Correo de lectores

La crueldad de los ideólogos

 

Señor director:

Pocas leyes retratan mejor los excesos ideológicos del kirchnerismo que su Ley de Salud Mental. Bajo el discurso de los derechos humanos, terminó consagrando una forma particularmente refinada de abandono, convencer a la sociedad de que dejar solo al enfermo era un acto de respeto.

La teoría era conmovedora. La práctica, devastadora. Se instaló la ficción de que una persona gravemente perturbada, dominada por una adicción o desconectada de la realidad debía conservar prácticamente intacta su capacidad de decidir sobre tratamientos e internaciones. El criterio médico pasó a ser observado con sospecha, mientras la enfermedad era tratada como una opinión respetable.

El resultado acabó siendo visible en cada ciudad, personas destruidas por las drogas, el alcoholismo o patologías psiquiátricas vagando sin tratamiento adecuado; familias desesperadas y profesionales atados por una legislación más preocupada por las consignas ideológicas que por la salud de los pacientes.

La perversión alcanzó niveles caricaturescos. En nombre de la no discriminación, se llegó a cuestionar la separación entre pacientes psiquiátricos peligrosos y pacientes comunes, como si ignorar las diferencias clínicas fuera una demostración de humanidad. Era la típica lógica del progresismo dogmático, negar la realidad y después indignarse cuando la realidad responde.

Las organizaciones que aún defienden este modelo suelen hablar de libertades individuales. Pero existe una pregunta incómoda, ¿qué libertad ejerce quien ha perdido la capacidad de comprender su propia situación? El primer derecho humano no es ser abandonado a la enfermedad, sino recibir ayuda.

La imagen perfecta de aquella ley sería la de un hombre cayendo por un precipicio mientras una multitud de políticos y activistas lo observa desde arriba agitando una pancarta que dice “Derecho a decidir”. Nadie le lanza una cuerda. Nadie intenta rescatarlo. Simplemente celebran su libertad mientras desaparece en el abismo.

Y luego llaman compasión a su indiferencia. Porque pocas crueldades son tan profundas como la de abandonar a una persona y convencerse de que se la está ayudando. Esa fue la gran proeza, transformar el abandono en compasión, la impotencia en virtud y la indiferencia en política pública. Una obra maestra de la hipocresía política. Dejaron caer a los más vulnerables, contemplaron su caída con gesto virtuoso y, una vez consumada la tragedia, todavía reclamaron aplausos por la nobleza de sus intenciones. Porque cuando una ideología llega al punto de considerar opresiva la ayuda y progresista el abandono, ya no está defendiendo a los débiles, está sacrificándolos para no tener que admitir que la realidad existe.

JOSE LUIS MILIA

josemilia_686@hotmail.com