El 1º de agosto conmemoraremos dos siglos y medio de la creación del Virreinato del Río de la Plata. Ese día, desde San Ildefonso, Carlos III concedió a don Pedro de Cevallos el título de Virrey, Gobernador y Capitán General de las Provincias del Río de la Plata. El episodio tiene trascendencia no sólo en nuestro país sino también en Bolivia, Paraguay y Uruguay, que formaron parte del mismo, tanto que el Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay que preside el embajador Juan José de Arteaga ha organizado un encuentro para conmemorar esta fecha. La Prensa adhiere a este aniversario con una serie de artículos a publicar los domingos, recordando a los virreyes y a distintos aspectos de la sociedad de ese momento.
CUENTOS ALEGRES
Cevallos había sido nombrado comandante de la expedición para ocupar la Colonia del Sacramento en poder de los portugueses, y atento la experiencia de otros fracasos en otras regiones del reino escribió: “Yo no pienso que se deban hacer ligeramente cuentos alegres para despreciar de lejos los enemigos porque de este modo de pensar hay muchos ejemplares de haber tenido las empresas sucesos muy infelices”.
Se dispuso de una poderosa escuadra de guerra y mercante al mando del marqués de Casa Tilly, integrada por seis grandes naves, nueve fragatas, dos bombardas, dos paquebotes, el bergantín ‘Hopp’, y noventa y seis barcos mercantes, que partió de Cádiz el 13 de noviembre de 1776. Cevallos comandaba poco más de 8.000 hombres, de los cuales 447 eran oficiales, sin contar el Estado Mayor, la Intendencia y el personal de servicio. A comienzos de enero lo alcanzaron dos navíos y una fragata con una Real Orden que disponía se apoderara en primer término de la isla de Santa Catalina.
A pesar de algunos reparos del comandante de la escuadra, al que debió conminar a tomar el rumbo ordenado; arribó el 20 de febrero y tomó posesión de la ciudad y de la isla, sin resistencia. Ello motivó que un poeta que había embarcado en la expedición escribiera: “Viva nuestro General, / Viva quien sin más defensa / Que oír su nombre avasalla / A la enemiga potencia. / Viva quien así nos manda, / Viva quien así gobierna, / Viva don Pedro Cevallos, Viva y nunca muera”. El conde de Fernán Nuñez al referirse al episodio decía: “En toda su vida ha obtenido el buen soberano una victoria más conforme a su gusto, porque ha conseguido cuanto quería, sin derramar una gota de sangre”.
Después de dejar Santa Catalina con una guarnición militar, la flota siguió a Montevideo, donde se reabasteció, para seguir a la Colonia del Sacramento, a la que puso sitio, ubicando la fuerza fuera del tiro de cañón de la plaza. El coronel Francisco José Da Rocha, que se hallaba al frente de la misma, no hizo la menor resistencia, y ordenó un inventario de las existencias de alimentos en los almacenes reales, en los comercios como en las casas particulares. El resultado era desolador, los niños padecían hambre por falta de leche, no había harina y un religioso declaró que para él y los suyos contaba con la carne de un perro conservada en salmuera. Todo ello condujo al comandante a una honrosa rendición, que se verificó el 3 de junio. Continuar la marcha sobre Río Grande, como estaba en el proyecto inicial, no se concretó porque un despacho de Madrid informaba la firma del Tratado de San Ildefonso.
RAZONES
Obedecía la creación del nuevo virreinato a la necesidad de un gobierno fuerte en las distintas regiones del Río de la Plata, tan alejadas del Perú. El mismo Cevallos en carta al conde de Ricla le decía pocos días antes de su designación: “El que fuese mandado ha de tener precisamente con el gobierno y mando militar, el gobierno y mando político de la Provincia de Buenos Aires porque sin él no podrá mover aquellas gentes. También conviene que su mando se extienda a las provincias de Paraguay, Tucumán, Potosí, Santa Cruz de la Sierra, etc.”, lo que revela su visión geopolítica.
