“Mi único heredero es el pueblo”. Juan Domingo Perón encontró la forma ideal para licuar su sucesión y evitar tener que designar a alguien en particular para que tome su legado. Lo que vino después, ya es historia conocida en donde múltiples dirigentes se sintieron los más cabales representantes de la continuidad del peronismo, el partido del poder. En ese punto, se da la principal y única coincidencia a lo largo de los tiempos. Hasta ahora. La política del Conurbano bonaerense ya entró en tiempo de descuento. Si la ley que limita las reelecciones no se modifica, 2027 marcará el final formal de varios liderazgos municipales que gobiernan desde hace años. Pero el problema no es el final. El problema es cómo se administra la salida sin perder el control. En definitiva, el trámite sucesorio ya está en marcha. Y nada mejor que la lógica territorial para entender sus verdaderas derivaciones y complejidades.
En distritos donde el intendente o el barón es mucho más que un gestor -es árbitro, jefe político y garante del orden interno- la imposibilidad de volver a competir abre una grieta silenciosa. Nadie lo dice en público, pero todos lo saben: la sucesión empezó antes de tiempo. Si bien hablar de este tema cuando recién amanece el año 2026 empuja a mostrarse como una acción precipitada, pero en términos de calendario no lo es tanto.
Mientras deshoja la margarita sobre si aceptar o no la presidencia del PJ bonaerense, cuyo plazo para la inscripción de candidaturas cierra el próximo domingo, Axel Kicillof sentó un precedente que podría operar como un efecto boomerang para su propio proyecto político: el desdoblamiento de las elecciones.
La experiencia de septiembre pasado permitió validar con más claridad que nunca la importancia de las jefaturas distritales para empujar sus listas y llevar adelante una victoria apalancada de abajo hacia arriba para el peronismo. El resultado de octubre, cuando esa maquinaria se quedó casi quieta, fue totalmente distinto. Y con el agregado de la puesta en marcha de la boleta única de papel, el combo fue letal.
LA SOMBRA DE LA TRAICION
Al margen de las pujas locales que ya existen pensado en la construcción de la herencia, de no tener otra instancia en reelecciones, los barones buscarán asegurar el territorio para uno propio. Aunque después sean conscientes que será muy difícil no ser víctimas de la traición característica. Es donde juegan con fuerza los egos. Si hasta hay quienes son proclives a dejar caer sus imperios a manos de un rival amigable con tal de no cederle el manejo a uno propio que luego lo desconocerá. No abundan los ejemplos donde las sociedades hereditarias funcionan sin ruido a lo largo de los años.
Hay municipios donde el nombre que suena no es el del funcionario más experimentado ni el del dirigente mejor posicionado, sino el de alguien del entorno íntimo. Si es familiar, mucho mejor. El apellido suma, suelen justificar. En algunos casos, puede tratarse de una figura que ya empezó a ocupar actos, a firmar convenios o a recorrer barrios con una visibilidad inusual. En otros, un apellido que empieza a repetirse en reuniones políticas, aun cuando su recorrido propio es limitado.
También están los casos donde el intendente promueve una renovación controlada: un dirigente joven, pero absolutamente dependiente del liderazgo saliente; alguien que garantiza que nada esencial cambie. La boleta se renueva, el poder no. Los casos más emblemáticos: dejarle el cargo a su propio hijo. Ya hay ejemplos en el Conurbano. Aunque no todos los que lo intentaron, fueron exitosos. El caso de Gustavo Posse ha sido un ejemplo en 2023 cuando no pudo hacer lo que su padre sí había logrado con él. Su hija Macarena perdió frente al actual jefe comunal, Ramón Lanús, uno de los pocos del conurbano que no tiene la preocupación de pensar en un sucesor para el 2027.
Cuando el riesgo es alto, la familia aparece como refugio. No por convicción ideológica, sino por lógica de poder. Un familiar garantiza lealtad, silencio y continuidad. Es la forma más directa de seguir influyendo sin ocupar el sillón principal.
