas cerradas, permanecieron hasta el atardecer. Terminada la conferencia, don Juan Martín acompañó al gobernador adonde lo aguardaban su ordenanza y la escolta, despidiéndose ambos con un fuerte abrazo, después del cual le sostuvo el estribo, como las leyes de cortesía lo exigían».

Poco después, Pueyrredón viajó a Mendoza, donde fue recibido por San Martín, sellándose seguramente la colaboración para la campaña de los Andes.

LA AGUADA

La casa de La Aguada ha tenido bastante suerte. Uno de sus propietarios fue el doctor Leonardo Despouy, abogado, presidente de la Auditoría General de la Nación desde 2002 hasta 2016, quien recordaba con fervor a Pueyrredón y su estadía, y preparaba en su mente un gran homenaje para este año, en que se cumplen los 250 años del nacimiento del Director Supremo. Lamentablemente partió hace unos años, pero nobleza obliga a recordarlo.

El escribano Juan José Laborda Ibarra, interesado en el pasado nacional y local, es propietario de una casa en lo que era el predio de La Aguada y deseaba tener algo histórico en ella, así que se le ocurrió una puerta tallada.

Imaginó el encuentro entre San Martín y Pueyrredón y puso como testigos, al fondo, las montañas puntanas y un ombú que don Juan Martín había trasladado desde San Isidro, de la quinta familiar (no del actual museo).

Le encomendó a la artista plástica Graciela Baron el dibujo y al ebanista Hugo Agüero, docente de San Francisco del Monte de Oro, en San Luis, el tallado de la puerta, que insumió seis meses de trabajo. El entablado es de madera de cedro y el bastidor es de roble, en recuerdo de la madera con que se trabajan los famosos balcones de Lima. Esa puerta es una referencia en el barrio, nos comentaba el autor; ha despertado el interés y la curiosidad de muchos.

Pero más que eso, en tiempos en que el insulto y la descalificación están a la orden del día, sin medida ni reparo, esta puerta es un símbolo de lo que puede hacerse cuando el interés supremo es la patria: dos hombres que supieron anteponer a su humana condición la unidad de la Patria. Será por eso que Juan Martín de Pueyrredón, primer Director Supremo con el país independiente, sigue esperando en la Casa de Gobierno que su busto ocupe su lugar entre los hombres que ejercieron la primera magistratura del país.