El movimiento "body positivity", que aboga por la aceptación de todos los cuerpos independientemente de su peso, forma o capacidad, que impulsó políticas inclusivas en sectores como los medios de comunicación y la moda, está perdiendo impulso frente al auge desenfrenado de la "cultura del Ozempic", medicamento inyectable que genera una pérdida de peso significativa.
El movimiento había surgido en 1996, de la mano de la psicoterapeuta Elizabeth Scott y de Connie Sobcza, fundadoras del sitio The Body Positive (El Cuerpo Positivo), que una lucha contra el juicio y el prejuicio hacia los cuerpos no convencionales, que promovió el reconocimiento del valor del cuerpo más allá de la apariencia física y devino muy popular hacia 2010.
Existe una tendencia creciente en torno a los fármacos basados en la semaglutida —se destaca especialmente Ozempic, aunque no es el único—.
Si bien están aprobados exclusivamente para el tratamiento de la diabetes tipo 2 en adultos, cada vez se utilizan más fuera de indicación —un uso "inapropiado", aunque bajo supervisión médica— como un remedio sencillo, fácil (mediante una inyección subcutánea semanal) y rápido para perder peso y suprimir el apetito.
El principio activo, la semaglutida, actúa imitando la hormona GLP-1, que el intestino produce tras las comidas.
Los efectos secundarios adversos, el uso indebido, las contraindicaciones, el uso sin supervisión e incluso el mercado negro son preocupaciones importantes que los médicos señalaron reiteradamente.
Sin embargo, al parecer, estos problemas no frenan la creciente popularidad del fármaco. Un número cada vez mayor de celebridades perdió una cantidad considerable de peso, y su apariencia transformada suscitó especulaciones sobre el uso de Ozempic (Charlize Theron, Ariana Grande, Arisa, Demi Moore, Oprah Winfrey y Kelly Osbourne, por citar solo algunas).
La "cultura Ozempic" describe cómo los fármacos agonistas del GLP-1 —utilizados para tratar la diabetes tipo 2 y la obesidad, siendo Ozempic el más conocido— pasaron del ámbito clínico a la cultura popular general, alterando las normas sociales en torno al cuerpo, la belleza y la salud.
Estos medicamentos normalizan el uso de fármacos supresores del apetito para lograr una delgadez estética, desafiando los avances recientes del movimiento "body positive" y reactivando las intensas presiones de la "cultura de la dieta".
Los estándares culturales están volviendo rápidamente hacia la delgadez extrema, lo que provoca un retroceso en la moda inclusiva y en la representación de tallas grandes.
Personas sanas utilizan estos fármacos fuera de indicación para lograr resultados estéticos rápidos, exponiéndose a efectos secundarios como náuseas, pérdida de masa muscular y complicaciones gastrointestinales.
Además, los elevados costos que debe asumir el paciente generan una disparidad en la que solo las personas más adineradas pueden acceder a estos medicamentos (y mantener dicho acceso con facilidad).
Esto está teniendo un impacto cada vez más disruptivo en la moda (por ejemplo, la demanda de tallas XS), la industria alimentaria (el auge de los suplementos proteicos para contrarrestar la pérdida de masa muscular), los restaurantes (cada vez más ofrecen menús con porciones reducidas, ya que los usuarios de Ozempic tienen menos apetito y se animan más a salir a comer si no tienen que dejar comida en el plato) y el sector de la belleza (la proliferación de cremas con colágeno para reparar el llamado "rostro Ozempic", una apariencia demacrada y hundida.
Hubo un tiempo en que el vocabulario solía limitarse a conceptos como dieta, gimnasio y privación. Hoy en día, el discurso público está dominado por términos como GLP-1, semaglutida, tirzepatida, hambre, saciedad y metabolismo.
Los fármacos desarrollados originalmente para afecciones como la diabetes y la obesidad se convirtieron en objeto de debate social, recelo mediático y deseo estético, encarnando una paradoja clásica: la búsqueda de la delgadez que conduce a una pérdida de peso tan extrema que la persona parece enferma.
Y esta desconexión no es meramente una cuestión de salud, sino también cultural.
Esta vulnerabilidad se ve agravada por una relación ya de por sí conflictiva con el peso, la alimentación y la imagen corporal.
A escala mundial, 16 millones de personas padecen trastornos de la conducta alimentaria, incluidos cerca de 3,4 millones de niños y adolescentes.