Las definiciones, las etiquetas, los compartimientos estancos conceptuales nos dan seguridad. La salud es un concepto amplio e integrado con lo social, la economía, etcétera. La primera definición de la OMS ya aclaraba hace casi un siglo que es más que la ausencia de enfermedad, sin embargo, cuando la aborda un médico en realidad esperamos que nos hable de la salud desde la enfermedad y eventualmente cómo prevenirla. Pero en estos días, ese concepto de saber aislado del todo, volvió a demostrar su profundo error: a los estadounidenses Robert Hall y Michael Woodford se les otorgó el Premio Nobel de Economía por su trabajo en los fundamentos microeconómicos de la estabilización macroeconómica, al demostrar matemáticamente que la economía no se estabiliza controlando la cantidad física de dinero, sino administrando la confianza y las expectativas cognitivas de la gente sobre el futuro. Es decir, la economía está basada en comportamientos humanos.
Es tan así que minutos después de ser anunciado como Premio Nobel, el profesor Michael Woodford de la Universidad de Columbia procedió a tomar un examen a sus alumnos, el tema: "Mecanismos Cognitivos y Comportamiento Económico". Esto muestra cómo la ortodoxia que dominó durante décadas, donde el ciudadano y la economía reaccionaban como mecanismos de relojería, no es más que una ilusión, lo insalvable son las cogniciones, las expectativas, las emociones que hacen a la vida y obviamente al comportamiento de la economía. Usando términos que hoy escuchamos diariamente, los autores demostraron que para entender la "macro" (la inflación, el dólar, las crisis), hay que entender la "micro", las personas, la vida diaria, la realidad, es decir, cómo tomamos decisiones, fundamentalmente las que hacen a nuestra economía.
Pero en realidad no se trata de un hallazgo nuevo, quizás solo ver lo evidente, el “Eppur si muove” de Galileo. Incluso recientemente, en términos históricos, en 2002 se le otorgó el Premio de Economía al psicólogo Daniel Kahneman quien demostró que nuestras decisiones no surgen de un cálculo frío, sino que están determinadas por sesgos cognitivos y heurísticas. Las heurísticas son, por así llamarlo, atajos mentales; reglas prácticas que el cerebro usa para procesar información rápidamente, útiles para la supervivencia pero que frente a la complejidad financiera nos llevan a errores sistemáticos. A eso lo llamó el fast vs slow thinking. El mismo mecanismo que nos permite huir, no es útil para una situación compleja y lleva a crisis, corridas, corralitos, etc.
Estos mecanismos de economía mental, resultan imprácticos en cuestiones algo más profundas, de mayor complejidad y es interesante ver cómo impactan incluso en los algoritmos usados por los lenguajes extendidos que llamamos IA. Estos, entrenados con datos humanos, reproducen frecuentemente nuestro mismo error: saltan a conclusiones precipitadas basándose en asociaciones rígidas y estadísticas, ignorando la evidencia del contexto real. Si un algoritmo estructurado es víctima de esta falla, imaginemos cuanto más la vulnerabilidad de la mente humana bajo la presión de la incertidumbre. En la terapia cognitiva, a este error de procesamiento, sacar una conclusión sin evidencia que la sustente, saltar a conclusiones, se lo conoce como "inferencia arbitraria". Es interesante cómo incluso el mismo término es autodescriptivo del error que implica quedarse en la superficie del concepto, pensando rápido y sacando conclusiones sin bases sólidas. A veces se confunde con injerencia (por meterse), o interferencia, que nos llevan a errores para entender la modalidad del sesgo. No es una interferencia, o una injerencia sino una inferencia. Es decir, hasta el mismo término nos ilustra de cómo un modelo de interpretación, de lectura, nos lleva a errores de concepto fundamentales.
Pero quizás el gran mérito de teóricos como Hall y Woodford fue tomar esta fragilidad cognitiva y aplicarla a la macroeconomía. Entendieron algo que vemos en la clínica, o en todas las áreas que hacen a los comportamientos y es que las personas operamos con atención limitada cada vez mayor. Entendieron que el verdadero motor económico son las expectativas, la respuesta cognitiva rápida casi automática, que saca conclusiones en base a esos atajos. Un ejemplo son las corridas bancarias, o bursátiles, donde el pánico por la expectativa de pérdida no obedece a un pensamiento racional. Si la sociedad infiere, anticipa, arbitrariamente, que puede haber una pérdida, o un desabastecimiento, o así sea que aumentará el combustible, el instinto de conservación se activa de inmediato. Todos corren a retirar sus ahorros, retienen el consumo, compran divisas o remarcan precios "por las dudas", o hacen largas colas para cargar combustible, aun cuando el ahorro sea irrelevante. Esa conducta defensiva masiva, guiada por un sesgo cognitivo, termina provocando exactamente la crisis estructural que se intentaba esquivar. La profecía autocumplida. Es paradójico que escuelas opuestas en otros aspectos como Keynes y Hayek, coincidan en que la primacía no es del número, el dato frío sino del individuo económico. John Maynard Keynes habló en los años 30 sobre los "espíritus animales", esos inevitables ciclos irracionales de pánico y euforia, es decir si bien los calificó como animales no podía excluirse de ellos. Por otro lado, la Escuela Austríaca, con Friedrich Hayek y Ludwig von Mises, señaló la "acción humana" y la subjetividad del valor.
De manera opuesta, la ortodoxia Neoclásica dura (la teoría de las Expectativas Racionales de Robert Lucas) o el Monetarismo de la Escuela de Chicago (Milton Friedman), postulan que el Homo economicus es un sujeto que opera por lo que llaman expectativas racionales, es decir nada de sesgos, heurística, o emociones “animales”. Ese Homo economicus es lo que tanto Keynes como Hayek rechazan. Finalmente, aun economistas que dicen participar de estas líneas, en la práctica adhieren a esta forma de la escuela de Chicago, en particular en nuestro medio.
Pero aun sin saber nada de escuelas o teorías, todos podemos observar que la economía se mueve por expectativas. Si la gente cree que va a haber inflación, retiene el consumo, se refugia en dólares o sube los precios "por las dudas". Esa conducta individual, multiplicada por millones, es la que termina generando la crisis.
Entonces este premio Nobel, Kahneman y demás ¿postulan un psicólogo para manejar la economía?: No un economista de formación pero que no niegue lo evidente. La economía no se estabiliza ajustando una planilla de cálculo o tocando tasas de interés o lo que fuera de manera descontextualizada de la realidad social. Se estabiliza gestionando las emociones, expectativas, cogniciones que construyan credibilidad, generen confianza. En el fondo que permitan que el mecanismo de supervivencia no esté todo el tiempo encendido como única respuesta, y podamos pensar lentamente, diría Kahneman. Cuando la confianza se quiebra y la sociedad entra en pánico conductual, no hay ecuación matemática capaz de contener el daño. Si la sociedad no le cree a quien conduce, no hay modelo matemático ni mecanismo puro que resista el pánico. La economía es, en su raíz más profunda, administrar la frágil conducta humana frente a la incertidumbre. Aún más a fondo, nuestro mecanismo desde el origen de los tiempos de supervivencia: los miedos.