Ciencia y Salud

La agonía y el éxtasis: vida, pasión y muerte de Santa Teresa de Jesús

Esta divina unión
y el amor con que yo vivo
Hace a mi Dios un cautivo
y libre mi corazón
ver a mi Dios prisionero
que muero porque no muero
.

Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada (1515-1582), conocida como Santa Teresa de Jesús, introdujo una nueva forma de reflexión religiosa, con un valor tan revolucionario como el que habían introducido sus coetáneos Galileo, Cervantes, Shakespeare, Bacon, Juan de Mariana, Copérnico, Descartes y Hobbes, en sus respectivos campos del conocimiento.
La revalorización de la espiritualidad y, especialmente, del rol de la mujer en la sociedad adquieren una perspectiva revolucionaria gracias a sus dotes de poetisa y narradora.
Hija de una noble familia descendiente de cristianos nuevos, Teresa tuvo 12 hermanos. Muchos de los varones de la familia abrazaron la carrera de las armas e hicieron fortuna en América. Uno de sus primos, con quien cultivó una gran amistad, llegó a orillas del Plata con Don Pedro de Mendoza y dos de sus hermanos fueron al Perú donde intervinieron en las luchas entre Pizarro y Almagro.
Teresa era la preferida del padre, quien no quería que su hija fuese monja, vocación que se había despertado a temprana edad. De joven también se inclinó por la lectura, especialmente de libros de caballeros y vida de los santos. Muchos años más tarde, habiendo ya fundado la orden de las Carmelitas Descalzas, le dijo a una de sus discípulas:
“De joven me decían tres tipos de cumplidos: inteligente, santa y hermosa. La hermosura está a la vista; en cuanto a discreta, nunca me tuve de boba y lo de santa, solo Dios lo sabe”.
Ingresó al convento de Nuestra Señora de Gracia, pero se vio forzada a volver a la casa paterna por una grave enfermedad que la tuvo al borde de la muerte.
En sus memorias nos cuenta que estaba deshidratada y con la lengua hecha pedazos. En el convento ya habían cavado una fosa para enterrarla. Solo la oposición de su padre evitó que lo hicieran.
Volvió a recuperarse a su hogar donde vivió por tres años, al cabo de los cuales retomó la vida conventual.
Un año más tarde le tocó cuidar a su padre, que finalmente falleció. Fue entonces que dijo haber visto a Cristo.
Teresa llevaba una vida de oración y meditación, leyendo libros como “Las confesiones de San Agustín” y teniendo visiones perturbadoras del infierno.
El 24 de agosto de 1562 fundó un nuevo convento, reformando la orden a fin de recomponer la austeridad, los votos de pobreza y la clausura. Así nacen las Carmelitas Descalzas (en realidad no estaban sin calzado, sino que usaban alpargatas de cáñamo).
La orden y sus conventos se difundieron por toda España, gracias a las donaciones que llegaban por el prestigio de Teresa y el generoso aporte de sus hermanos que habían hecho fortuna en América.
Cumplidos 45 años comenzó a escribir poemas, además de describir sus experiencias místicas siguiendo los consejos de sus confesores.
Por un enfrentamiento con Ana de Mendoza, princesa de Éboli, fue denunciada ante la Inquisición. Salió airosa de esta compulsa con más fuerzas para imponer sus propuestas. Al mismo tiempo continuaron sus visiones y sus problemas de salud.
Las acusaciones cruzadas de teólogos y órdenes religiosas contra Teresa obligaron a Felipe II a tomar en sus manos estos asuntos. Una vez más salió airosa. De hecho, el rey apoyó los progresos de la orden como ejemplo de la Contrarreforma.
El 4 de octubre de 1582, Santa Teresa murió en los brazos de su querida Ángela Ana de San Bartolomé. Su cuerpo no fue embalsamado y fue expuesto en un ataúd en el convento de la Anunciación.
Fue enterrada al día siguiente, que resultó ser el 15 de octubre por coincidir con el cambio de calendario (del juliano al gregoriano).
