La Guerra Civil española está repleta de episodios tan insólitos como dolorosos. Guernica se convirtió en el símbolo de los bombardeos aéreos contra la población civil. En la cárcel de San Cristóbal, en Pamplona, casi ochocientos presos protagonizaron en 1938 la mayor fuga carcelaria de la historia de Europa, planeada en secreto en esperanto. Y en Toledo, durante los primeros meses de la contienda, el asedio del Alcázar terminó siendo uno de los episodios más singulares de la guerra y, posteriormente, un poderoso símbolo de la propaganda franquista.
El 18 de julio de 1936 se extendió por la península la alzada militar iniciada el día anterior en el Protectorado español de Marruecos. Franco, Mola y una parte importante del generalato se habían levantado contra el gobierno de la Segunda República. El fracaso del golpe en numerosos lugares dio paso a una guerra que se prolongaría durante casi mil días y dejaría una herida profunda en la memoria española.
En Toledo, el coronel José Moscardó se sumó a la sublevación y concentró en el Alcázar a cientos de militares y guardias civiles, además de sus familiares y otros civiles. En total, alrededor de 1.900 personas quedaron encerradas en la fortaleza, entre ellas unas 500 mujeres y medio centenar de niños.
Moscardó decidió resistir allí hasta el final. Las fuerzas republicanas iniciaron entonces el asedio y comenzaron a bombardear el edificio. Durante más de dos meses, intentaron forzar la rendición de los insurrectos con artillería, intentos de asalto y la voladura de dos minas bajo el Alcázar.
El episodio más célebre ocurrió el 23 de julio. Según la versión difundida posteriormente por los sublevados, Moscardó recibió una llamada telefónica en la que le comunicaron que su hijo Luis sería ejecutado si no entregaba la fortaleza. Moscardó se negó a rendirse. Luis fue asesinado un mes después, el 23 de agosto, junto con otros detenidos.
Los bombardeos y las explosiones dejaron el Alcázar prácticamente en ruinas. A pesar de ello, la resistencia de los defensores no cedió. Resulta increíble imaginar que un ejército ataque durante más de sesenta días un edificio y no consiga liberarlo. Sin embargo, sucedió.
A fines de septiembre, las fuerzas nacionalistas que venían desde el sur encaminaron su marcha hacia Toledo. Poco después, rompieron el cerco y rescataron a sus camaradas. El asedio había terminado.
La operación tuvo consecuencias que excedieron el valor militar de la conquista. Francisco Franco sería nombrado jefe del Estado que los rebeldes formaron en Burgos. La relevancia del operativo fue decisiva para que lograra imponerse sobre el general Mola, su rival interno en el control del mando de los sublevados.
Para la República, entretanto, la llegada de los nacionalistas significó la pérdida de Toledo. Pero tuvo una consecuencia todavía más amplia: Franco había decidido desviar hacia la ciudad a parte de las fuerzas que avanzaban sobre Madrid. Aquella decisión les permitió a los madrileños ganar un tiempo precioso para reforzar sus defensas.
Es difícil saber qué habría ocurrido si aquellas tropas hubieran continuado su marcha. Quizás Madrid habría caído y la guerra habría terminado de inmediato. Tal vez el destino de España habría sido otro. Y a lo mejor el “No pasarán”, que se convertiría en símbolo de la resistencia, nunca habría sido pronunciado.
Lo que sí se sabe es lo que logró la propaganda franquista. Las fotografías de las ruinas del Alcázar recorrieron el mundo y fueron utilizadas para atribuir a la República una destrucción deliberada y brutal. El relato buscaba imponer la imagen de que el bando republicano era el principal responsable de la violencia, mientras se ocultaban las matanzas cometidas en los territorios controlados por los rebeldes.
Y fueron muchas. En Badajoz, en agosto de 1936, miles de personas fueron asesinadas tras la entrada de las tropas sublevadas. En Málaga, la población que huía hacia Almería fue atacada desde tierra, mar y aire: la Desbandá. En otros lugares, la represión nacionalista se extendió mediante ejecuciones, cárceles y desapariciones. Los bombardeos sobre Madrid, Durango y Guernica mostraron que la población civil había pasado a ser un objetivo de una guerra cada vez más cruel.
No se trata de negar la violencia ejercida en la zona republicana. También existió, fue brutal y dejó miles de víctimas. Se trata de recordar que la propaganda franquista convirtió la violencia republicana en una explicación casi total de la guerra, mientras construía un relato heroico de la sublevación y silenciaba durante décadas la represión ejercida por los vencedores.
Noventa años después, ya no hay ruinas. El Alcázar fue reconstruido. Sin embargo, la insólita historia que lo tuvo como protagonista permanece. Es que, alrededor de aquellas ruinas, comenzó a construirse uno de los grandes mitos de la Guerra Civil española.
* Escritor y abogado. Autor de ‘Sin tu venia’, ‘Un puente en la niebla’ y ‘Espejos rotos’.