Cultura
UN DIALOGO CON SILVIA PLAGER, AUTORA DE ‘SIN CANJE’

La apuesta a un nuevo comienzo

A los 83 años, Silvia Plager sostiene una certeza que atraviesa su obra: una vida nunca alcanza. Escritora de larga trayectoria y autora de más de veinte de libros, construyó una literatura atenta a los vínculos, la memoria, las migraciones, los mandatos familiares y las zonas menos visibles del deseo. En su nueva novela, Sin canje (Hugo Benjamín, 192 páginas) una mujer, Laura, enfrenta la soledad, la culpa y la posibilidad de comenzar de nuevo cuando el almanaque parece indicar lo contrario.

Es que Plager escribe sobre el amor y el erotismo en la alta edad, con una libertad poco frecuente, sin eufemismos ni concesiones. Su propia historia familiar, marcada por la inmigración, el nazismo y la pérdida, también alimenta una mirada que entiende la identidad como una reconstrucción de voces diversas.

Madre de la periodista Débora Plager, encuentra en la escritura una forma de multiplicar la existencia. Entre la investigación, la lectura y una rutina que combina actividad física con imaginación, continúa creando personajes que le permiten explorar otras vidas. En esa persistencia reside su singularidad. No escribe para detener el tiempo, sino para discutirle sus límites.

-’Sin canje’ nos presenta a Laura, una mujer con la que no cuesta mucho empatizar.

-Laura nace porque quería crear un personaje con mucho amor para dar, que durante años se hubiera distraído de sí misma. Y para ello necesitaba una mujer de sesenta y cinco años que no tuviera hijos, pero que conservara intacto el instinto maternal. Y ahí aparece Valeria, su sobrina y único familiar vivo. La dedicación constante de Laura por el trabajo le había impedido advertir su propia soledad. Entonces la novela comienza cuando esa vida ordenada se resquebraja y obliga a ambas mujeres a mirarse de otra manera.

DOS CIUDADES

-¿Por qué eligió Bariloche y Ámsterdam como escenarios?

-Bariloche en invierno, una casa prestada, el miedo al frío exterior y la necesidad de conseguir ayuda para acarrear leña o limpiar la nieve acumulada me permitían entrar en la intimidad de Laura. Allí descubre que la imaginación puede construir vidas paralelas que terminan fusionándose con la propia. Por su parte, Ámsterdam era el destino necesario para Valeria, una joven que necesita liberarse del pasado y de la culpa de haberse sentido indispensable para los suyos, especialmente para su tía. También quería mostrar cómo los mandatos afectan más a las mujeres y cómo la condición de minoría, tan presente en la historia de los migrantes, puede convertir la adaptación en una forma de supervivencia.

-Parecen historias pequeñas, pero dentro de esa intimidad, se desatan grandes batallas…

-Exacto. Las pequeñas guerras familiares causan destrozos y dejan heridas que no siempre se cierran. Laura y Valeria no podrían manifestarse sin los personajes que aparecen en la trama, porque son ellos quienes permiten abordar el amor en la alta edad y la dificultad de dos jóvenes amantes que provienen de mundos diversos y desean adaptarse mutuamente en una realidad atravesada por los odios y los rechazos hacia el diferente.

-En el libro aparecen referencias al antisemitismo. ¿Por qué decidió incorporar un tema tan contundente como el nazismo?

-Estamos viviendo una circunstancia bélica mundial que nos involucra a todos, salvo a quienes desean uniformar creencias y costumbres sin importarles cuántos seres humanos deban morir para conseguirlo. Soy argentina por nacimiento y por convencimiento. Por mi edad he atravesado todas las crisis y, en los últimos años, las insoportables grietas, pero sigo apoyando a mi país más allá del gobierno de turno. Ser judía no me excluye de mis derechos ni de mis responsabilidades como ciudadana. Anhelo el respeto por las ideas del otro, porque esos otros también nos han formado. Suelo citar a Ivonne Bordelois: “mi lengua está hecha de las lenguas de los gringos de mi barrio, judíos, católicos o musulmanes”.

REVALORIZACION

-La sexualidad de los mayores no es un tema frecuente en la literatura, aunque en los últimos años hubo una revalorización de la generación Silver.