A pesar del paso de los años, el cadáver ha permanecido incorrupto. Siguiendo con las costumbres de la época por el precioso valor de las reliquias, le fue cortada la mano izquierda y el meñique de la otra. Tiempo después de muerta y aun el cuerpo intacto, le cortaron el brazo izquierdo. Su cuerpo continuaba desprendiendo un agradable aroma a rosas. En 1588 extrajeron el corazón, que mostraba una cicatriz.
Desde entonces y en varias oportunidades se lo ha expuesto para mostrar su condición de incorruptible. La última vez fue en 2025 por orden del papa Francisco.
El brazo izquierdo, después de haber sido trasladado en varias oportunidades y secuestrado por los republicanos, terminó en el dormitorio del general Francisco Franco, quien lo llevaba en todos sus viajes.
En la actualidad hay distintas partes de la anatomía de la santa (ojo, clavícula, corazón, dedos, etc.) distribuidas por España.
La particular existencia de esta dama ha despertado las más variadas opiniones entre los médicos, científicos e historiadores a fin de explicar la enfermedad, las visiones y las predicciones de esta santa que fue nombrada doctora de la Iglesia, aunque haya sido interrogada en su momento por la Inquisición, y el papa Pío XI, en su “Obstat sexus” de 1923, expresó su oposición para acceder a dicho título, por su sexo.
Mientras que algunos médicos como el famoso Jean Martin Charcot y Leroles Gutiérrez la tildan de histérica, otros, como el Dr. García Alba, sostienen que sus alucinaciones complejas acompañadas por un trance extático podían deberse a una epilepsia, enfermedad que explicaría las lesiones en la lengua. Entonces la triquinosis (un parásito que se adquiere por la ingesta de carne de cerdo) era la causa más común de epilepsia en España.
El Dr. Alonso Fernández consideró que la santa padecía una grave depresión y síntomas histéricos que “acercó la carnalidad y el erotismo a lo sagrado”.
Sigmund Freud (aunque no habló de Santa Teresa en particular) trató de explicar las visiones de las santas mediante la sublimación de sus impulsos sexuales.
¿Pudieron estos episodios deberse a la ingesta de algún alucinógeno que se administraba entre las hierbas medicinales para combatir su cuadro clínico?
Las fiebres que padecía podrían explicarse por enfermedades tan difundidas entonces como el paludismo y la brucelosis.
Santa Teresa murió de cáncer de cuello de útero, agravada la enfermedad por las sangrías a las que fue sometida.
En mi opinión, Santa Teresa, al igual que otros religiosos y místicos como San Pablo, Mahoma y Buddha, sufrió una “NDE” Near death experience (experiencia cercana a la muerte), proceso descrito en 1975 por Raymond Moody. La mayor parte de quienes han experimentado esta “vuelta de la muerte” refieren haberla vivido como algo placentero (no siempre), incluida la sensación de levitación, la luz al final del túnel (como describió Victor Sueiro) y experiencias extracorporales.
Quienes han experimentado NDE tienen cambios en sus vidas que incluyen un menor miedo a la muerte, replanteos sobre el sentido de la existencia, aunque algunos sufren delirios o alucinaciones.
En los análisis de la Academia de Ciencias de Nueva York existen 9 millones de casos de NDE.
Si bien hay explicaciones psicológicas al evento, la hipoxia y la hipercapnia serían las responsables de la liberación masiva de endorfinas y una actividad alterada del lóbulo temporal.
Morse y col., en 1989, propusieron la alteración del metabolismo de la serotonina en las alucinaciones místicas.
Es importante señalar que estas explicaciones biológicas no agotan la envergadura de las vivencias de Santa Teresa y menos aún menoscaban la belleza de sus escritos, especialmente sus poemas y el papel que asumió hace 500 años para reivindicar el rol de las mujeres.
Me gustaría cerrar este texto con unas palabras de la misma Santa Teresa: “La vida es una mala noche, en una mala posada”. Amén.