Promediando la década de 1880 la República Argentina se asomaba pujante en el concierto mundial. El progreso económico debido al afianzamiento del modelo exportador de granos y carnes, la ampliación de la red ferroviaria, la remodelación del puerto, así como la gran reforma educativa que hizo obligatoria y gratuita a cargo del Estado la educación primaria (Ley 1420) lo que sumado a la paz interior, superadas las luchas civiles y revoluciones de facciones políticas que habían caracterizado el pasado reciente, eran los ejes fundamentales de un desarrollo que parecía indetenible.
A la par de esas señales positivas de modernización se construyó un sistema político restringido, elitista y orientado a concentrar los beneficios de un sector socioeconómico cuyos negocios particulares estaban relacionados con el rol de país exportador de materias primas.
Era la República posible de la fórmula alberdiana, concepto del politólogo Natalio Botana en El orden conservador: derechos civiles para todos pero derechos políticos para pocos.
Asi, para 1889 como consecuencia de una sucesión de errores acumulados en materia financiera económica y un generalizado descontento por el exclusivismo político, estalló una gran crisis. En horas se deshacían fortunas y riquezas, el país sin crédito exterior llegó al extremo de la emisión clandestina de papel moneda, denunciada en soledad por el senador Aristóbulo del Valle. La desesperación por conseguir liquidez financiera llevó al gobierno a privatizar empresas llevadas a cabo por el Estado y que tenían carácter estratégico: las obras sanitarias de la Nación y el ferrocarril del Oeste.
La debacle económica desnudaba la profunda crisis político-institucional y moral. El gobierno elitista confundía el bienestar general al que convoca el Preámbulo de la Constitución con sus propios intereses. La libertad electoral no existía; los gobernantes provinciales y el Congreso estaban reducidos a meros agentes del presidente; los cargos judiciales se repartieron entre partidarios y la estructura administrativa se basaba en el favoritismo.
En la vereda de enfrente del gobierno no había nada que se le opusiera, ni siquiera en el oficialismo asomaban disidencias preocupantes. Se había configurado un "Unicato" en la persona Presidente de la República Miguel Juárez Celman que concentraba todo el poder en sus manos y su círculo de partidarios llamados "Los incondicionales". Sin embargo casi milagrosamente una reunión de partidarios del presidente que ya soñaban con su sucesión, debido a la prohibición constitucional de reelección presidencial, encontró su cauce en una convocatoria juvenil que dio nacimiento a la Unión Cívica de la Juventud el 1º de septiembre de 1889 en el "meeting" del Jardín Florida.
Los reclamos eran por un cambio del sistema político y la transparencia electoral para hacer efectivo el principio de la República democrática y representativa consagrados en la Constitución Nacional. Primero fue una carta "Tu quoque juventus, en tropel al éxito", que el joven periodista Francisco Barroetaveña publicó en La Nación. Y luego el acto que las crónicas de la época describen como multitudinario. Allí, llamado por aquellos jóvenes mayoritariamente egresados del Colegio Nacional de la Buenos Aires y de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, reapareció luego de casi una década de ostracismo Leandro N. Alem, tribuno que concitó la adhesión popular por encima de los demás oradores, muchos de ellos de largas años de respetado servicio a la Patria.
Pero el movimiento superó la cuestión generacional, por lo que en abril de 1890 ese conglomerado opositor debió prescindir de la denominación "de la Juventud" y pasó a ser Unión Cívica a secas. Fue el primer esbozo de partido político moderno y orgánico con estructura nacional, organismos, clubes o comités en todos los barrios de la ciudad y en las principales ciudades del país. En el nuevo y heterogéneo movimiento confluyen en defensa del ideal republicano, la moralidad administrativa y las elecciones limpias antiguos federales como Bernardo de Irigoyen y liberales como Bartolomé Mitre; católicos como José Manuel de Estrada y Pedro Goyena; antiguos autonomistas como Alem y Aristóbulo del Valle; y los futuros líderes de los primeros partidos políticos modernos del siglo XX: Hipólito Yrigoyen, Lisandro de la Torre y Juan B. Justo.
