Ciencia y Salud
Día Internacional de la Lucha contra el Uso Indebido de Drogas (

La promesa del atajo: del soma antiguo a la huida del dolor y la conciencia en la era de la deshumanización

Cada 26 de junio se conmemora el Día Internacional de la Lucha contra el Uso Indebido y el Tráfico Ilícito de Drogas. 
A lo largo de la historia, el ser humano ha buscado evadir el dolor físico, psíquico y aun espiritual, recurriendo a medios que le permitan su realidad. 
Vivimos inmersos en un contexto social que por momentos resulta insostenible para el psiquismo; un entorno patógeno y, quizás, hasta deshumanizado. En ese escenario, "la droga" ya no se busca para ampliar la conciencia o despertar la mente, sino para anestesiarla y adormecerla. De hecho, no es casualidad que a la Papaver somniferum —la amapola de la cual se extrae el opio— se la llamara históricamente "adormidera", ya que se usaba para dormir (por ejemplo, a los bebes). Su uso mayor sin embargo no busca conciliar el sueño, normal, sino provocar un estrechamiento de la conciencia en el cual los estímulos que la mente no puede manejar queden apagados. La epidemia del opio en China y sus resultados son un ejemplo trágico de esos efectos a una escala masiva.
Por ello también se las ha conocido como "estupefacientes" (y de allí, por extensión, a otras drogas), por ser sustancias que ocasionan estupor o parálisis. Se busca apagar la mente ante una realidad intolerable, marcada por la inmediatez, la hiper-exigencia y el aislamiento, que empuja al individuo a un constante "modo supervivencia" en el cual las alertas no dejan de sonar. En esa cacofonía, al aislarse y profundizar ese encierro con las sustancias, el ser humano experimenta un vacío profundo y un sufrimiento psíquico intolerable. El síntoma -la adicción, la violencia, la depresión- es, en realidad, el grito o la claudicación de una unidad psico-física que ya no puede tolerar la realidad. 
Sin embargo, en la antigüedad, en sus diversas formas, hechiceros, chamanes, rituales sagrados etc, el objetivo era la "amplitud de conciencia". También vemos esto en prácticas rituales más recientes. Pero al desaparecer progresivamente el aspecto simbólico-místico y el marco ritual iniciático, queda solo la huida de la realidad y no un estado de expansión mental. 
En este cambio de paradigma, el hilo conductor es la búsqueda constante de una sustancia que modifique lo cotidiano, ya sea para escapar, buscar placer o forzar el rendimiento, pero ya no para expandir la mente, sino para lograr el estrechamiento de la conciencia aposta. Es la inmediatez del atajo que permite evitar el esfuerzo, la carga y, por qué no, el dolor inherente a la existencia. 
Las grandes tradiciones de sabiduría, desde la filosofía perenne hasta pensadores como Ramana Maharshi, enseñaron que la verdadera paz se alcanza mediante la indagación profunda de quiénes somos, desidentificándonos del ego y descansando en una consciencia lúcida y despierta. Hoy, la crisis de los opioides es la parodia macabra de esa búsqueda espiritual. El ser humano sigue anhelando desesperadamente disolver ese "yo" que sufre, pero ha cambiado la meditación y el autoconocimiento por el fentanilo. Así, por ejemplo, la "droga zombie" ofrece un pseudo-nirvana químico: el ego no se trasciende hacia una mayor amplitud de consciencia, sino que se sepulta en el estupor animal. Queremos dejar de ser nosotros mismos porque el entorno es intolerable y, en esa huida ciega hacia la nada, terminamos necrosando el cuerpo y apagando el espíritu. 
Es entonces cuando esta evasión se convierte en una prisión física. La neurobiología del comportamiento demuestra que esta búsqueda del estupor reconfigura el cerebro, evidenciando que la recaída es un fenómeno biológico de supervivencia y no un fracaso moral. El engaño radica en que aquello que comienza como una búsqueda legítima de alivio frente a un entorno patógeno, termina alterando el circuito de recompensa del cerebro. Los estudios de neuroimágenes demuestran cómo el consumo crónico afecta la corteza prefrontal entre otras zonas. La biología misma se "estrecha" y se adapta al estupor. 
Por eso, el relato cómodo y moralista estigmatiza las recaídas, etiquetándolas bajo el peso de la "falta de voluntad". Pero la recaída es la manifestación de esa unidad psico-física de ese sistema neuronal "recableado", que ha colapsado. Es el último recurso para no sentir la angustia de un entorno que asfixia; no es un defecto del carácter. 
Y esto nos lleva a un plano aún más profundo: estigmatizar al consumidor que recae nos permite no hacernos cargo del armado de una sociedad patógena que empuja al aturdimiento, al escape y a la búsqueda desesperada de confort para sobrellevar un estado crónico de supervivencia. Es decir, ¿por qué no juzgamos con igual severidad a un sistema que estigmatiza, exige productividad extrema, niega humanidad, empuja a los individuos al aislamiento y luego los castiga por buscar la anestesia que ese mismo sistema provocó? 
PERSPECTIVA INTEGRADORA
Insistir exclusivamente en la responsabilidad individual es semejante a lo que ocurre frente a ciertos crímenes: aun cuando el entramado social facilita el delito, nos obsesionamos con establecer "el perfil del criminal". Demarcar la culpa en el individuo y señalar al que sale de la norma, es la excusa perfecta del sistema para no abordar cuestiones más profundas, como invertir en salud mental, no ofrecer tratamientos accesibles y desentenderse del sufrimiento crónico del otro. O más directamente cuál es la matriz cultural que sostenemos, en la que habitamos.
Asumir una perspectiva integradora que no expulse al individuo del sistema es mucho más que un imperativo moral, es una necesidad que evite a catástrofe en varios niveles, no solo en su emergente. “las drogas”. El cambio cultural debe dejar de promover que existen vías rápidas, atajos para transitar la vida. La inmediatez es ilusoria, no existen ayudas o soluciones mágicas químicos sostenibles; la idea de que hay perdedores y ganadores basados en un modelo de hipereficiencia es ficticia y, fundamentalmente, falsa. El estupor, la "adormidera" o el estímulo artificial solo postergan y potencian la tragedia. 
La salida se construirá en el sentido de ese nuevo marco cultural donde el individuo vuelva a estar reconectado a su medio, sin ser excluido, estigmatizado ni señalado. Implica retomar la idea de la salud como una unidad psico-física-social mucho más amplia e inclusiva. 
Siempre hay una puerta de salida posible, pero requiere abandonar el prohibicionismo estigmatizante y construir un entorno promotor de la salud, basado en derechos, en el acompañamiento y en una genuina comprensión e intención de ayudar a quien sufre a sostener su existencia sin recurrir a paraísos artificiales. Frente a la "promesa del atajo" y del estrechamiento cognitivo, la única respuesta clínica y humana es reconstruir. Esto implica brindar información honesta y aplicar políticas de reducción de daños —que en principio significa algo tan simple y vital como mantener a la persona con vida— para, en última instancia, ofrecer las herramientas necesarias para que el individuo pueda volver a buscar la amplitud de su conciencia, pero esta vez desde la salud, no desde la desesperación y el caos.