La duda deja de ser una virtud cuando el poder consigue transformarla en culpa. Desde ese momento, pensar deja de ser un ejercicio de libertad para convertirse en una forma de obediencia; ya no es necesario encarcelar a los disidentes ni clausurar cada voz incómoda; ese procedimiento pertenece a los autoritarismos de otra época, el poder moderno perfeccionó el método: no prohíbe pensar, simplemente establece qué conviene pensar y quien se aparta del guion deja de ser un ciudadano que ejerce su libertad para convertirse en alguien sospechoso.
La censura contemporánea tampoco necesita uniformes ni decretos, se disfraza de consenso, de corrección moral, de responsabilidad institucional; pero existe algo todavía más peligroso que el silencio impuesto: el silencio voluntario de una sociedad que termina controlándose a sí misma mientras conserva la ilusión de ser libre.
Todo poder necesita construir enemigos. Primero fueron los bárbaros, después los herejes y más tarde los subversivos. Hoy alcanza con fabricar un adversario útil, alguien sobre quien descargar toda la indignación colectiva, mientras la sociedad se entretiene con el escándalo cuidadosamente elaborado, el poder real continúa avanzando sobre la economía, la riqueza nacional, la justicia, la cultura y hasta sobre la conciencia de los ciudadanos. La cortina de humo nunca fue un accidente: demasiadas veces es una herramienta de gobierno.
Las crisis tampoco son siempre producto del azar, algunas son administradas, otras amplificadas y algunas incluso provocadas para generar el miedo necesario que permita justificar decisiones que ya estaban tomadas.
El miedo es un extraordinario arquitecto de la resignación; un pueblo atemorizado termina aceptando aquello que, en circunstancias normales, jamás hubiera tolerado.
CONCENTRACIÓN DEL PODER
Y entonces aparece la gran ficción de nuestro tiempo: la ilusión de elegir. Al ciudadano se lo invita a votar, opinar y discutir, pero casi siempre dentro de un territorio previamente delimitado por quienes concentran poder económico, político y comunicacional, se celebra una libertad que rara vez se pregunta quién fijó sus límites. Cambian los candidatos, los discursos y las consignas; permanece, demasiadas veces, el mismo mecanismo.
Es como un hámster corriendo dentro de una rueda: se mueve permanentemente, se agota, cree avanzar, pero continúa exactamente en el mismo lugar.
La mentira tampoco necesita ya esconder la verdad, su objetivo es mucho más ambicioso: sustituirla. Se multiplican las versiones, los relatos, las interpretaciones y las verdades parciales hasta que la verdad termina convertida en una opinión más, cuando finalmente aparece un dato imposible de refutar, ya nadie sabe diferenciarlo de la propaganda. Ese es uno de los mayores triunfos del poder: no lograr que todos crean en la misma mentira, sino conseguir que nadie sepa dónde termina la mentira y comienza la verdad.
También las palabras fueron confiscadas: libertad, democracia, república, justicia, derechos: conceptos que alguna vez tuvieron un contenido preciso y que hoy son utilizados, con demasiada frecuencia, como simples herramientas de propaganda. Se pronuncian palabras nobles para justificar decisiones que contradicen exactamente aquello que esas palabras representan.
Así, la obediencia deja de presentarse como una imposición y comienza a parecer una elección personal y el ciudadano termina defendiendo con entusiasmo las mismas estructuras que reducen su dignidad y limitan sus posibilidades.
Durante más de cuatro décadas, la Argentina padeció una degradación política persistente. Gobiernos de signos diferentes prometieron refundaciones, cambios históricos y nuevos comienzos, mientras administraban —con distintas formas y velocidades— problemas que nunca terminaron de resolverse: concentración económica, endeudamiento, dependencia y deterioro institucional. Cambiaron los nombres, las banderas y las consignas; los privilegios de quienes nunca abandonaron los espacios centrales del poder permanecieron.
Y aquello que alguna vez pudo justificarse como excepcional, urgente o necesario, con el paso del tiempo terminó mostrando su verdadero costo y, muchas veces, recibió el juicio de la propia historia.
La usura y las grandes empresas pueden desplazarse libremente por las fronteras, los pueblos, en cambio, no siempre tienen esa posibilidad. La esclavitud no desapareció completamente: cambió de forma, modificó su lenguaje y aprendió a presentarse bajo nuevas denominaciones.
CONFORMISMO
La decadencia nacional tampoco puede explicarse únicamente por la ineptitud de determinados dirigentes. Existe una responsabilidad colectiva cuando una sociedad es acostumbrada durante décadas a elegir administradores del fracaso en lugar de exigir constructores de futuro. La política, que debería ser una herramienta de transformación, terminó convirtiéndose demasiadas veces en una sofisticada administración de la resignación.
El drama argentino no consiste solamente en haber sido gobernado por dirigentes mediocres, pendencieros o incapaces y lo verdaderamente preocupante es que esa mediocridad haya dejado de provocar indignación.
Cuando un pueblo se acostumbra al deterioro, cuando empieza a considerar inevitable la degradación moral, intelectual y económica, el poder ya no necesita imponerse mediante la fuerza, le alcanza con gobernar desde la costumbre; porque no existe esclavitud más perfecta que aquella en la que los propios esclavos agradecen las cadenas convencidos de que son alas.
A Winston Churchill se le atribuye, aunque sin respaldo histórico confiable, una frase según la cual la diferencia entre los seres humanos y los animales sería que estos últimos nunca permitirían que el más estúpido de la manada los condujera.
La frase probablemente no sea de Churchill. Pero más allá de su autoría, plantea una pregunta incómoda.
¿Hasta qué punto una sociedad es responsable de quienes la gobiernan?
Quizás allí se encuentre una de las grandes tragedias argentinas de los últimos cincuenta años: no solamente haber padecido malos gobiernos, sino haber llegado al punto en que la mediocridad dejó de escandalizarnos y cuando una sociedad deja de escandalizarse frente a su propia decadencia, la democracia puede seguir funcionando formalmente, pero ya no necesariamente significa que el pueblo sea quien decide. En la Argentina está plenamente probado un dilema planteado por Aristófanes en su obra “Los Caballeros” que reza de la siguiente forma: “Solo los peores llegan a los mejores cargos”.