Pero ese camino tiene costos políticos evidentes: desgasta a los oficialismos, erosiona la legitimidad y profundiza la idea de que en muchos municipios el poder no se alterna: se transmite.
INTERNAS QUE NO SE VEN
En más de un distrito del Conurbano, la gestión ya convive con una interna permanente. Las decisiones se calculan en clave electoral, los conflictos se patean y la política cotidiana se achica. Todo queda subordinado a una pregunta que ordena y desordena al mismo tiempo: “¿A quién deja el intendente?”.
En la Provincia de Buenos Aires, el límite legal no ordena por sí solo. Obliga a elegir. Y muchos intendentes parecen haber tomado nota: prefieren heredar antes que soltar.
En ese contexto, muchos jefes comunales optan por cerrar filas, endurecer el control interno y reducir el margen de debate. Lejos de abrir el juego, lo cierran. La sucesión se maneja en círculos cada vez más pequeños, alimentando una política municipal más opaca, más personalista y menos permeable a la participación real. El límite legal, que buscaba oxigenar, termina produciendo repliegue.
Finalmente, hay un dato que atraviesa todo el proceso y que rara vez se dice en voz alta: el temor a lo que viene después. Para muchos intendentes del Conurbano, dejar el cargo no es sólo perder poder; es quedar expuestos. Expuestos judicialmente, políticamente y frente a una estructura que ya no responde con la misma disciplina. De allí la obsesión por dejar a alguien propio, alguien que garantice protección además de continuidad.
LA CLAVE ELECTORAL
La experiencia de haber desdoblado la elección por primera vez, será un escollo más para Axel Kicillof cuando tenga que sentarse a negociar modificaciones en la norma. El mandatario aseguró que está dispuesto a modificar la ley y que vuelvan las reelecciones indefinidas. Un gesto que podría validarse con la necesidad de no pensar en partir las fechas de las próximas elecciones. Nadie que quiera ser presidente puede prescindir del apoyo territorial. Le ha pasado a Sergio Massa quien en 2023 notó el desdoblamiento de los gobernadores que primero aseguraron su tierra.
Pero en la lógica de la experiencia vivida, será complejo convencer a los peronistas que administran sus distritos que no competir en fechas separadas, mucho más si no vislumbran altas chances de un retorno al poder nacional. Aún hay mucho por negociar en un contexto donde la mayor oposición al regreso de las reelecciones está más asentada puertas adentro en la Libertad Avanza, hoy la segunda fuerza bonaerense.
LA FECHA LIMITE
De todos modos, aún lejos de las especulaciones que ya existen, el día a día consume la agenda. La tarea de gobernar en tiempos de vacas flacas ya se hace sentir. La caída de la recaudación municipal es una realidad unánime. Y, aunque se intente evitar su masiva difusión, la inseguridad vuelve a ser el principal tema de preocupación. No es necesario un violento delito seguido de asesinato para saber que el clima social se ha enrarecido. Es ahí donde se nota la diferencia entre una comuna con más o menos gestión, pero hay cuestiones inherentes a todos. Y una problemática de la que poco se habla: la migración de efectivos de la policía bonaerense que pasan a la policía de la Ciudad. Es una cuestión netamente de salarios. “Con 20 efectivos menos, en un municipio significan 10 patrulleros que no pueden circular”, explica un experimentado secretario de seguridad.
Nadie mejor que los barones para tomar la temperatura al clima social. De allí que desprende la preocupación por el análisis que han hecho en diversas mesas días atrás. Para ellos, el mes de abril asoma como bisagra, observan desorientación e incluso han escuchado panoramas muy complejos sobre el rumbo de gobierno por parte de gobernadores que, por ahora, le votan todo al gobierno. Y le atienden el teléfono a Diego Santilli para darle la sensación, que ganó una batalla al evitar la foto de la unidad en el CFI. Recuerdos del 2001 que nadie quiere repetir.