Hace 48 horas el ministro de Hacienda porteño, Néstor Grindetti, advirtió que "hay que prepararse para una crisis", y pidió al Gobierno que "ataque la inflación" para devolver la competitividad a la economía. Sus palabras pueden tomarse como las de un opositor, de un pesimista profesional, pero simultáneamente dos ex presidentes del Banco Central alertaron sobre los riesgos de una inminente recesión, al tiempo que se conocían datos macro poco alentadores: pese a la baja de los últimos meses en el ritmo de crecimiento económico, la inflación se mantiene en un 2% mensual.
Prácticamente la totalidad de los economistas no "K" coinciden en que el problema central del "modelo" es la inflación, que fue primero ignorada, después negada y finalmente ocultada con los resultados a la vista. El envilecimiento de la moneda hizo en un principio volar la demanda, pero como esa demanda tenía un origen artificial, no hubo inversión y la oferta no la acompañó. El desacople disparó los precios y terminó impactando sobre las demás variables. Ahora que hay crisis en las economías desarrolladas el panorama se complica cada día un poco más.
¿Qué hizo el Gobierno? Empeorar la situación con medidas equivocadas o, pero aún, hablando de cualquier cosa menos del problema central: la inflación. A fines de 2006 creyó en que con la inflación el crecimiento iba a ser eterno y sin costo. Cuando empezaron las protestas, destruyó el Indec. Como la inflación se reía del Indec, quiso anclarla con el dólar y congelando las tarifas energéticas, lo que derivó en atraso cambiario, falta de competitividad y graves problemas fiscales por el costo delirante de los subsidios.
Sin inversiones en energía, hubo que importar combustibles y comenzó a ser negocio comprar dólares para sacarlos del sistema (vulgo, fugar capitales). Para ese momento ya la situación era difícil: el gasto no bajaba por las elecciones, los salarios subían por el ascensor y los precios en helicóptero. Cuando empezaron a escasear los dólares se dispuso el corralito cambiario y de importaciones generando presión sobre el "blue", problemas para conseguir insumos y costos internos que empezaron a ser calculados a 6 pesos por dólar. En otras palabras, más leña al fuego.
El último refugio del inacabable palabrerío oficial para no hablar de la inflación fue el patriotismo. Se lo utilizó en ocasión de la captura de YPF, pero como era impostado duró poquísimo. La Presidenta lo reavivó el 25 de Mayo atribuyendo a su gobierno nada menos que el haber "devuelto la patria" a los argentinos. El abuso de las pulsiones nacionalistas aleja el debate de los problemas reales y de la racionalidad política.
El discurso "nacional y popular" reclama para así el monopolio del altruismo y de la moral. Sólo quienes lo proclaman piensan en el bien común y escapan a la lógica del lucro personal y la codicia. Así utilizan la política no en beneficio propio sino para restaurar la justicia social. Quienquiera los critique es por lo tanto un enemigo de la patria. No hay réplica racional para esta postura, pero ese no es el problema. El problema es que se usa para eludir el debate sobre la inflación y justificar los gruesos errores que la reavivaron. Es hora de terminar con esos errores; antes de que sea tarde.