Desde hace varios años venimos sosteniendo que la guerra de Ucrania no puede ser comprendida exclusivamente desde el movimiento de las líneas sobre un mapa. Mucho menos como una sucesión de ofensivas, contraofensivas, localidades conquistadas o abandonadas. Detrás de ellas se desarrolla una confrontación mucho mayor: una prueba de las capacidades económicas, industriales, militares, tecnológicas y políticas de los actores involucrados y, finalmente, una manifestación de las transformaciones que atraviesa el orden mundial.
Dos análisis recientes vuelven sobre esta cuestión desde perspectivas diferentes. El historiador y antropólogo francés Emmanuel Todd sostiene que Occidente ha entrado en una fase de seria desarticulación interna. Philip M. Byrne, en un artículo significativamente titulado The End of Europe, publicado el 29 de septiembre, llega todavía más lejos y afirma, de manera terminante, que “Europe is failing”: Europa está fallando. Es una afirmación extrema, discutible, pero que merece ser observada porque señala problemas reales que trascienden al propio artículo.
Todd resulta particularmente interesante porque viene desarrollando estas ideas desde antes de que muchas de las actuales dificultades fueran evidentes. Su tesis no consiste simplemente en anunciar una derrota militar occidental. Lo que intenta describir es algo más profundo: una crisis interna del sistema occidental que la guerra ha puesto al descubierto.
En una reciente intervención recogida por Harici, Todd señaló una profunda divergencia entre el discurso predominante en los medios y “la realidad concreta de la guerra sobre el terreno”. Y recordó una verdad elemental que Clausewitz seguramente hubiera comprendido: las guerras no se libran solamente con discursos, dinero o declaraciones políticas. Se libran mediante capacidades concretas. Todd lo resume en la expresión “military-industrial capacity”.
Durante décadas, una parte importante de Europa fue reduciendo su autonomía energética, disminuyendo determinadas capacidades industriales y descansando su seguridad estratégica sobre los Estados Unidos y la OTAN. El sistema podía funcionar mientras el escenario internacional permaneciera relativamente estable. Pero una guerra prolongada posee una característica implacable: somete las estructuras de poder a una prueba de esfuerzo.
Y entonces aparece aquello que tantas veces hemos señalado: la guerra termina desnudando las capacidades reales.
Energía, acero, explosivos, misiles, municiones, drones, sistemas de defensa aérea, logística, comunicaciones, satélites, hombres y capacidad para reemplazar lo que se pierde. La tecnología puede transformar radicalmente el campo de batalla, pero no elimina las viejas categorías del poder. Las modifica.
El problema energético europeo es un ejemplo extraordinariamente concreto. No lo afirma solamente Todd ni un articulista crítico del rumbo europeo. Ursula von der Leyen reconoció este mes ante el Parlamento Europeo que Europa “no puede seguir siendo una potencia industrial” si sus precios energéticos permanecen estructuralmente demasiado elevados. Agregó un dato significativo: desde el comienzo del conflicto relacionado con el estrecho de Ormuz, las importaciones europeas de combustibles fósiles habían supuesto un costo adicional de 90.000 millones de euros, sin obtener por ello una sola unidad adicional de energía.
Donbass y Ormuz están separados por miles de kilómetros. Estratégicamente, sin embargo, comienzan a formar parte de una misma ecuación.
Todd llega precisamente a esta conclusión cuando sostiene que Ucrania e Irán se han convertido, en términos estratégicos, en “una sola guerra”. No porque constituyan un mismo teatro operacional ni porque los actores sean exactamente los mismos, sino porque ambos escenarios tensionan simultáneamente la capacidad industrial, energética y militar occidental.
Esta interpretación merece ser tomada seriamente. La guerra de Ucrania consume municiones, sistemas antiaéreos, drones, hombres y enormes recursos financieros. La crisis en torno de Irán y Ormuz agrega presión sobre energía, navegación, defensa aérea, fuerzas navales y cadenas logísticas. Dos escenarios geográficamente separados comienzan a ejercer presión sobre un mismo sistema.
Una potencia no demuestra su fortaleza únicamente por aquello que posee al comenzar una guerra. La demuestra, fundamentalmente, por aquello que puede reponer después del primer, segundo, tercero o cuarto año de combate.
