Cultura
SECULARISMO Y LA RELACIÓN CON LA FE, EN UN ENSAYO DE MARIANO FAZIO

La nueva hostilidad hacia la Iglesia

POR ROBERTO BOSCA (*)

Tres factores contribuyeron, cada uno de ellos de distinto modo, y sin ejercer un poder coercitivo mediante el uso estricto de la fuerza, a crear un clima de hostilidad hacia la Iglesia católica en los últimos dos siglos: el individualismo, el laicismo y el secularismo.

No se trataría propiamente de una persecución en el sentido tradicional del término, caracterizado por el recurso a la violencia por parte del resorte estatal, sino de algo más sutil que consiste en una rescisión de las condiciones que hacen posible el desarrollo de la fe de manera que ella pueda ser libremente vivida. Esta actitud se articula hoy por ejemplo en el concepto de lo políticamente correcto.

La expresión de un hegemónico individualismo a partir de la segunda mitad del siglo pasado en los países de antigua tradición cristiana ha tratado de producir un nuevo exilio de las creencias religiosas al ámbito privado de la conciencia, sin que ellas sean admitidas en su expresión social.

Frente o en convivencia con él puede desarrollarse una presencia instrumental de lo religioso respecto de lo político. Dicho de otro modo, una afirmación religiosa suele no ser bien recibida en el ámbito público en el que es a menudo exorcizada bajo la mácula de fundamentalismo.

Pero al mismo tiempo y a la manera de una actitud reactiva, ha surgido también como un nuevo rasgo de la cultura posmoderna una inédita religiosidad política que encubre ocultas o visibles pretensiones de poder. Las tendencias que han cobrado una creciente vigencia en los últimos años, prefieren expresar valores religiosos, pero si invocan lo religioso es en todo caso para instrumentarlo o adecuarlo a su propia ideología.

Esa concepción individualista hostil a cualquier dimensión social se conjuga con el antiguo laicismo, que la precedió a partir de su expansión en el último tercio del siglo diecinueve y que también había desconocido la dimensión pública de la revelación. Se trata en ambos casos de un mismo reduccionismo de la fe.

PRESCINDENTES

El exclusivismo laicista revive en las últimas décadas del siglo pasado de la mano del nuevo fenómeno del secularismo, en el que se dejan ver las secuelas cada vez más evidentes de una mentalidad antiinstitucional, que afecta a la generalidad de las confesiones religiosas. Esta actitud revela una nueva profundización del individualismo y se conjuga con una progresiva prescindencia de las realidades sobrenaturales como inexistentes.

El individualismo se ha expandido en la dimensión religiosa de tal modo que se expresa también religiosamente. Paralelamente a una notoria disminución de los fieles hoy verificable en las iglesias, se produce la progresiva irrupción de un inédito individualismo religioso que descarta cualquier intermediación institucional y se remite

directamente a la divinidad.

La religión no es estrictamente suprimida, pero las instituciones religiosas son descalificadas como una fuente de poder ilegítimo que mediante esa intermediación distorsionan la pureza de la fe e impiden una honesta religación espiritual. En este sentido es la propia religión la que adquiere inéditas formulaciones expresadas en los dogmas posmodernos de las nuevas espiritualidades alternativas: la divinidad somos nosotros mismos.

De este modo, la legitimidad de lo religioso es reconocida mientras se mantenga en el recinto íntimo del yo individual, sin ninguna consecuencia en el escenario global de la sociedad. La religión, según estas tres corrientes culturales, se encuentra inhibida de expresarse libremente en la vida pública, en la que en todo caso puede cumplimentar una función ornamental, como un tedeum o un funeral.

De otra parte, la doctrina social de la Iglesia muestra que hay una coherencia entre la fe cristiana y la forma como ella se vive en medio del mundo: en esto consiste la unidad de vida que proclaman las enseñanzas evangélicas en todo su itinerario histórico.

El cristiano no puede vivir como un esquizofrénico, con una personalidad pública y otra privada. La integridad de una persona se muestra en la conducta de cada día a lo largo de toda una vida y sin excepciones que puedan desvirtuarla convirtiéndola en una hipocresía existencial.

En esta nueva entrega de una dilatada producción intelectual y literaria, Mariano Fazio viene a recordar en Ciudadanía. San Josemaría y el bien común (Logos, 2026) viejas verdades que constituyen un planteamiento básico de la fe cristiana: existe una estrecha conexión entre el actuar moral y el social. No son dos realidades completamente desconectadas, sino que una está imbricada en la otra.

El carácter relacional de la persona exige que sólo pueda alcanzar su propia perfección en el ámbito de la comunidad.

Esto no significa que haya una fórmula única de régimen de gobierno ni de estructura económica que pueda considerarse la expresión temporal del espíritu evangélico.

Dios no ha formulado un proyecto concreto de organización de la vida social y consecuentemente una misma fe cristiana puede llevar a compromisos políticos diferentes dentro de unos criterios que conforman el marco de esa doctrina social.

Salvo unos principios fundamentales que se desprenden de la propia fe, en la mayoría de los casos se ofrece a los cristianos -recuerda el autor- una variedad de posibilidades entre las cuales éstos pueden escoger libremente. De ahí que una pluralidad de opciones sea el escenario natural de la actuación temporal por parte de los fieles, sin que nadie pueda reclamar poseer la única legitimidad de la verdad evangélica en esta materia.

OPUS DEI

Este es el pensamiento de Josemaría Escrivá de Balaguer, el santo español fundador del Opus Dei, y el motivo por el cual se esforzó en difundir el mensaje cristiano con un acento fundamental en la libertad. En él se encuentra un llamado a la responsabilidad, que es una invitación a practicar las virtudes humanas y cristianas como la caridad y la justicia con todos, especialmente los más necesitados.

Esta enseñanza es también una convocatoria a asumir los deberes propios de la condición de ciudadano, lo cual no es sino una muestra de su espíritu secular y laical, que deja de lado cualquier forma de clericalismo de derecha o de izquierda, ambos dirigidos a instrumentar la fe hacia una particular ideología.

(*) Profesor emérito de la Universidad Austral, Director académico del Instituto de Cultura del Centro Universitario de Estudios.