No voy a comentar la habitual vacación veraniega que, casi sin excepciones, se toman los sindicatos después de cobrar el aguinaldo y exigir un aumento de rutina para el año entrante.
Quiero, en cambio, señalar el papel que -lejos de la noble tarea de hacer respetar al trabajo y a los trabajadores que les dio origen- ocupa hoy a los gremios administrativos y de maestranza para contribuir eficazmente con la anemia de los organismos estatales y, cada vez más, también de los privados.
Y lo voy a hacer sintetizando parte fundamental de la actual historia de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires y del Hospital de Clínicas, que conozco íntimamente.
Aunque muchos golpes venían de más lejos el decanato del Prof, Dr, Salomón Schachter propuso, al comenzar este siglo, un conjunto de reformas que pudieron haber enderezado a una y otra institución.
Por un lado intentó, después de un serio y pormenorizado estudio que encargó a un docente de particular calidad, reemplazar el disparatado ingreso irrestricto por un sistema que tuviera en cuenta la real capacidad del ciclo clínico de la carrera de Medicina para establecer el número máximo posible de alumnos que entrase cada año.
El sepulcral silencio con que mostró su falta de compromiso el conjunto de todos los docentes de la Facultad que fueron convocados para conocer los pormenores del estudio, atronó el Decanato y fue rápidamente captado por el gremio de APUBA.
Sus dirigentes, manejados por el reformismo alfonsinista y reforzados por barrabravas activísimos, comenzaron sus habituales demostraciones con bombos y platillos en el barrio de la Facultad hasta que el Decano, harto de politiquería invasora, renunció sin vuelta atrás.
Inmediatamente solidaria, lo hizo también la Dirección del Hospital Universitario -heredero sobresaliente del primer hospital de Buenos Aires y del país desde tiempos coloniales- que por entonces estaba encabezado por el primer y único director nombrado por concurso durante su larga historia.
Esa Dirección estaba llevando a cabo un profundo cambio que incluía el comienzo de la tarea de catorce jóvenes médicos, entre clínicos y cirujanos, que iban a empezar a trabajar full-time, complementando coordinadamente la tarea de las diferentes Divisiones y Cátedras especializadas.
Pero el mismo día de la renuncia de tales directores, el delegado gremial expresó con énfasis en el acto que había convocado: “Por fin el hospital iba a ser gobernado por el pueblo”.
El resultado está a la vista. No sólo en la infraestructura que se siguió deteriorando salvo por aportes parciales de algunos servicios, sino en el espíritu universitario mismo, ya que desaparecieron hasta aquí los concursos docentes y asistenciales, base de la calidad profesional.
Sería injusto desconocer que, como siempre, sigue habiendo muchos médicos capaces que trabajan con el espíritu esforzado de siempre. Pero en un hospital donde era norma que nada que se hiciese en el resto del mundo pudiese faltar, donde los enfermos se atendían con la
mayor diligencia “en los pasillos o en las escaleras si fuera necesario”, hoy es preciso esperar largas demoras en turnos manejados por directivas administrativas.
Para no abundar, en efecto el poder funcional ha pasado del cuerpo médico/docente al del gremio, autodenominado “pueblo”.
No tendría interés detenerse en lo antedicho si se tratara de un caso aislado. Pero saben los lectores que éste es un fenómeno general, público y privado. Que en estas materias, como en un número creciente de otras, el “derecho” de los empleados está por encima del de quienes necesitan de ellos.
Y que eso sucede en casi todas las instituciones, donde el progreso telefónico ha hecho casi imposible hablar con una persona. Ya que cuando eso milagrosamente se logra, termina uno conversando con alguien que se expresa con la frialdad de un disco, hasta en ocasiones rayado.
Los gremios no son, es obvio, los únicos responsables de esta despersonalización en las relaciones. Pero que sus dirigentes disfrutan tal condición paralizante que cimenta su poder, se cae de maduro.
Acaba de comunicarse a través de los medios que en el 2025 ha aumentado la mortalidad infantil en nuestro país. Ante situaciones que requieren diligencia sin demoras para su resolución, como varios de los los cuadros que llevan a la muerte en el primer año de vida, la parálisis gremial aquí descripta no puede hacer oídos sordos.