El anuncio del presidente Javier Milei sobre sanciones a las empresas que participen de la explotación petrolera británica en Malvinas y la construcción de una base militar en Tierra del Fuego generó críticas del peronismo más duro y silencio entre dirigentes menos recalcitrantes.
Las críticas consistieron en los clisés habituales, que no se ajustan ni lejanamente a la nueva situación del conflicto. La oposición habla de oportunismo y de falso nacionalismo de Milei por carencia de argumentos más elaborados y porque ignora los nuevos factores que hoy favorecen la reivindicación de las islas.
La mejor manera de detectarlos es la comparación con lo sucedido en el 82. En ese momento el árbitro, los Estados Unidos, tenían una sólida alianza con Gran Bretaña y violaron el compromiso de solidaridad continental asumido en el TIAR. Intervinieron indirectamente, dejando hacer, lo que resultó decisivo para el triunfo británico. Era el mundo bipolar de la Guerra Fría, en el que el régimen militar argentino había jugado con la URSS vendiéndole cereales contra el embargo americano por la invasión de Afganistán.
Es interesante repasar aquella guerra, porque en su papel de mediador, el secretario de Estado Alexander Haig propuso para evitar la contienda una administración tripartita de las islas que los militares rechazaron. El intento de los Estados Unidos de contar con un asentamiento en la región parece tener ahora una segunda oportunidad.
Entonces Ronald Reagan y Margaret Thatcher estaban de luna de miel, hoy el jugador principal es Donald Trump, la situación geopolítica global es otra y el aliado favorecido podría terminar siendo Javier Milei en lugar de Andy Burnham. Además, el rival ya no es la desaparecida URSS, sino China y la agenda del comienzo del siglo XXI contiene el control del Atlántico sur, la comunicación interoceánica y el acceso a la Antártida.
El segundo nuevo factor reside en la evolución de la situación diplomática británica. El Reino Unido se mostró poco confiable para Trump en su ofensiva militar contra los ayatollahs y los europeos no olvidan el Brexit. Está más aislado que en los ochenta, el financiamiento de la OTAN está en discusión y el futuro electoral de los ingleses es una incógnita. La Argentina de Milei es mucho más confiable no sólo para Trump, sino para los Estados Unidos. Por eso la importancia de que la política exterior en este capítulo sea de unidad nacional por encima de la antinomia peronismo/antiperonismo. Dicho en criollo: las chicanas están de más.
De todas maneras, el cambio más decisivo está en el terreno económico, en Vaca Muerta. Con la vía militar descartada y la diplomática sin caminos practicables, adquieren mayor peso los intereses económicos y los negocios. En los 80, lo que hoy es un emprendimiento energético de gran envergadura, era un desierto y la larga decadencia económica del país, la razón central de su debilidad ante los usurpadores.
En ese plano, la relación de fuerzas tiende a invertirse. Lo prueban las primeras reacciones de las grandes corporaciones que optaron por no operar en el proyecto Sea Lion para proteger sus negocios en Argentina. La apertura económica resultó más eficaz para defender el interés nacional que la rancia cofradía jauretcheana que machacan desde hace décadas con el más rancio todavía discurso del “entreguismo” y el “cipayismo” en el altar del gaucho Rivero.