Opinión
UNA MIRADA DIFERENTE

La mano izquierda de Dios

Tu vida desde entonces fue un suicidio,
vorágine de horrores y de alcohol.
Anoche te mataste ya del todo y mi emoción
te llora en tu descanso... ¡Corazón!

Infamia, tango; Enrique Santos Discépolo. Filósofo y Sociólogo mayor de la República Argentina.

 

Los grandes predicadores católicos y hasta teólogos eminentes, suelen utilizar el término “la mano izquierda de Cristo”, para significar el momento en el que Dios, imposible e inverosímilmente indignado con la soberbia de algún mortal, interviene con toda su crudeza y su ira casi humana para marcar de un cachetazo el camino correcto. Equivalente al “Dios escribe derecho con líneas torcidas” también común en tantas prédicas en tantos púlpitos y en tantos textos. 

El miércoles, diría Discépolo, se mató ya del todo Diego Armando Maradona, para muchos, muchísimos, el más grande futbolista de todos los tiempos. Para los que lo vieron jugar, para los que lo escucharon de sus padres, para los que lo vieron en el entretiempo en las canchas cuando era el pibito que, en una suerte de número vivo mantenía la pelota sin tocar el suelo durante todo el intervalo, para los que nunca lo vieron jugar, pero lo siguen viendo hoy en los videos dar ese pase eterno caído y con caño y a Caniggia contra Brasil, o apilarse a cinco ingleses para despatarrar a Shilton. Y luego lo oyen contar que su hermano, en una jugada parecida donde el arquero lo había tapado, le había dicho que tenía que rematar de izquierda, no de derecha, todo recordado en un infinitésimo. 

Seguramente hubo otros grandes. La maravilla de la imagen y de las redes modernas ayudaron a que, a diferencia de otros que fueron leyenda en el recuerdo y el relato de los mayores, las suyas fueron epopeyas y magias que se pueden recrear una y otra vez, que se pueden disfrutar todos los días y diseccionar en la pantalla de la PC o el celu.  Y, además, que estuvieran siempre ligadas a la épica, al heroísmo, a los sueños imposibles. Al triunfo de los David sobre los Goliat de todos los tiempos. Por eso, todo lo que dijeron los zócalos y los titulares de todos los medios, los tuits y las cartas de todo el mundo sobre su gloria futbolística, es cierto. 

Trágico contrasentido

En un trágico contrasentido, todo los elogios y palabras bonitas sobre los otros aspectos de su vida de los mismos zócalos y tuits no son ciertos. La columna no cree que la muerte cambie los cánones de lo que está bien o mal, ni que sea capaz de modificar el pasado y las conductas pretéritas de los individuos. Sí cree que no es honesto criticar a quien no se puede defender, además de ser algo inútil. Tampoco eso agregaría ni restaría un ápice a su deslumbrante habilidad futbolística. 

La mano izquierda de Dios que lo cacheteó fatalmente el miércoles hace que su vida, contrariamente a lo que se dice por ahí, sea un gran ejemplo para la juventud: le muestra que esto es lo que hacen el alcohol, la droga, la soberbia, la poca educación, el egoísmo, con un privilegiado, un prodigio, alguien que tiene la capacidad de emocionar multitudes y de hacer llorar de alegría a un pueblo. Y cómo pueden transformar a un mago de su deporte en un despojo humano que termina siendo arrastrado a una cancha de fútbol vacía en una triste exhibición de decadencia por los mercaderes de lo que llaman marketing, porque no tienen el coraje de llamarlo canallada. 

Fuera del fútbol, sobran motivos para reprocharle todo a Diego Maradona. Pero para tener autoridad moral para ese reproche, para tener equilibrio en la crítica y en la saña, habría primero que echar un vistazo al comportamiento de quienes vivieron de él, de quienes lucraron con él, de quienes sí se consideran serios, probos, ejemplares, amorosos, solícitos, generosos, incorruptibles, desapegados del poder y de todo egoísmo y de todo ventajismo político. De todos los que se le colgaron de su fama, de su dinero, de su imagen en vida, o en casivida, de quienes lo exprimieron y también de quienes le consintieron sus caprichos, como el que ejercitó cinco segundos antes de su muerte, cuando se negó a aceptar el tratamiento prescripto y los controles médicos. Y ahora muerto, se le cuelgan de la cruz, como diría ese otro filósofo de barrio, Cátulo Castillo. 

