Correo de lectores

La liturgia de los números inflados

Sr. Director:

Hay cifras que, con los años, adquieren la textura de los dogmas, se repiten, se inflan, se veneran. Sin embargo, cuando uno desciende de la liturgia al polvo- ese mismo polvo donde yacen los huesos- aparecen números menos épicos y bastante más incómodos.

La CONADEP habló de 8.263 muertos y desaparecidos. Los “laboriosos” equipos del Equipo Argentino de Antropología Forense, dicen haber logrado identificar 1.652 restos. Y aun concediendo, con generosidad casi ritual, que la cifra real pudiera duplicarse- como cada marzo reclaman los devotos del duelo amplificado- apenas rozaríamos los 3.300.

Pero claro, en esta contabilidad sentimental los números nunca alcanzan, necesitan inflarse para sostener la épica. Así, los desaparecidos se convierten en símbolo absoluto, aunque representen apenas una fracción del total de muertos que le dejó al terrorismo aquella guerra cruel y subterránea.

Y entonces aparece la paradoja, incómoda como toda verdad sin maquillaje. Si ese número- 8.263 muertos entre caídos en combate y desaparecidos, infligidos a la guerrilla- fue el precio que se les hizo pagar a aquellos que querían llevar adelante el experimento de una Argentina cubanizada donde la escasez fuera el sistema y la libertad un recuerdo, diría que les salió barato, aunque a nosotros no nos alcanzó. Si los 30.000 hubieran sido verdad, es seguro que hoy seríamos un país mucho mejor.

Esta es la verdad brutal de los setenta. Sí, la conclusión es áspera, pero inevitable. Hoy lo que importa es que respiramos libertad gracias a quienes se ensuciaron las manos eliminando a los que soñaban con convertirnos en esclavos. Y esos mismos, los que nos salvaron de ser Cuba, hoy se pudren en cárceles por nuestra cobardía.

Una libertad que incluso concede, a los estériles gusanos que se arrastran en el periodismo y la política, el privilegio de tergiversar la historia y vender su carroña como verdad. Esa libertad, conquistada con sangre, la de los nuestros, que es la que vale, se degrada cada vez que permitimos que los carroñeros la usen para escupir sobre quienes la hicieron posible.

José Luis Milia
josemilia_686@hotmail.com