POR OMAR ALONSO CAMACHO *
La ciudad de Guayaquil recibió a San Martin y a Bolívar en 1822. Aunque nunca antes se habían entrevistado, los unía el mismo ideal: una América independiente, solidaria y cohesionada en una Patria Grande.
Para entonces, Simón Bolívar había asegurado los territorios de Colombia y Venezuela, y buscaba consolidar la libertad de Ecuador. José de San Martín, por su parte, había afianzado la independencia de las Provincias Unidas, liberado a Chile y, en 1820, había llegado al Perú para desarticular el principal centro de la contrarrevolución realista en Sudamérica. No obstante, dada su inferioridad numérica, evitó un enfrentamiento directo; en su lugar, promovió la guerra de guerrillas, con lo que logró cortar las comunicaciones realistas entre Lima y la sierra. Esto no le impidió entablar negociaciones con los virreyes para acordar la emancipación americana, llegando a aceptar la posibilidad de coronar a un heredero borbón en América con tal de lograr la pacificación regional.
Cabe agregar que una serie de circunstancias -que obviamos por razones de espacio- obligó al virrey de la Serna a abandonar Lima para reorganizarse en la sierra, hecho que permitió a San Martín ingresar a la capital y declarar la independencia el 28 de julio de 1821. Aun así, el Libertador no logró expulsar a los españoles debido a la falta de apoyo militar y económico de Argentina y de Chile. Esta coyuntura lo obligó a entrevistarse en 1822 con Bolívar para consolidar la independencia americana.
ENCUENTRO EN GUAYAQUIL
Las conferencias entre ambos próceres giraron en torno a tres ejes: la incorporación de Guayaquil al Perú, la forma de gobierno de los nuevos Estados y la unión de sus ejércitos para culminar la campaña independentista.
Este último punto fue el más crucial y, lamentablemente, al no alcanzarse un acuerdo, San Martín optó por renunciar al mando en Lima y radicarse en Mendoza. Más tarde, ante las amenazas de las facciones unitarias, se vio obligado a abandonar el país en 1824.
Tras el retiro de San Martín, la anarquía y las disputas internas se apoderaron de Lima, la cual, casi de milagro, no volvió a caer en manos realistas. Finalmente, un año después, Bolívar ingresó a la ciudad con el título de Dictador y logró estabilizar la situación. Reorganizó el ejército y, con la victoria en Ayacucho (1824), consolidó la independencia continental. Una batalla donde primaron los “sables, lanzas y bayonetas” en medio del “tufo de potros, aroma de sangre, olor de gloria”. (Lugones).
San Martín sintió ese triunfo como propio, pues jamás dejó de preocuparse por el destino americano: colaboró diplomáticamente para que Europa reconociera la independencia y gestionó apoyo logístico para Bolívar, demostrando una plena identificación con los ideales de la Patria Grande y el anhelo bolivariano de fundar una “anfictionía hispanoamericana”.
Previo a la batalla de Ayacucho, el Libertador había convocado a un congreso a realizarse en Panamá en 1826, con el propósito de asociar a las repúblicas en una alianza perpetua que preservara la independencia y fomentara la unidad continental.
MISIÓN DE MOSQUERA
La convocatoria al Congreso estuvo precedida por tratados de unión firmados por la Gran Colombia con Perú, México y Buenos Aires.
En 1823, Joaquín Mosquera, enviado de Bolívar, le propuso al gobierno de Martín Rodríguez una alianza defensiva con Perú y Chile, libre comercio entre las partes y la invitación a participar en el Congreso de Panamá. Sin embargo, Bernardino Rivadavia, artífice del poder porteño, se resistió a aceptar un proyecto supranacional liderado por Bolívar. Así, sólo firmaron un acuerdo de defensa mutua entre naciones americanas, sin comprometerse a asistir a la cita panameña.
Después de Ayacucho, Hispanoamérica comenzó a gravitar en torno a Bolívar. Por tal razón, dirigentes federales y unitarios buscaron su respaldo para solucionar la crisis de la Banda Oriental, por entonces ocupada por el Imperio del Brasil.