Le colgaron la cruz

Qué cosa, sino eso, hicieron Alberto y Cristina Fernández, que se le colgaron de la cruz el jueves, al transformar su velatorio y su despedida en un circo, no por la masa de hinchas que era previsible que se acercarían a decir adiós a su ídolo máximo, sino por querer reproducir la épica falsa del velorio de Néstor Kirchner, que reflotó a Cristina desde la derrota para hacerla ganar la reelección por lástima. Por obligarse a ignorar que no sólo la Casa Rosada no era el escenario físico apropiado para esa ceremonia, por obligarse y obligar a sus especialistas a ignorar que cualquier concurrencia de miles de personas sería inmanejable si no se organizaba en serio, y no como un evento. Y no en Balcarce 50. Aunque se lo carguen a la familia. Fernández (el pequeño) cree que hizo una gran tarea de organización. Lo que hizo fue una gran tarea para perder toda autoridad para seguir inventando apodos para la cuarentena. 

Por el insulto de las selfies, que merecería una elemental reacción de esquina de cualquier amigo o deudo, por el hubris, el ego, el narcisismo y la especulación de la viuda que quiso volver a serlo en una foto posada como la de la silla de ruedas, en la que nadie creyó y que provocó la reacción bárbara de los hinchas postergados y alejados del velorio, (los hinchas llevan siempre en su mochila la bengala o la cadena de barrabrava) y por la grosería de Alberto Fernández al cambiar la camiseta con la que la hija había cubierto el cuerpo de su padre, con lo que demostró que, además, tapoco sabe nada de fútbol. Para culminar con la primera viuda ordenándole al ministro de Pedro que culpara del incidente que ella y sólo ella había provocado a la Ciudad de Buenos Aires, que, en este tema, como en otros, había acatado las órdenes presidenciales, como siempre. Luego siguió el apoyo genuflexo de la ministra de seguridad, que domina el tópico. 

Por eso, ¿quién tirará la primera piedra, ya que se cita aquí a los teólogos? ¿Quién puede acusarlo de incumplir tantos contratos si es ciudadano de un país que incumple sistemáticamente todos los contratos que firma, con el pueblo, con los jubilados, con los acreedores, como el compromiso de mantener el valor de la moneda, como las AFJP, como los impuestos patrimoniales?

¿Quién puede reprocharle que en Boca tuviera un suplente para orinar en los frascos de las pruebas antidoping, o si como él mismo dijo tuviera un pacto con la FIFA y la Federación Italiana para no ser testeado, si su país se burla todo el tiempo de la justicia, la coimea, la aprieta, la corrompe, la manosea, la carpetea y por último la pisotea, la cambia, nombra jueces amigos para ser juzgados por ellos? ¿No lo hace hoy mismo al trampear en pleno duelo hipócrita el sistema legal para elegir procurador general? ¿No le da vergüenza a la beneficiaria de la impunidad usar el dolor popular y la conmoción para esconder en segundo plano su vómito de impunidad? ¿No hay derecho a pensar que la foto del jueves era una trágica burla que sólo ella cree que no se nota? 

¿Cabrá enrostrarle al muerto el haber maltratado a sus mujeres o no reconocido a sus hijos cuando se tapan los escándalos de Alperovich, de varios sindicalistas y gobernadores, de tantos funcionarios, punteros y legisladores?

¿Alguien lo hallará culpable de drogarse cuando tantos funcionarios se drogan y no pueden pasar una rinoscopia, cuando no son cómplices del narcotráfico, para no decir capos? 

¿Acaso se le puede insultar por haber apoyado a Castro, a Chávez, Maduro y a otros dictadores populistas progresistas, por convicción o por interés económico, cuando el peronismo votado por el 48% del país firmó y defiende un pacto con Iran y ha apoyado enfática y sistemáticamente a los peores dictadores de la región y el mundo, a veces con claros intereses económicos personales de por medio como el pacto de los Boden 2015 entre los Kirchner y Chávez? 

¿Se le puede acusar de fallar, de incumplir su palabra, de traicionar confianzas en un país donde Carlos Menem decidió en medio del conflicto bélico entre Perú y Ecuador vender dolosa, traidora y solapadamente armas a Ecuador, cuando Perú había tomado una generosa, desinteresada, valiente y onerosa posición a favor del país en la guerra de Malvinas y luego hacer volar una fábrica y medio pueblo para ocultar ese desastre? 

¿Alguien se atreve a acusarlo de soberbio después de escuchar los discursos de las beneficiarias de cupos, esposas, hijas y amantes de funcionarios hablando sobre temas de los que no tienen la menor idea, despreciando y bardeando a los que no piensan como ellas pero que saben mil veces más de ellas del tema que se trata? Escuchen el lector y la lectora las cosas que dicen o escriben en sus tuits. Y reflexionen.