Douglas Macregor viene insistiendo sobre esta cuestión. En declaraciones recogidas en julio, calificó las pérdidas ucranianas como “catastrophic” y comparó el avance ruso con una cortadora de césped que progresa lentamente mientras reduce la capacidad adversaria para recomponer sus fuerzas. La metáfora puede discutirse y las cifras de bajas continúan siendo objeto de una intensa guerra informativa, pero la cuestión estratégica planteada por Macgregor es válida: ¿a qué velocidad puede cada contendiente reemplazar aquello que pierde?
El problema adquiere mayor dimensión después de las recientes declaraciones del primer ministro polaco Donald Tusk. Según afirmó ante el Parlamento de su país, interlocutores ucranianos le habrían informado que las pérdidas recientes alcanzaban alrededor de 27.000 muertos y heridos mensuales. Se trata de una cifra que debe manejarse con cautela —como prácticamente todas las estadísticas de bajas durante una guerra—, pero la declaración resulta significativa por provenir del jefe de gobierno de uno de los principales aliados europeos de Kiev.
No necesitamos convertir esa cifra en una verdad absoluta para comprender el problema.
Porque la pregunta decisiva no consiste en establecer hoy si son 20.000, 27.000 o una cantidad diferente. La pregunta estratégica es otra: ¿puede Ucrania regenerar hombres, unidades, material y recursos al mismo ritmo en que los consume el campo de batalla?
Y la pregunta inmediatamente siguiente es todavía mayor: ¿puede Occidente sostener indefinidamente ese esfuerzo mientras simultáneamente enfrenta otras crisis?
Aquí es donde Ucrania deja de ser solamente Ucrania.
Byrne plantea en The End of Europe que el deterioro de la competitividad europea, los elevados costos energéticos y el debilitamiento de sectores industriales conviven ahora con una aceleración del rearme. Su interpretación política es marcadamente crítica y algunas de sus afirmaciones deben ser tomadas como opinión del autor, no como hechos establecidos. Pero el fenómeno subyacente existe: Europa está intentando reconstruir capacidades militares precisamente cuando enfrenta serias dificultades energéticas e industriales.
No creo que estemos ante “el fin de Europa”. Las civilizaciones, los Estados y los grandes espacios políticos no desaparecen porque un articulista anuncie su final.
Estamos, posiblemente, ante algo diferente y más importante: el fin de una determinada ilusión europea. ¿El fin de la sociedad opulenta? (Agusto del Noce introdujo este término).
La ilusión de que la economía podía separarse indefinidamente de la geopolítica; que la industria podía ceder terreno sin consecuencias estratégicas; que la energía era solamente una mercancía; que la defensa podía delegarse; que el poder militar había perdido importancia y que las normas internacionales podían sustituir permanentemente a las relaciones de fuerza.
La Historia parece regresar por la puerta que muchos creían haber cerrado.
Todd habla de crisis y dislocación occidental. Macgregor observa el desgaste militar. Byrne señala las dificultades industriales y financieras europeas. Von der Leyen reconoce públicamente el problema energético. Son miradas distintas y no necesariamente coincidentes en sus explicaciones o conclusiones. Sin embargo, todas convergen sobre una cuestión: el poder potencial sólo importa cuando puede transformarse en poder efectivo y sostenerse en el tiempo.
Esta discusión debería interesarnos profundamente a los argentinos.
Porque poseer territorio, alimentos, petróleo, gas, minerales, capacidad nuclear, tecnología satelital, radares, industria y una extraordinaria posición sobre el Atlántico Sur no convierte automáticamente a una Nación en un actor estratégico.
Malvinas debería bastarnos para comprenderlo.
Los recursos constituyen posibilidades. El poder exige algo más: organización, industria, tecnología, defensa, población, educación, conducción política y una clara percepción del interés nacional. Un actor estratégico es aquel que posee capacidad y voluntad para alcanzar sus objetivos.
La Europa que hoy vuelve a hablar de energía, industria, municiones, defensa y autonomía estratégica está redescubriendo, quizás dolorosamente, aquello que nunca debió olvidar.
La Argentina todavía está a tiempo de aprenderlo mirando la experiencia ajena. Porque en el mundo que está naciendo no alcanzará con poseer riquezas. Habrá que tener la voluntad y la capacidad de defenderlas.