Durante buena parte del siglo XX resultaba relativamente sencillo identificar dónde comenzaba y dónde terminaba una guerra. Existía un frente definido, un teatro de operaciones delimitado y unos beligerantes claramente identificables. La Guerra de Corea era Corea; Vietnam era Vietnam; nuestra "Guerra Justa" por la recuperación de nuestras Islas Malvinas; la Guerra del Golfo se libraba en el golfo Pérsico. Incluso cuando las grandes potencias actuaban por medio de aliados, cada conflicto conservaba una identidad propia.
Hoy esa forma de interpretar la realidad comienza a resultar insuficiente.
Los acontecimientos de las últimas semanas ofrecen un ejemplo elocuente. Mientras las fuerzas rusas continúan su ofensiva sobre distintos sectores del frente —desde Sumy hasta Donetsk—, intensificando al mismo tiempo los ataques contra infraestructura logística, energética y centros de producción de drones, Ucrania reivindica operaciones de largo alcance sobre objetivos situados en el mar Caspio, utilizados —según Kiev— para abastecer el esfuerzo militar ruso. Casi simultáneamente, el presidente Volodímir Zelensky vuelve a reunirse con Donald Trump para asegurar la continuidad del apoyo político, financiero e industrial estadounidense.
A primera vista parecen hechos inconexos. Sin embargo, forman parte de una misma secuencia estratégica.
Durante años distintos autores (no es nuestro caso) han insistido en clasificar los conflictos como si cada uno pudiera comprenderse de manera aislada: la guerra de Ucrania por un lado, la crisis de Oriente Medio por otro, las tensiones en el Indo-Pacífico en un tercer plano. Sin embargo, son los propios protagonistas quienes comienzan a demostrar que esas fronteras analíticas se vuelven cada vez más difusas.
Un diario italiano resumió el episodio del Caspio con una frase que merece atención:
"Para Kiev, las dos guerras son una sola".
No se trata únicamente de una expresión periodística. Resume una realidad cada vez más visible: la logística iraní pasa a ser considerada un objetivo de la campaña ucraniana porque forma parte del esfuerzo militar ruso; del mismo modo, Moscú interpreta el fortalecimiento de la cooperación militar occidental con Ucrania como un componente de una competencia estratégica más amplia.
Las alianzas ya no son circunstanciales. Constituyen verdaderos sistemas de poder.
Rusia coordina crecientemente sus capacidades militares e industriales con Irán y Corea del Norte (¿y China?). Ucrania profundiza su integración tecnológica, financiera y militar con Estados Unidos y varios países europeos. La transferencia de armamento evoluciona hacia programas de coproducción, intercambio tecnológico e integración de las bases industriales de defensa. La guerra deja de medirse únicamente por la cantidad de brigadas desplegadas y pasa a depender también de la capacidad para sostener la producción, proteger las cadenas logísticas, asegurar el abastecimiento energético y mantener la innovación tecnológica.
Por eso, los partes diarios de operaciones adquieren un significado que trasciende las cifras de bajas o los kilómetros conquistados. Observados en perspectiva, muestran una tendencia constante: la presión rusa ya no se limita al frente de contacto. Los ataques buscan degradar depósitos de municiones, infraestructura energética, instalaciones de producción de drones, nodos ferroviarios y puertos. El objetivo no consiste únicamente en derrotar unidades militares, sino en erosionar progresivamente el conjunto del Poder Nacional ucraniano.
¿Odesa en el punto de mira y posible punto de inflexión en la guerra?
La ofensiva ucraniana en el mar de Azov le ha dado a Moscú una justificación para atacar el sistema de exportación de grano ucraniano en la región de Odesa, mientras que Kiev está perdiendo terreno en el Donbás.
Ponemos a consideración del lector estos indicadores: entre los principales acontecimientos que quizá están destinados a cambiar el rostro del conflicto ucraniano está la serie de ataques lanzados tanto por Kiev como por Moscú contra los puertos y la red comercial de transporte marítimo del adversario en el mar Negro.
La ofensiva más dura es la que las fuerzas rusas han lanzado cerca del puerto de Odesa y de los puertos cercanos de Yuzhny, Chornomorsk y Nikolayev.
Debido a las operaciones militares rusas con drones, la capacidad de almacenamiento del puerto de Odesa se ha reducido en un tercio, según fuentes citadas por el Financial Times, mientras que los armadores se niegan a enviar sus barcos a la región por temor a que sean alcanzados.
Los ataques a barcos y la destrucción sistemática de puentes ferroviarios y cruces de carreteras en la parte occidental del óblast de Odesa parecen ser una maniobra rusa para aislar la ciudad del resto de Ucrania, creando las condiciones para un bloqueo total, terrestre y marítimo, del puerto más importante del país.
El Financial Times advierte de que la ofensiva rusa amenaza "una de las rutas de exportación de grano más importantes del mundo, que también es una fuente vital de ingresos para Ucrania".
