Opinión
ACTUALIDAD RELIGIOSA

La pobreza evangélica ante la malicia de la drogadicción

La exhortación a amar a los pobres ocupa el centro de la enseñanza de la Iglesia y de su actividad. En esto confluye la rica y extensa tradición, que incluye los escritos de los Santos Padres. La pobreza es una realidad permanente, pero se configura diversamente, según los vaivenes políticos y económicos; ante ella se inclina la caridad de los cristianos. La ortodoxia doctrinal, custodiada como un tesoro, debe ir acompañada por la misericordia; sin ella, sin inclinarse ante los necesitados, se resuelve en fariseísmo, porque los pobres constituyen el centro de la revelación bíblica y del Evangelio.

La forma de pobreza más difundida y más profundamente inhumana es la adhesión a las drogas. Poderosas organizaciones medran con la extensión del fenómeno de incorporación de más gente a la esclavitud de “consumir”. La vocación cristiana exige la oposición a ese comercio y una mirada misericordiosa a las víctimas, a las que se debe liberar de esa pobreza degradante. Más aún, podría decirse que se las ha de invitar a participar de la auténtica pobreza, humana y cristiana, fuente de verdadera felicidad.

En primer lugar, es imprescindible fomentar la vida familiar. A la familia, constituida por el matrimonio del varón y la mujer, corresponde cuidar a los hijos, preparándolos para que eviten ser arrastrados por “lo que hacen todos”. Actualmente, se los debe ayudar a que piensen rectamente acerca de la verdadera integridad: física, psicológica y espiritual, que es propia de la condición humana, según Dios la ha querido y dotado. A la Iglesia, actualizando su catequesis, le corresponde predicar y enseñar que es un pecado entregarse voluntariamente a consumir drogas. La cuestión del pecado resulta un enfoque fundamental; a pocos se les ocurre ver en el consumo de drogas un mal. La Iglesia no debe temer afirmar, incluso, que según los casos puede tratarse de pecado mortal; los capos de la droga son pecadores públicos. El infierno del consumo devora la libertad y anticipa el infierno final, en el que acaba una suerte inhumana.

La escuela tiene, también, un papel insoslayable a cumplir. Una educación realista y completa incluye la instrucción precisa sobre la malicia del consumo y sus consecuencias. Esta función de la escuela debe concretarse en planes que incluyan una amplia información sobre el camino de la difusión de la droga, y la argumentación necesaria para no incurrir en él. El aspecto educativo del combate ha de coordinarse en el orden nacional, en el que tienen origen los planes que se imponen en todas las instancias. Los colegios católicos deben ser los primeros en la formación que ha de impartirse a los niños y adolescentes, con claridad y un lenguaje adecuado a la edad.

El amor a los pobres, especialmente a los que viven en barrios marginales, incluye la advertencia acerca de la malicia de la drogadicción, y a la vez reclama orientarlos a los juegos y desafíos que entusiasmen y orienten en la esperanza de una pobreza auténticamente humana; que se haga acreedora de la Bienaventuranza que le destina el Evangelio.

LA GRACIA DE LA FELICIDAD

Los cristianos tienen, en su mensaje y en sus medios de caridad, la solución para que un mundo atormentado alcance, más allá del alivio, la gracia de la felicidad. Habría que leer la exhortación apostólica de León XIV, Dilexi te, que me ha inspirado este artículo.