La vida es efímera. Todos sabemos que vamos a morir. Pero esa idea es tan aterradora que pasamos nuestra existencia negándola o al menos evitando pensar en ella, salvo circunstancias particulares o trágicas que nos hacen aceptar nuestra condición de “invitados” a esta fiesta de la vida, y la conciencia de que esta celebración tiene fin.
Para luchar contra esta conciencia de finitud, cada cultura ha construido un conjunto de creencias para manejar la idea de que la muerte no es necesariamente el fin.
Stephen Cave, actual profesor de la Universidad de Cambridge, que usted puede ver en YouTube con una excelente conferencia llamada “¿Quién quiere vivir para siempre?” (título de una hermosa canción de Queen), comenta esta elusiva intención de algunos. ¿Se puede vivir para siempre? Pues no… y lo sabemos, pero a muchos les encanta jugar con esta idea. De hecho, algunos sufridos seguidores de esta columna podrán recordar un artículo con ese nombre sobre la criopreservación, que es una forma fantasiosa de jugar con la eternidad.
A lo largo del siglo XX y lo que va del XXI hemos duplicado nuestra expectativa de vida: de menos de 40 años en 1900 pasamos a más de 80 en 2026.
Este aumento espectacular es multifactorial: disminución de la mortalidad infantil, avances médicos, acceso al agua potable, vacunas, mejor alimentación, etc., y ha creado en algunos una ambiciosa aspiración: ¿y si en los próximos cien años duplicamos las expectativas y vivimos ciento sesenta años?
Dejando de lado las limitaciones socioeconómicas (la inversión de la pirámide social y la inevitable pregunta: ¿quién nos va a mantener?), hasta ahora sabemos que nuestra vida tiene un “final date” que ronda los ciento veinte años, lo más que han vivido los longevos hasta la fecha. Y ese límite se debe a los telómeros, secuencias repetitivas de ADN no codificante en los extremos de los cromosomas que funcionan como un reloj biológico que determina el envejecimiento y la muerte celular.
Como decía Stephen Cave, todas las culturas, desde los albores de la humanidad, han manejado esta aspiración a la inmortalidad con distintas creencias que podríamos reducir a cinco planes.
Plan A: tratar de vivir para siempre -como los que se embarcan en la criopreservación de sus cuerpos o sus cabezas-.
Plan B: renacer físicamente después de muerto. Resurrección o reencarnación.
Plan C: creer que, aunque nuestro cuerpo se corrompa, nuestra alma inmortal continúa existiendo en alguna parte del universo.
Plan D: vivir a través de nuestro legado o descendencia, sea por nuestro trabajo, nuestra herencia económica o intelectual y la continuidad de nuestros genes en nuestros hijos, nietos y demás descendencia.
Los hindúes y los budistas suelen adherir al Plan B, mientras las religiones abrahámicas (judaísmo, cristianismo e islam) se suscriben al Plan C y eventualmente al B, jugando con la idea del juicio final cuando nuestras almas serán juzgadas.
Siempre existirán algunos escépticos que creen que solo seremos pasto de los gusanos o el fuego y que sólo nos espera la oscuridad infinita (Plan E), como está inscripto en una bóveda piramidal en el cementerio de la Recoleta: “Acá no hay nada... solo polvo”.
Por esta creencia (o falta de creencia) es que en los últimos años cada vez se creman más cadáveres. La preservación del cuerpo en espera del final de los tiempos ha perdido seguidores.
También ha proliferado la intención de persistir en el recuerdo.
Hay una mayor necesidad de perseverar en la memoria a través de obras filantrópicas, museos y obras de arte antes que construir tumbas y monumentos mortuorios en memoria de los difuntos. Por siglos, los escultores vivieron del arte funerario, arte que se está perdiendo.
“La muerte no llega con la vejez sino con el olvido”, decía García Márquez.
Muchos sostienen que la inmortalidad se obtiene a través de la descendencia pasando parte de nuestro código genético a través de los hijos. Esta inmortalidad de nuestro código genético es lo que da sentido a nuestras vidas.
El impulso sexual favorece esta inclinación, aunque hoy la actividad sexual se ha escindido de la procreación. Una cosa es la gratificación sexual y otra cosa es reproducirse.
La anticoncepción, la fecundación in vitro, la donación de semen y ovarios han facilitado la reproducción sin sexo y también la falta de reproducción. Hoy son muchas las personas que desean limitar la reproducción o, simplemente, no tener hijos, lo que quita esa tendencia a la inmortalidad de su código genético (o al menos la mitad de nuestros cromosomas).
La baja de natalidad es notable, no solo acá sino en todo el mundo, y se da especialmente en las clases más pudientes. Las razones no siempre son claras: pesan cuestiones económicas y, sobre todo, tratar de disfrutar de la vida sin el “estorbo” de hijos que limitan la capacidad de tener una “vida plena” sin compromisos. Las nuevas generaciones no buscan comprometerse emocionalmente ni laboralmente, solo disfrutar y afanarse en encontrar una elusiva felicidad.
Eso del “amor eterno”, de la lealtad, de compartir la adversidad por los siglos de los siglos, no tiene tantos seguidores en estos tiempos.
De allí que cada día la opción A, la de prolongar la existencia, se ha convertido en la meta de muchas personas valiéndose de los conocimientos que nos dan la biología celular y la medicina.
Cada día sabemos más del proceso de envejecimiento y lo buscamos en terapéuticas, dietas y formas de vida que prolonguen nuestras vidas. En los últimos diez años se han publicado más de 300.000 artículos científicos sobre las causas del envejecimiento. Existen 700 compañías que mueven billones de dólares con la finalidad de atrasar el envejecimiento y prolongar la vida. Sin embargo, y a pesar de algunas afirmaciones muy optimistas con respecto a algunas drogas como la metformina, las evidencias científicas no llegan a confirmar su utilidad con ese fin.
Hasta ahora sabemos que una dieta saludable, el ejercicio y la prevención de enfermedades son los pocos parámetros que pueden prolongar las expectativas de vida.
¿No es arrogante pensar que podemos desafiar a la muerte y al envejecimiento valiéndonos de la ciencia y la tecnología?
¿Quién va a pagar este festival geriátrico? ¿Acaso la finalidad de la vida es el ocio?
¿Quién se verá beneficiado por este proceso? ¿En qué tipo de mundo viviremos cuando la población tenga una edad promedio de más de cincuenta años?
¿Quién va a mantener a millones de personas mayores ociosas con la capacidad disminuida que trae el envejecimiento? De algo estoy seguro: no hay nada más peligroso que un humano ocioso.
“Teme a la vejez, pues nunca viene sola”, decía Platón.
Y los desafíos están planteados en esta incertidumbre de una vida efímera que tratamos de prolongar, aunque sepamos que el final es inexorable... y sin embargo la búsqueda continúa, con anuncios fantasiosos empujados por ambiciones económicas de trillones de dólares que prometen vidas longevas y plenas, de “ser joven por más tiempo”... algo que nadie, nadie, nadie puede garantizar.
“Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor”. Apocalipsis 21:4.