-Hay una invisibilidad de los mayores que resulta notable. Basta observar la publicidad de cosméticos que prometen rejuvenecer y sus modelos difícilmente exceden los sesenta años. Pero, al prolongarse el promedio de vida humana, también se prolonga el deseo, y ese deseo muchas veces nos lleva a dar una vuelta de campana en nuestros hábitos. Eso les sucede a mis personajes. Llegan a una edad en la que deben decidir si son capaces de comenzar cuando el almanaque parece hablarles de finalizar. Me interesaba mostrar que el erotismo no desaparece con los años, que puede adquirir otras formas y que el amor, incluso en la alta edad, conserva su capacidad de transformar una existencia.

-¿A la hora de escribir tiene algún pudor o se permite llegar a lugares que en su vida privada no atravesaría?

-¿Por qué tendría pudor de darles libertad de acción a mis personajes? Poseo la edad de ellos, sean niños, jóvenes o viejos. El arte me permite adquirir alas. Desconozco qué vuelos abordaría en mi vida privada, que es muy estable. Quizás por eso no le pongo frenos a mi imaginación. Desde pequeña supe que la lectura era el sitio adecuado para desarrollar mi mundo imaginario. Le estoy muy agradecida a la literatura, sin su alimento no sabría subsistir.

APRENDIZAJES

-¿Qué le diría a una persona de 70 u 80 años que abandonó la actividad social, la ilusión de amar y el erotismo?

-No soy de dar consejos, porque lo que representa la felicidad para uno puede ser la tortura para otro. Pero cuando escucho “clase pasiva” para referirse a los jubilados, me sulfuro. Es lo que quisieran algunos gobernantes, que dejáramos de existir y reclamar por nuestros derechos. Sí puedo afirmar, por experiencia propia y después por escuchar a especialistas, que es imprescindible movernos, interactuar y ser curiosos, porque siempre hay algo para aprender. Caminar y entrenar en un gimnasio, dentro de mis posibilidades, es lo que me ayuda a agilizar la mente y concentrarme mejor en la investigación y la escritura. Cuando termino un libro me siento liberada, pero enseguida aparece el vacío y comienzo a engendrar nuevas ideas.

-¿Qué recuerda de su infancia, primeras lecturas y comienzos de escritora?

-Provengo de un mundo de mujeres. Éramos las cuatro hermanitas para los vecinos de la calle Junín 470, primer piso, balcón a la calle. La colección Robin Hood, los tomos del “Tesoro de la Juventud”, Diana, mi hermana mayor, recientemente fallecida, y el cine Cataluña (Cine Cosmos UBA) fueron mis primeras puertas al paraíso del conocimiento. Mi madre llegó a Buenos Aires a los 17 años, mi padre, desde Polonia, cerca de los 20. Huyeron de las persecuciones y se hicieron ciudadanos argentinos. Mamá, como muchos judíos de origen alemán, era socia de una biblioteca en su idioma natal. Mi padre se salvó del nazismo y hablaba como un criollo. Fui y soy una lectora promiscua: rusos, norteamericanos, alemanes, latinoamericanos, mis compatriotas y, desde hace décadas, los asiáticos, especialmente Yasunari Kawabata. En mi juventud compré con mis ahorros la Colección Premios Nobel de Aguilar, encuadernada en papel biblia. El hambre de aprendizaje te hace creer eterno.

-¿Qué cambió de aquella autora que publicó sus primeros libros a la Plager de hoy?

-Cambió tanto como cambié yo. Pero quedaron intactas las ganas de seguir trabajando en historias diferentes. Para Las mujeres ocultas del Greco me sumergí en el siglo XVI. Para La rabina estudié a las primeras mujeres que se ordenaron y me instalé imaginariamente en distintos países. Para Malvinas, la ilusión y la pérdida, escrita en coautoría con Elsa Fraga Vidal, novelamos la epopeya de los primeros colonos en nuestras islas. Para Símale cumple 70 resucité a mi padre y dialogué con él en Rosario, la ciudad donde está enterrado. Son veintinueve mis libros publicados, todas novelas, salvo un libro de relatos, otro de ensayo y uno de gastronomía, Mi cocina judía, con testimonios de escritores, anécdotas propias y ajenas, y recetas. Cada libro me exige otra vida. Tal vez esa sea la única manera que encontré de no resignarme a una sola existencia.