Sin embargo, los intereses de los federales diferían profundamente de las aspiraciones unitarias. Mientras los primeros, conducidos por Manuel Dorrego, se dirigieron a Potosí con la idea de mancomunar fuerzas con el ejército de Bolívar para enfrentar al Brasil y respaldar la convocatoria al Congreso, la misión unitaria, a cargo de Carlos María de Alvear y José Miguel Díaz Vélez, especuló con la negociación. En principio, planearon ofrecer el envío de representantes a Panamá a cambio del apoyo del Libertador en el conflicto oriental; no obstante, temían que, tras el Congreso, Bolívar intentara desmantelar el proyecto de los unitarios.
Por su parte, Bolívar, preocupado por el expansionismo portugués y brasileño (que se había anexionado Mojos, Chiquitos y la Banda Oriental), adoptó una postura cautelosa frente al interés argentino. No solo quería evitar un conflicto con Pedro I de Brasil -dado que este podía convertirse en la punta de lanza de una restauración monárquica en América-, sino que, además, dudaba de apoyar a los federales porque contradecía su propósito de elaborar una constitución que neutralizara el caudillismo americano, mientras que consideraba inviable aliarse con los unitarios por no considerarlos confiables.
Finalmente, el único interés que podía aproximar a las partes se desvaneció a fines de 1825, cuando el Emperador se comprometió a devolver Mojos y Chiquitos. A raíz de esto, las negociaciones fracasaron.
Respecto a los unitarios, Bolívar no estaba equivocado. En 1826, en plena guerra con el Brasil, Rivadavia, ya electo presidente, no solo desistió de enviar delegados al Congreso, sino que promovió su desprestigio a nivel continental mediante un panfleto anónimo que advertía sobre la “influencia inquietante” que Bolívar podía ejercer sobre el resto de las naciones. Para ellos, la prioridad de la Patria Grande era una quimera; sus aspiraciones se limitaban a una independencia liberal restringida al Río de la Plata.
REUNIÓN DEL CONGRESO
Mientras se desarrollaba la guerra contra el Imperio del Brasil, se celebró en Panamá el Congreso Anfictiónico para crear una confederación de naciones unidas por intereses comunes. Asistieron representantes de la Gran Colombia, Perú, México y las Provincias Unidas de Centroamérica.
Dejando de lado los detalles del encuentro, cabe señalar que las discrepancias entre los delegados impidieron alcanzar acuerdos efectivos; el tratado firmado careció de ratificación y prevalecieron los intereses locales. Como señala Germán de la Reza, el Congreso lejos de ser un “preludio”, terminó siendo el “epílogo continental”. Bolívar, al final, tuvo que reconocer que había “arado en el mar”.
San Martín tardó un poco más en desilusionarse. Todavía en 1828 lo alentaba la idea de afianzar la unidad americana. Por ello, se puso a disposición de las autoridades argentinas para intervenir en la recuperación de la Banda Oriental; sin embargo, la guerra civil (que culminó con el fusilamiento de Dorrego y la pérdida de dicho territorio) le hizo comprender que era imposible retornar a su tierra.
El sueño de la Patria Grande había concluido, dando paso al triunfo del localismo, el interés sectario y la balcanización de América que tanto favorecía a las potencias angloparlantes.
CONCLUSIONES
El proyecto de una confederación hispanoamericana fracasó en su momento, pero ese ideal no desapareció: resurgió en el siglo XX con la creación de instituciones destinadas a integrar a las naciones americanas.
Y este espíritu se hizo presente durante la gesta de Malvinas, cuando el Dr. Jorge Illueca, representante de Panamá en el Consejo de Seguridad de la ONU, al defender la causa argentina recurrió a la doctrina del Congreso de Panamá de 1826, la cual proclamaba que los países de América Latina “no son susceptibles de colonización, ni pasada, ni presente, ni futura”.
* Docente e historiador, UNCuyo.