En un desfiladero próximo al monte Hiba, una piedra colosal sella la gruta que conduce al inframundo. Se la conoce como la Puerta del Yomi. Por allí, enloquecido de dolor, irrumpió el dios Izanagi en busca de su esposa. Había muerto Izanami al dar a luz al dios del fuego, Kagutsuchi.
El monte Hiba y sus alrededores son un escenario crucial del sintoísmo: uno de esos sitios sagrados que conviene visitar, en silencio, alguna vez en la vida.
Gracias a Dios se inventaron los libros. En la Argentina los bolsillos son flacos para cruzar el globo. “No hay fragata como un libro / para llevarnos a tierras lejanas”, escribió Emily Dickinson (el rescate de los versos es del escritor Danilo Albero).
El sello RBA acaba de lanzar en el país la colección "Mitos y Leyendas de Japón", en tapa blanda, con periodicidad quincenal en sus primeras entregas (70 en total). Devoramos el primer tomo: Izanami e Izanagi: la creación del mundo (117 páginas), traducido por Cecilia Palau.
Trae un mapa de La tierra de las ocho islas, notas al pie, ilustraciones con oportunas aclaraciones y un apéndice que resume la historia y la cultura del Japón tradicional.
El texto es una delicia. Un poema en prosa que sacia esa sed de conocimiento que algunos occidentales sentimos hacia el exótico Lejano Oriente. ¿Acaso hay algo más ajeno a la idiosincrasia argentina que esa obsesión nipona por que la armonía y el equilibrio se impongan al desorden? Es difícil de entender por qué en este lado del mundo solemos preferir el caos.
LA LUZ Y LA VIDA
"Hubo un tiempo antes del propio tiempo en que no había nada". Así arranca la epopeya. Luego surgió, de "un susurro de vida", el Señor del Centro Sagrado del Cielo (Ame no Minaka-nushi). De aquella gran mañana inaugural nació la Pradera Celestial, cuya armonía y hermosura son perfectas. Entre las divinidades engendradas por el Señor del Centro se cuentan Izanagi e Izanami, pertenecientes a la generación de eternos destinados a emparejarse. El matrimonio cargó con una misión insoslayable y trascendental: descender a las regiones inferiores, todavía sumidas en el desorden primigenio, para crear el universo que nos rodea. Fue un viaje sin retorno.
Izanagi e Izanami hicieron aflorar así una sucesión de islas, hasta el número de ocho. Hoy las llamamos Japón. Las poblaron con los kami, espíritus sobrenaturales que habitan toda la naturaleza, y con unos seres perecederos que debieron procurar el favor de todas las deidades. Se los conoce como "Raza de los Hombres".
Entre los humanos, tendrán especial relevancia los descendientes directos de la diosa Amaterasu -una de las hijas de Izanagi e Izanami-, es decir, la Casa Real del Sol Naciente. Sobre esa ficción -el origen divino del emperador- se edificó una pirámide de atrocidades en Asia. No está de más recordarlo, aunque hoy Japón sea uno de los pueblos más pacíficos del planeta.
Desde el punto de vista literario, el relato japonés de la creación del mundo es fascinante, en especial las peripecias del dios Izanagi en la Tierra de la Oscuridad, en procura de rescatar a su amada, como Orfeo con Eurídice.
Es la narración de una pesadilla subterránea, en el hogar de los muertos: según cuenta la tradición, la roca que Izanagi arrojó para sellar para siempre la entrada al Yomi se conoce como chigaeshi no ōkami, "la gran roca que hace retroceder", y hasta hoy Izanami es venerada como la divinidad sepultada en el propio monte Hiba.
El atractivo de todo el texto -hay que subrayarlo- es tanto estético como filosófico. Pueden destilarse mandatos muy precisos para los mortales. Por ejemplo, estos tres:
* Es el equilibrio, y no la fuerza, lo que vertebra la existencia.
* Cada acto debe obrar en el momento preciso.
* Observa escrupulosamente las reglas que te han sido inculcadas.
Ni los dioses ni los seres perecederos pueden quebrar impunemente el orden establecido. Los castigos son terribles. Casi, como perder el Paraíso Terrenal.