Ante la cerrazón del gobierno ante cualquier reclamo de apertura que proviniera de la oposición y con la proximidad del comicio presidencial se preparó el terreno para una revolución civil y militar que pusiera fin al gobierno pero, novedosamente con respecto a las anteriores experiencias revolucionarias no tendría como objetivo desplazar al oficialismo para ocupar el gobierno sino, y así lo decía expresamente el manifiesto revolucionario, que el período revolucionario sería breve orientado a asegurar la plena vigencia de la Constitución y el régimen republicano de división de poderes y convocar a elecciones populares absolutamente libres y sin condiciones para que asumieran el mando aquél que eligieran sus conciudadanos.
PARQUE DE LA ARTILLERIA
La revolución estalló violentamente el 26 de julio de 1890. El epicentro era el Parque de Artillería (actual solar del Palacio de los Tribunales) y sus alrededores. Se levantaron trincheras, se armaron cantones, se libraron sangrientos combates entre tropas sublevadas y las fuerzas que respondían a las autoridades.
El general Manuel J. Campos proveniente de una prestigiosa familia de militares era el comandante militar, pero la Junta Revolucionaria era presidida por el Dr. Alem, quien en la eventualidad del triunfo revolucionario sería presidente provisional de la República.
Ello generaba desconfianza en varios sectores no solamente del oficialismo sino en el sector mitrista de la propia Unión Cívica. Un secretísimo y larvado pacto entre el ex presidente Julio Roca y el jefe militar Campos, de orientación mitrista, serviría para esterilizar el accionar revolucionario para que el movimiento sirviera para golpear al presidente sin poner en jaque al sistema político en su conjunto.
El general Levalle y el coronel Capdevila, comandados por el vicepresidente Carlos Pellegrini, por sus antecedentes militares, a cargo del Poder ejecutivo, fueron los encargados de organizar la defensa del gobierno y reprimir a los revolucionarios. En aquella ocasión los revolucionarios se identificaron con una bandera tricolor, verde, blanca y rosa y con una boina blanca que apareción por primera vez en cantones y en el Parque; sobraban coraje y valor pero escaseaban municiones suficientes; al cabo de varios días de combate fueron vencidos por el ejército nacional. Se negoció un cese del fuego para sepultar muertos y curar heridos. No hubo rendición pero los sublevados las armas y vaciaron los sitios ocupados. los militares comprometidos en la asonada no fueron castigados ni perdieron sus carreras.
Sobre el armisticio Alem dirá:
"las armas quedaron en el Parque, la revolución vino con nosotros"
Si bien había amargura en las filas cívicas, sobrevivió la conciencia de la necesidad de organizar a esa nueva fuerza política, dotarla de estructura y organizarla ya que sobraba carácter.
En el oficialismo explotaron políticamente las consecuencias de la Revolución. Roca, el gran titiritero detrás de escena encontró el camino para retomar su protagonismo perdido. Moverían las cosas para sacarse de encima al presidente Juárez Celman y ordenar la economía y fortalecer el Estado. Contaba para eso con "La gran muñeca": Carlos Pellegrini, un auténtico estadista que había sido su ministro y era el vicepresidente. El presidente trató de impedirlo mientras pudo, pasaron los días pero había quedado debilitado. En el Senado, el cordobés Manuel Dídimo Pizarro sentenció con crudeza:
"la revolución está vencida, pero el gobierno está muerto".
Juárez Celman finalmente renució y asumió Carlos Pellegrini la primera magistratura. Roca fue su ministro del Interior. Los cambios fueron recibidos con entusiasmo popular. Las calles se llenaron de manifestaciones de porteñismo alborozado y entonaban: "ya se fue, ya se fue el burrito cordobés". Pero el preclaro Alem advirtió la maniobra: cambiaba algo para no cambiar nada por ello quedará la revolución latente por la realización plena de los principios constitucionales de la República.