El descubrimiento de América fue uno de los acontecimientos más trascendentales de la historia de la humanidad. Dos civilizaciones, puestas frente a frente, chocaron y también se integraron a partir del 12 de octubre de 1492; y, como ocurrió siempre desde que el hombre se halla sobre la tierra, el encuentro cultural tuvo momentos tanto de intensa crueldad como de inmenso humanismo.
Cristóbal Colón escribía en su diario sobre los indios: “Son gente de amor y sin codicia y convenibles para toda cosa; certifico a Vuestras Altezas que en el mundo creo que no hay mejor gente ni mejor tierra. Ellos aman a su prójimo como a sí mismo y tienen un habla la más dulce del mundo, y mansa y siempre con risa. Ellos andan desnudos, hombres y mujeres, como sus madres los parieron, mas crean Vuestras Altezas que entre sí tienen costumbres muy buenas”.
El almirante genovés (ahora dicen que valenciano) supo apreciar con poesía la simpleza casi bautismal de aquellos americanos.
A pesar de esta mirada benevolente, no pudo evitarse que se abalanzaran sobre América un sinnúmero de aventureros inescrupulosos y desvergonzados, ávidos de dinero fácil y poder omnímodo. Pero también llegaron honestos y convencidos humanistas, dispuestos a rescatar del atraso y la crueldad a comunidades indígenas sojuzgadas por sus congéneres y sometidas al paganismo salvaje.
Aunque Colón creía estar cerca del Paraíso Terrenal, por acá no quedaba. Al contrario: a los ojos de los españoles de aquellos tiempos, esto parecía más el infierno que el cielo. Bernal Díaz del Castillo, cronista de Indias que acompañó a Hernán Cortés en la conquista del Imperio Azteca, narra en su extensa y atrapante crónica algunas estremecedoras imágenes.
Resulta que algunos aborígenes sometidos a los aztecas regalan a Cortés una doncella para “transformarse en hermanos y alcanzar con ella generación”, una manera de aliarse con él en su enfrentamiento final con Moctezuma. Cortés acepta a la joven a condición “de que renieguen de los ídolos que tenían, que no sacrifiquen más ánimas, que debían ser limpios de sodomías, porque tenían muchachos vestidos en hábitos de mujeres que practicaban el maldito oficio, y cada día sacrifican delante de nosotros cinco indios y los corazones ofrecían a sus ídolos y la sangre pegaban por las paredes, y cortábanles las piernas, los brazos y muslos, y los comían como vacas” (B. Díaz del Castillo).
Hábitos cotidianos, como podrá ver el lector, tan desagradables que causaban estupor a los rudos soldados españoles, que no eran precisamente psicopedagogos.
España alcanzaba su máximo esplendor y este imperio, joven y colmado de gloria, encaró la obra americana con un profundo sentido religioso militante. Sin embargo, el diablo metió la cola.
Los conquistadores, hidalgos sin fortuna ni herencia, procuraron en América el estatus que su tierra les negaba. Se les presentó, entonces, la posibilidad de ser “gentes” y la aprovecharon por demás. Infatuados y, muchas veces, crueles, cometieron todo tipo de tropelías a espaldas del rey.
Pero algo los refrenó. En las profundidades del pensamiento español corría la savia vivificadora del humanismo de la baja Edad Media. Un profundo debate puso en alerta al rey.
En el seno de la Iglesia surgió la controversia sobre el comportamiento de los conquistadores y la condición del indígena. La Universidad de Salamanca fue su ámbito de debate. Esta casa de estudios, reducto español del humanismo que hacía furor en algunas ciudades italianas y en Holanda, se abrió a la polémica.
En sus claustros enseñaron y aprendieron notables pensadores como Francisco de Vitoria, Bernardino de Sahagún y fray Bartolomé de las Casas, entre otros.
Allí, tanto como en Valladolid, se discutió la conquista, los derechos españoles sobre América y la condición de los indígenas. Todo se repasó y todo se juzgó bajo los principios teológicos y éticos de aquellos tiempos. Carlos I, rey de España, promovió la discusión: la monarquía absoluta se permitió revisar lo actuado en América e, incluso, corregirlo.
Finalmente quedaron cara a cara dos posturas muy claras y antitéticas: los principios libertarios e igualitarios del obispo de Chiapas, fray Bartolomé de las Casas, y de Francisco de Vitoria, y los argumentos aristotélicos, elitistas y esclavistas de Juan Ginés de Sepúlveda. De todos modos, ambas posturas buscaban refugiarse en la filosofía aristotélica, de la cual la Iglesia no se animaba a salir.
Como ejemplo de estas dos miradas sobre cómo enfrentar el problema de la Conquista y del indígena, Sepúlveda sostenía que la guerra de conquista es justa, entre otras cosas, por la superioridad cultural, que se comprueba por la “torpeza de entendimiento y costumbres inhumanas o bárbaras”, y sintetizaba sus ideas en que “lo perfecto y poderoso domine sobre lo imperfecto”.
En el espíritu de Sepúlveda no anida la mera destrucción de lo imperfecto e inferior, sino el propósito de conducir a los indígenas, guerra mediante, hacia la virtud y la perfección: la guerra justa.
Bartolomé de las Casas observa el problema desde otro ángulo, pero con las mismas intenciones: “Consciente de que soy cristiano, fraile, obispo y español, con todos estos títulos estoy dispuesto a oponerme como un muro contra los impíos, en defensa de aquella inocentísima gente que en breve hay que introducir en la verdadera casa de Dios y a la que los lobos rapaces sin cesar persiguen. Me siento obligado a defender a mis ovejas contra los lobos, eclesiásticos o seglares, que irrumpen en mi redil, como prometí hacerlo hasta la muerte, con voto público y solemne”.
Por su lado, Francisco de Vitoria aseguraba que los indios “a su modo ejercen el uso de razón. Ello es manifiesto, porque tienen establecidas sus cosas con cierto orden. Tienen ciudades que requieren orden, y tienen instituidos matrimonios, magistrados, señores, leyes, artesanos, mercados, y tienen también una especie de religión…”.
Estos debates lograron del emperador Carlos I la sanción de las Leyes Nuevas, en 1542, que abolieron la esclavitud indígena, prohibían nuevas encomiendas y favorecían el trabajo asalariado en las minas, entre otras medidas ventajosas para el indígena.
Pero algo salió mal. Siempre hay un pero. Había que aplicarlas en América y aquí virreyes y otras autoridades se negaron a implementarlas, lo que explica el “regalismo indígena”. Pero esa es otra historia.