Llegó a Buenos Aires el 15 de octubre de 1777, el Cabildo y toda la ciudad no ahorraron esfuerzo alguno para recibir al primer virrey, se ordenaron luminarias, corridas de toros, arreglo de las calles; muchos lo recordaban cuando desde 1756 y durante una década había sido gobernador. Era “voluntarioso y enérgico, valiente; católico ferviente y exagerado, ávido de gloria y de conquista y amante desmedido de lujo y de riquezas, ávido de glorias y de conquista”, aunque curiosamente su figura no fue llevada nunca al lienzo.
Justamente, esto último lo tuvieron muy en cuenta los ricos vecinos Manuel del Arco y Domingo de Basavilbaso, cuyas residencias eran de las pocas que tenían aljibe, por no decir las únicas, y decidieron hablar con don Francisco Antonio de Escalada, don Miguel Mansilla, don Marcos José de Riglos y don Manuel Joaquín de Zapiola, para hacer el más fastuoso recibimiento.
El 15 de octubre de 1777, las campanas de vuelo de la catedral, San Ignacio, La Merced, San Francisco y Santo Domingo, además del tronar de los cañones del Fuerte, anunciaron que don Pedro de Cevallos Cortés y Calderón, capitán de los Reales Ejércitos y caballero de la Orden de San Jenaro, acababa de pisar la ciudad en su calidad de primer virrey del Río de la Plata.
Hubo saludos oficiales, oración de acción de gracias, el tradicional besamanos y todo el mundo se fue a descansar. Buenos Aires, esa ciudad que había nacido en medio del horror del hambre, por primera vez se convertía en cortesana, y la residencia de los gobernadores en el Fuerte era desde ese momento el “palacio virreinal”.
Sus salones se abrieron esa noche para el baile, resplandecían las salas iluminadas con velas, cuyas luces se reflejaban en los espejos que adornaban las paredes. Catorce músicos en violines y clavicordio ejecutaron las danzas que se sucedieron ininterrumpidamente hasta la
madrugada. A la medianoche se sirvió el primer gran convite, como se lo llamó, o banquete de la ciudad.
CELEBRACION
Durante un mes se acumularon los víveres, los primorosos manteles de hilo bordados, la vajilla y la bebida. Para que nada quedara librado al azar, ya que la fiesta duró cuatro días, se contrataron 16 esclavos para el servicio de la cocina, se cambiaba diariamente el personal encargado del servicio de la mesa y una lavandera se ocupó de la limpieza de los manteles.
Para aumentar aún más el boato se mandaron hacer cubiertos de plata para que los comensales los llevaran como recuerdo. Ninguno lo guardó con los debidos recaudos y hoy no contamos con ese testimonio.
Por si fuera poco, se compraron 25 cajas de dulces de Chile y 10 arrobas de dulces de almíbar, naranja, sandía, batata, toronja, membrillo, limoncillo y otras delicadezas más. La provisión incluía 81 pavos, 300 gallinas, 71 patos, 240 pollos, 160 pares de pichones de paloma y 6.200 huevos. Sin contar además 8 terneras, chorizos, jamones, lenguas, y manteca, sal, almendras, chocolate, limones, azúcar y aceite.
Todo esto fue regado con abundancia, al extremo que sobraron un barril de vino de Burdeos, 40 botellas del mismo vino, 181 botellas de otras marcas y 32 frascos de licores. Semejante maratón gastronómica costó la suma de 6.000 pesos.
EL SUCESOR
Don Pedro de Cevallos sin duda habrá quedado deslumbrado con el recibimiento y sus organizadores muy bien posicionados. Pero no se llevaba bien con el gobernador don Juan José de Vértiz y Salcedo, al extremo que envió informes negativos sobre éste a la corte. Grande debió ser su sorpresa: a menos de un año de estar en el cargo, a comienzos de junio de 1778, un día abrió un pliego con la noticia de que Vértiz era su sucesor.
Pero aún nos queda mucho por narrar de don Pedro, en otra nota.