Kiev ya tiene un enorme déficit por cuenta corriente, pues debe importar mucho más de lo que puede exportar. El presupuesto estatal ucraniano está sostenido casi en su totalidad por gobiernos occidentales.
Estaremos observando este desarrollo operativo en los próximos días para ofrecer a nuestros lectores análisis certeros.
Pero este fenómeno no es exclusivo de Europa oriental. Los ataques en el mar Rojo, las operaciones en el golfo Pérsico, la creciente importancia del mar Caspio como corredor logístico y las disputas tecnológicas vinculadas al espacio y al ciberespacio muestran que los distintos escenarios se encuentran cada vez más interrelacionados. Las decisiones adoptadas en uno de ellos repercuten casi de inmediato sobre los demás.
Hace ya varias décadas, André Beaufre advertía que la estrategia debía comprenderse como una dialéctica de voluntades que emplean todos los instrumentos del poder disponibles. Más recientemente, Colin Gray insistió en que ninguna guerra puede analizarse separando lo militar de lo político, lo económico o lo tecnológico. Incluso la noción de "guerra irrestricta", desarrollada por los coroneles chinos Qiao Liang y Wang Xiangsui, anticipaba un escenario donde la confrontación trascendería ampliamente el campo de batalla convencional.
Los acontecimientos actuales parecen confirmar esa evolución.
No asistimos únicamente a una guerra por el control de determinados territorios del Donbás. Tampoco exclusivamente a una disputa entre Israel e Irán, ni a una competencia tecnológica entre Washington y Pekín. Lo que comienza a delinearse es una confrontación estratégica de alcance global, desarrollada simultáneamente en múltiples teatros de operaciones y mediante instrumentos militares, económicos, tecnológicos, financieros, diplomáticos e informativos.
La reciente reunión entre Volodímir Zelensky y Donald Trump constituye otro indicio de esta transformación. Si durante los primeros años del conflicto el debate giraba principalmente en torno al envío de sistemas Patriot, HIMARS o carros de combate, hoy la discusión se desplaza hacia la coproducción de armamento, la transferencia tecnológica y la integración de las bases industriales de defensa. Paralelamente, diversos centros de estudios estratégicos estadounidenses vienen advirtiendo sobre la disminución de las reservas de misiles interceptores y las dificultades para sostener el ritmo de producción que exige una guerra convencional de alta intensidad. El problema ya no consiste únicamente en disponer de armas sofisticadas, sino en contar con la capacidad industrial necesaria para fabricarlas en cantidad suficiente y durante largos períodos. La guerra vuelve a depender, una vez más, de la potencia económica e industrial de las naciones.
Esta constatación representa, en realidad, un regreso a las enseñanzas clásicas de la estrategia. Clausewitz recordaba que la guerra es la continuación de la política por otros medios, y que su desarrollo depende de la capacidad del Estado para sostener el esfuerzo nacional. Raymond Aron insistía en que el poder militar descansa sobre fundamentos económicos e industriales, mientras que Beaufre concebía la estrategia como la utilización coordinada de todos los instrumentos del Poder Nacional. Durante años se creyó que la revolución tecnológica bastaría para garantizar la superioridad militar. Sin embargo, la experiencia de Ucrania demuestra que la innovación solo resulta decisiva cuando está respaldada por fábricas capaces de producir en serie, cadenas logísticas resilientes, acceso a materias primas críticas y una economía preparada para sostener un conflicto prolongado. En definitiva, la guerra del siglo XXI vuelve a poner en primer plano un principio que parecía olvidado: ninguna tecnología puede sustituir la fortaleza integral del Poder Nacional.
Quizá la mayor dificultad no sea comprender la guerra del presente, sino abandonar las categorías intelectuales del pasado.
Seguimos preguntándonos dónde está el frente principal cuando, en realidad, la guerra ya no posee un único frente. Seguimos buscando una batalla decisiva cuando la estrategia contemporánea procura desgastar lentamente las capacidades materiales, industriales y psicológicas del adversario. Seguimos hablando de conflictos regionales cuando las alianzas, las cadenas logísticas, la industria de defensa y la innovación tecnológica han terminado por integrarlos en un mismo sistema estratégico.
Del Donbás al mar Caspio no existe solamente una continuidad geográfica. Existe, sobre todo, una continuidad estratégica que integra frentes militares, corredores logísticos, industrias de defensa, cadenas de abastecimiento, tecnología y alianzas políticas. Comprender esa convergencia será indispensable para interpretar no solo la guerra en Ucrania, sino el nuevo orden internacional que comienza a configurarse ante nuestros ojos. Quizá la principal lección de este conflicto sea que la estrategia ha regresado al centro de la política internacional y, con ella, la importancia decisiva del Poder Nacional en todas sus dimensiones.