También se le podría acusar por su ignorancia, por su falta de educación formal, por el pecado de ser un futbolista burro que sólo sabe meter bien una comba o llevarse a la rastra a medio equipo contrario ¿Quién lo hará? La reina del Senado cuyo título es un secreto de Estado que no se puede mostrar, como el Cáliz Sagrado, la piel de Zapa o el Vellocino de oro? ¿O la fila de presidentes y potentados peronistas que se recibieron en dos años de abogado en una hazaña que envidiaría Velez Sarsfield?

Una ofensa a todos

¿O lo harán los que se ocupan de destruir hace décadas la educación popular, desde la política, los sindicatos o la docencia militante, que no le dan ninguna posibilidad de una vida mínimamente digna a muchos maradonitas que viven o padecen en lugares peores que Fiorito, y que no tienen la suerte de poder mantener una pelota diez minutos en el aire sin que toque el suelo? El cartel de CTERA en la marcha-velorio fue una ofensa a todos, de quienes no quieren ir a enseñar arguyendo el temor al contagio, pero van a un acto de decenas de miles de personas vociferantes y amontonadas a hacer bandera y gritar estupideces, mientras matan a los maradonitas una y otra vez, todo el día, todos los días. Hay un nombre para esa gente. Un lapidario grito de tribuna reservado para algunos árbitros selectos. Codesal, ponele.

Y un paso más adelante, ¿no hay una similitud entre el Maradona talentoso usado, engañado, fomentado en sus peores impulsos, finalmente vivido y esquilmado y lo que le pasa a la sociedad argentina, igualmente talentosa, igualmente desperdiciada, igualmente estafada, igualmente engolosinada con abolicionismo, negacionismo y falsa complacencia que tarde o temprano estalla y se destruye fatalmente? Hay un populismo individual. Hay un populismo colectivo. Pero el efecto es igual. Como en aquel cuento de Borges, El muerto, la víctima de ese populismo está muerta desde el mismo comienzo. Sólo que no lo sabe. 

Lo que lleva a una sola conclusión. Maradona es argentino. Es nuestro embajador, nuestra síntesis, nuestro fruto, nuestra conducta, nuestra idiosincrasia, nuestro pasado y nuestro destino. Nuestro símbolo y nuestro ídolo. Obviamente que no se trata de acusar a cada argentino en su individualidad, pero así se comporta la sociedad en promedio, así vota, así elige, así actúa, así le va. El fútbol lo salva, como lo salvan otros valores personales, milagrosos, mágicos, como el talento artístico, o profesional, médico, químico, musical, artesanal. Individualidades casi heroicas. La de trabajar, por ejemplo.

En una instancia gravísima de Argentina, cuya dimensión parece no haberse advertido plenamente, el país sigue creyendo que alguien le corta las piernas sistemáticamente, lo traiciona porque rompe el pacto que le permitía drogarse, o infringir las reglas, o burlarse de la justicia, y, sobre todo, cree que la pelota no se mancha. Que la palabra no importa. Que la seriedad no cuenta. Que la seguridad jurídica, el derecho, la ley, el orden y el respeto por las instituciones y por el resto de la sociedad, no tienen importancia frente a las necesidades propias. Que la vergüenza es un sentimiento innecesario y la conducta una carga insoportable que se carga sobre los hombros cual un moderno e inútil Atlas. 

La mano izquierda de Dios no estalló sólo en la trompada final sobre el cuerpo y el alma desgastados y maltratados de Diego Maradona. Estalló simultáneamente sobre la sociedad argentina. Y estallará cada día de aquí en más. Pero la sociedad, por lo menos su mayoría y casi toda su dirigencia, prefiere no verlo. Siguen repartiéndose las pilchas y los bienes del muerto, siguen discutiendo la herencia futura, siguen “probándose la ropa que vas a dejar” como también dijo ese gran historiador del futuro, Enrique Santos Discépolo. 

¡Qué difícil determinar la diferencia entre esa sociedad y Diego! Ambos muertos mártires, como nos gusta. Ambos negadores. Ambos soberbios. Ambos patéticos. Ambos creyendo que el mejor gol a los ingleses fue el que se hizo con trampa. Con la mano izquierda. Con la misma mano conque golpea Dios para llamar a la realidad. 

Por eso la conclusión y la sensación sobre lo que le pasa y le pasará al país, es la misma que el columnista tuiteó sobre Diego, a minutos de conocerse su muerte: ¡qué difícil llorarlo! ¡Qué difícil no llorarlo!