Opinión
El rincón del historiador

“La Prensa”, a raíz de los primeros incendios en el sur

La noticia de los actuales incendios en el sur del país, por otro lado recurrentes, y no solo desde fines de los 90 hasta ahora -como suele decirse-, tienen antecedentes y alertas sobre el peligro que significan. La Prensa desde 1909 emprendió una campaña de arboricultura, a los efectos de “fomentar el cultivo del árbol tan necesario en nuestras pampas”, a la que unía una didáctica campaña sobre las especies y variedades más aptas a sembrar en las distintas regiones de nuestro extenso territorio; como también los mínimos conocimientos que debía poseer quien deseaba encargarse de esa tarea.

La acción estaba dirigida también a persuadir al hombre de campo de hacer plantaciones, para que además de sombra en las casas y en los potreros para la hacienda, le proveyera de leña, postes y varillas, y de sembrar frutales. Esa gente todavía era un poco hostil hacia las arboledas, como lo fue el gaucho, sabía que las altas copas podían delatar la presencia de su vivienda y era lugares anotados por el indio para alguna de sus temibles incursiones.

Manuel de Rezábal vicedirector del diario, a su regreso un viaje a Europa pudo apreciar la preocupación por el árbol y la dedicación de los gobiernos a este problema, por lo que se puso a colaborar con el redactor y mantuvo con éxito la columna. Llegaban a la redacción de todo el país cientos de cartas mensuales con consultas sobre cómo hacer efectivos los consejos como para mejorar en otros casos los plantíos. Toda la campaña hizo pensar en la necesidad de crear una institución dedicada al fomento y defensa del árbol.

FIGURA INTERESANTE

En medio de esta campaña surge una figura interesante de Orlando Enrique Williams, nacido el 5 de diciembre de 1867, era hijo del ingeniero Orlando Jorge Williams y de Eloísa Gabriela Alcorta. Estudió en el Colegio Nacional de Buenos Aires y en la Facultad de Ciencias Exactas, ingeniero como su padre, estaba finalizando el doctorado en Ciencias con su condiscípulo Ángel Gallardo, cuando fue designado secretario de la Gobernación durante el mandato del doctor Guillermo Udaondo (1894-1898). Dos veces diputado a la Legislatura de la provincia de Buenos Aires, desde su banca dió los fundamentos para la ley de creación de viveros provinciales; además de haber ejercido la intendencia de San Isidro, y ser el artífice del arbolado de calles y avenidas que aun hoy luce añosos ejemplares como las tipas de la avenida del Libertador.

El 15 de octubre de 1910, en los salones de La Prensa, se reunieron los adherentes a la creación de la sociedad, convocados por el director don Ezequiel P. Paz, que abrió la asamblea con unas breves y oportunas palabras, y después de destacar que el matutino había apoyado desde sus columnas la mencionada ley de viveros, cedió la palabra al ingeniero Williams “por sus acreditados antecedentes de cultor del árbol”, lo que fue aplaudido por los presentes como también Paz, que se retiró del lugar. Así se constituyó la comisión promotora de una Sociedad Forestal Argentina, que presidió por Williams.

Nuevamente el 20 de diciembre se reunió en La Prensa, ese grupo que decidió fundar oficialmente la entidad mencionada, a la que traían su adhesión la Sociedad Rural Argentina, la Sociedad Rural de La Pampa, la Liga Agraria, el Ministerio de la Agricultura de la Nación y de la Provincia de Buenos Aires. Williams en su discurso destacó la necesidad de obtener “una legislación penal para los destructores del árbol”, ya por la tala indiscriminada como por otras razones.

Poco antes había afirmado: “los pinares de los valles andinos son presa anualmente, por centenares de leguas que el indio o el roto pone activamente en la espesura” y poco después advertía que a ambos lados del deslinde entre nuestro país y Chile se internaba la hacienda “que los arrieros abandonan en invernada hasta que llega el momento de venderlas, y entonces el arreo se hace valiéndose del incendio. Si deben arrearse a Chile, se prende fuego al monte argentino, y las llamas voraces van ardiendo a través de la riqueza forestal, convertida al fin en ceniza”.

La prédica de la entidad tuvo su reconocimiento, y poco a poco desde los gobiernos de Tucumán, Córdoba, Santa Fe, Río Negro y Chaco comenzaron a secundar la obra. Los municipios de Junín, General Arenales, Tornquist, San Isidro, Gral. Las Heras, San Nicolás de los Arroyos y Santa Fe en las personas de Esteban V. Cichero y Gregorio Suárez, Carlos M. de Alvear (h), Otto Lutz, Andrés Rolón, Roque Gutiérrez y Juan B. Iribarne, Serafín Morteo y Edmundo J. Rosas respectivamente; fueron de los primeros en “ofrecerle su más decidida cooperación poniéndose en absoluto a las órdenes de la Sociedad”.

Poco después la entidad publicó esta declaración: “Está demostrado que el peor enemigo de los bosques, no es el hacha del obrajero, sino el fuego que los aniquila y extermina”.

“Las legislaciones forestales de Francia, Estados Unidos, Argelia, han sido minuciosamente reglamentadas para impedir en lo posible los incendios, que lo mismo aniquilan la selva de Fontainebleau, a las puertas de París, que los bosques de los desiertos valles andinos de la Patagonia”

“Los bosques de nuestro país, que ocupan una superficie de más de 30 millones de hectáreas, no escapan a la ley general, y el fuego que el malhechor o el indio prende en la espesura los aniquila todos los años considerablemente. El ministro en Chile doctor Anadón, precisó datos sobre los graves perjuicios que los incendios causan en la selva cordillerana; el fuego se mantiene activo por meses enteros, se aviva con los vientos fuertes de la región y aniquila sobre cientos de leguas, los árboles seculares que las cubren”.

Por todo ello la entidad se había dirigido “a los gobernadores de los territorios y provincias que poseen terrenos de monte, solicitando la remisión de los datos, sobre la frecuencia de los incendios, causas, extensiones que abarcan, etc., a fin de proyectar la legislación de protección para esas riquezas naturales de nuestro país, que son patrimonio de las generaciones futuras”.

Después de una década la Sociedad Forestal dejó de funcionar. Williams siguió hasta su último día, el 29 de abril de 1947, luchando por el árbol. Poco antes, el 5 de enero de 1947 se anunciaba el incendio que desde el jueves dos había estallado en los bosques en la Bahía López en Bariloche. A pesar de los esfuerzos del ejército y la gendarmería, como de Parques Nacionales el fuego avanzaba “en un frente de tres kilómetros por siete de profundidad, habiéndose experimentado la pérdida total del bosque existente”, mientras se empeñaban en que no llegara al Llao-Llao. Se adjudicaba entonces a la “imprudencia de turistas”. Y agregaba esta frase de Williams: “Ya es tiempo que no corran estas cosas”.

La memoria de este pionero en la defensa del árbol, que encontró en este diario, es evocada con un monumento levantada en la Plazoleta de los Ombúes en San Isidro, el 20 de mayo de 1973 por el intendente Pedro Llorens, que ilustra esta nota. Había casado con María Delia de Álzaga, hijos suyos fueron Orlando destacado economista y Enrique, académico e historiador, con descendencia del primero de ellos. Este desastre en el sur, nos ha permitido recordarlo en estas páginas que supieron interpretar acabadamente su visionaria preocupación.